La santidad no está en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacer lo corriente cada día con más amor
En un anuncio de unos grandes almacenes se utilizó este lema publicitario: “Cuando las ganas de disfrutar son muchas y el tiempo es poco, cualquier pequeño detalle es fundamental”.
Creo que se le puede dar la razón a esta campaña de publicidad. Aunque ya hacía mucho en la Sagrada Escritura se recogía esa misma idea: “El que desprecia lo poco, poco a poco se precipitará”. (Eclesiástico, 19, 1).
La santidad no está en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacer lo corriente cada día con más amor. Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes que nos toca a cada uno de nosotros descubrir.
La Virgen fue la que antes lo descubrió: la posibilidad de llegar a las más altas cumbres de la santidad por las obras pequeñas. El Papa Benedicto XVI nos recordaba: “Lo más grande no abarca a Dios, pero Dios cabe en lo más pequeño”.
Hace muy poco el Papa Francisco incidía también en esta misma idea: “Lo ordinario es lo más común, lo regular, lo que sucede habitualmente. Así es y así discurre la mayor parte del tiempo de nuestra vida, en ese rutinario y monótono día a día, que a veces hasta se nos hace mecánico y del que tantas veces sentimos la tentación de huir y escapar.
En cambio, así de habitual, regular y común es también la acción de Dios en nuestra vida. Piensa que tu día a día es también el día a día de Dios, que tu vida ordinaria es también la vida ordinaria de Dios”.
El Papa Francisco no se conforma con enunciar una idea general y abstracta, sino que nos la concreta para ayudarnos a vivirla en nuestro día a día: “Una llamada inesperada, un imprevisto, una conversación, el madrugón para ir al trabajo, el atasco correspondiente o el autobús que se me escapa, ese que se cuela en la cola del cajero cuando más prisa tengo, son ocasiones preciosas para un ofrecimiento o un momento de oración, un acto de amor o de acción de gracias, un acto de fe en Dios, una pequeña renuncia o mortificación”.
Y concluía el Papa: “Tendemos naturalmente a buscar esa irresistible fascinación de lo espectacular y aparatoso, de lo extraordinario y fuera de lo común, haciendo del milagro o de la lotería casi un ideal. Nada más ajeno al estilo del Evangelio.
“Tu santidad será más real cuanto más crezca hundida y escondida, como grano fecundo, en la tierra árida y dura de tu vida cotidiana. Ahí estás llamado a impregnar todas las cosas, personas y circunstancias de una profunda visión de fe, capaz de atisbar en todo y en todos ese susurro de cielo que es Dios presente en tu vida”.
Lo pequeño, lo de cada día, lo ordinario, lo corriente, lo que no tiene brillo, lo que no se nota, lo que nadie ve… excepto Dios que lo mira con sus ojos divinos. Tus ocupaciones, tu casa, tu comida, tu cena… Y entonces vamos encontrándonos con el Señor constantemente y le amamos cada día más y más. Y Él nos hace contemplativos, enamorados de Dios.
Se cuenta que un amigo visitó a Miguel Ángel y se interesó por la última escultura que el artista estaba realizando en su taller. Volvió al cabo de una semana, y se sorprendió de encontrarla, aparentemente, tal como la había visto la primera vez. Miguel Ángel le hizo esta observación: “No. He trabajado más la expresión, he resaltado más ése músculo”.
El amigo, poco sensible, exclamó: “¡Pero eso son pequeñeces!”.
Y el maestro respondió: “Pero las pequeñeces hacen la obra de arte”. Y las pequeñeces hacen la obra de arte de nuestra vida interior: la santidad. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo no sea nunca banal sino que se manifieste lleno de contenido.
padre José María Valero