El mundo de hoy tiene el mínimo interés por el mensaje de Jesucristo y ni valora el sacramento del bautismo. La globalización está llevando al dominio de los más fuertes que con autoridad y poder explotan y marginar a los más débiles. Países potencias basadas en sus armamentos que invaden territorios adueñándose de casas ajenas. De lado van quedando los acuerdos de Naciones Unidas, acuerdos de no más guerras y mas progreso y desarrollo para los pueblos. El mismo Papa León XIV está invitando a los países a buscar el dialogo, la justicia, el desarrollo y a dejar la imposición de las armas que matan y son capaces de destruir nuestro planeta.
El pasado domingo recordábamos el bautismo de Jesús que nos lleva a revivir nuestro propio bautismo. Sin embargo hemos de aceptar que hoy son pocos los que reconocen la grandeza y el sacrificio de Jesús y, por lo mismo, su pequeñez o fragilidad ante Dios. Incluso, muchos bautizados han perdido la capacidad de escuchar el anuncio de conversión que el Señor hace siempre.
En este domingo tras el bautismo de Jesús escuchamos las palabras de Juan el Bautista que dan testimonio directo de quien es Jesús, porque lo presenta como el “Hijo de Dios”, el Cordero que quita el pecado del mundo. Por eso insiste en la identidad de Jesús, que es diferente, porque él es Dios y en él reside el Espíritu Santo.
Es cierto que conocer la identidad de Jesús no fue algo claro y evidente para sus paisanos. No bastaba con verlo y escucharlo para comprender quién era y qué les ofrecía. Sin embargo el testimonio de Juan Bautista manifiesta el camino de la comunidad cristiana en búsqueda de una experiencia concreta con la persona de Jesús.
Recordemos que los cuatro evangelistas se esfuerzan por diferenciar el bautismo de Jesús del bautismo de Juan. No hay que confundirlos. El bautismo de Juan es un bautismo de conversión, en cambio el bautismo de Jesús es un bautismo en el Espíritu de Dios. Jesús sumerge a los suyos en el Espíritu Santo. El evangelio de Juan lo dice de manera clara. Jesús posee la plenitud del Espíritu de Dios, y por eso puede comunicar a los suyos esa plenitud. La gran novedad de Jesús consiste en que él es “el Hijo de Dios” que puede “bautizar con Espíritu Santo”.
El Espíritu de Jesús es “Espíritu de verdad”. Dejarnos bautizar por él es poner verdad en nuestro cristianismo. No dejarnos engañar por falsas seguridades. Recuperar una y otra vez nuestra identidad irrenunciable de seguidores de Jesús. Abandonar caminos que nos debían del Evangelio.
Recordemos que Jesús es presentado en el evangelio de este domingo como alguien que “quita el pecado del mundo”. Alguien que no solo ofrece perdón, sino también la posibilidad de ir quitando el pecado, la injusticia y el mal que se apodera de nosotros. Creer en Jesús no consiste solo en abrirnos al perdón redentor de Dios. Seguir a Jesús es comprometernos en su lucha y su esfuerzo por quitar el pecado que domina a los seres humanos con todas sus consecuencias.
Finalmente tengamos en cuenta que somos pecadores en la medida en que nos cerramos a Dios como Padre, como gracia y como futuro ultimo de nuestra existencia. Este pecado está presente en el corazón de cada ser humano y en el interior de las instituciones, estructuras y mecanismos que funcionan en nuestra economía, nuestra política y nuestra convivencia social. Toda reforma o revolución que no toca ni transforma esta estructura egoísta y pecadora del ser humano podrá ser un logro estimable, pero no nos conduce a una verdadera liberación. Por eso, solo Dios es nuestro último Liberador.





