domingo 11 enero 2026
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Reflexión del domingo 11 de enero: Domingo del Bautismo del Señor

Queridos hermanos: Aún resuenan los villancicos y los cantos navideños en nuestros oídos y en nuestros corazones, cuando todavía en muchos hogares están por medio los regalos que nos trajeron los magos de Oriente, o cuando vamos volviendo a la rutina, es cuando como Iglesia y siguiendo el relato de los evangelios, pasamos página de la infancia de Jesús para encontrarlo hecho ya un hombre y recibiendo el bautismo de manos de Juan, el Bautista, en este domingo que clausura el tiempo de Navidad.

Es el comienzo de su ministerio, de su vida pública. De los años que van desde su nacimiento hasta entonces apenas tenemos referencias. Son pocos los datos que encontramos de su “vida oculta”, de su vida en familia, como uno más en medio de su pueblo. Como enseñaba San Carlos Foucauld, el santo del desierto, en la vida de Nazaret, los cristianos tenemos un ejemplo de lo que es nuestra vida cotidiana: el trabajo, la familia, el papel de la fe en lo que hacemos cada día. La mayor parte de nuestra existencia es así. Está hecha de gestos y detalles que no hacen ruido pero caldean amorosamente nuestro corazón, manteniendo el calor del hogar.

Así creció Jesús entre los suyos hasta que siendo ya un hombre, deja atrás su casa y su pueblo para comenzar la llamada “vida pública”, su ministerio como testigo del amor de Dios, como predicador de la Buena Noticia. Para comenzar ese ministerio ocurre algo especial, que es lo que hoy nos relata el texto del evangelio.

Juan Bautista llevaba tiempo viviendo junto al río Jordán y predicando la conversión, el dejar atrás una vida de pecado a todos los que se acercaban a escuchar su predicación. Juan era la “voz que gritaba en el desierto”, la voz de Dios, que como si fuera la conciencia recordaba al pueblo que la vida sólo vale la pena vivirla desde Dios, siendo trasmisores de su amor.

Jesús llega al Jordán donde Juan predicaba y se pone en la “fila de los pecadores”, junto a quienes se preparaban para lavar sus pecados. Juan lo reconoce. Él llevaba mucho tiempo esperando su aparición. Sabía que Jesús debería venir a él y que él debería presentarlo a todo Israel.

Aunque, como suele ocurrir con las cosas de Dios, no fue una aparición espectacular. Se presenta como uno más en aquella fila. Lo hace sin levantar ruido. Incluso cuando Juan le dice que él debería ser el propio Jesús quien lo bautice a él, Jesús le pide, simplemente, que haga lo que tiene que hacer.

Así son de verdad las cosas de Dios. Sencillas a la vez que grandiosas. Ellos dos cumplen la voluntad del Padre, y este habla desde su trono del cielo para ratificar todo lo que estaba pasando. Aparecía como un hombre cualquiera, pero no lo era: era el Hijo de Dios, el Amado, el Predilecto.

Ese Jesucristo que se bautiza en el Jordán dedicará su vida desde entonces a ser un evangelio vivo, a llenar con la Buena Noticia del amor de Dios los caminos del mundo. Y casi 2000 años después, se empeña en seguir siendo Buena Noticia para todas las personas que formamos parte de la familia de la Humanidad.

Aceptemos su invitación, y seamos nosotros testigos de esa Buena Noticia. Con nuestras palabras pero sobre todo con nuestros hechos. En nuestra sociedad, el evangelio que muchas personas leerán es, ni más ni menos que nuestra vida. Ello debería llevarnos a tomarnos en serio nuestro propio bautismo. Esa vida de fe nos debe ayudar a ser realmente testigos del amor de Dios. Con la esperanza de que sea así, os deseo un feliz y santo domingo para todos. Que Dios os bendiga.

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