lunes 31 marzo 2025
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IV Domingo de Cuaresma: “La parábola del Hijo pródigo»

La parábola del Hijo pródigo es mágica. Jesús está sentado a la mesa con publicanos y pecadores, mientras los fariseos y letrados murmuran. Y entonces les cuenta: “Un hombre tenía dos hijos”, y el menor, contra toda la tradición, pide la parte de la herencia. Y el padre divide sus propiedades y le da su parte. Y ese hijo vende la tierra heredada, abandona la casa paterna y derrocha todos los bienes. Y al final se ve solo y obligado a guardar cerdos en tierra extranjera.

Y estando en lo más bajo que un judío podía caer –cuidar animales inmundos– el hambre le empuja a recobrar el juicio y decide volver a la casa de su padre. Y se pone en camino. Y en ese momento el relato resulta extraño, pues cuando todavía estaba lejos lo ve el padre. ¿Cómo, si las casas estaban apiñadas, rodeadas por el mercado, los campos y los caminos? El padre debía subir a la azotea de la casa o buscar un sitio desde el que pudiese divisar el camino. Y es que el padre sabía que, si su hijo volvía, tendría que protegerlo: pues los parientes y vecinos enfurecidos podrían maldecirlo y hasta apedrearlo, ya que había vendido las tierras de la familia.

Pero el padre no es un padre corriente y, cuando ve venir al hijo, corre a su encuentro, se echa a su cuello, interrumpe su discurso, llama a sus criados y manda que le pongan un traje nuevo, y sandalias en los pies (porque sin sandalias el hombre no es libre, ya que no puede correr), y un anillo (signo de su familia). Y después ordena que se celebre un banquete.

Pero, mientras, el hijo mayor, el que va a heredar cuanto queda, el hermano, se niega a entrar en la fiesta. Y el padre, humillado de nuevo, a la vista de los vecinos y parientes, tiene que salir a suplicarle.

Y el hijo mayor revela su insensibilidad: no tiene conciencia de ser hijo y hermano. Con tantos años junto a su padre, no ha aprendido nada del amor del padre. Sólo le preocupa su vida, sus posesiones y amigos.

Y el padre le dice: “Tenemos que celebrarlo y alegrarnos. Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.” El padre descubre su corazón y dice: “Tenemos que alegrarnos”. Jesús había repetido: “En el cielo hay más alegría cuando un pecador pide perdón”. Y nos ha dicho que la alegría debe ser el distintivo de la fe en Dios.
Y he aquí que Palabra comienza, cuando el narrador se calla. De modo que, ahora, cada uno hemos de pensar en lo que nos suscita la parábola. ¿Me sé hijo de Dios, mi Padre? ¿Cómo lo vivo? Vivo como mi Padre: la compasión, el amor y la alegría?

Cuando rezo el Padre nuestro, ¿sé que me llama a vivir como hermano de los demás? ¿Soy creador de fraternidad? “En Cristo somos criaturas nuevas,” ha dicho Pablo en la segunda lectura. ¿Es verdad? ¿Vivo como criatura nueva? ¿Se nota en mi alegría?

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