El domingo pasado comenzábamos el tiempo de Cuaresma, el tiempo de purificación, bajo la seducción y el pecado, del No de la humanidad a Dios. Recordábamos nuestra debilidad ante los guiños del tentador Y teníamos a Jesucristo, solo en el desierto, diciendo Sí a Dios y No al tentador.
En este segundo domingo de cuaresma hemos escuchado que la historia de la salvación comenzó con la obediencia de un hombre, Abrahán. A través de su obediencia todos hemos sido bendecidos. La voz que le ordena salir de su tierra y dejar su parentela, no es la voz del hambre, ni la voz de la riqueza, ni la voz del miedo, ni la voz de la aventura, ni ninguna de las voces que a nosotros nos invitan a viajar.
Era la voz de Dios la que le ordenaba salir. Era la voz de Dios la que le invitaba a la alianza. Era la voz de Dios la que le hacía nuevas promesas. Y Abrahán se puso en camino. ¿Hacia dónde? El viaje de Abrahán un viaje a lo desconocido para él, pero un viaje sabiendo de quien se fiaba.
Era un viaje espiritual. Una nueva orientación de su vida. Un cambio interior. Una búsqueda del Dios verdadero. Abrahán dejó sus dioses, sus ídolos y empezó la hermosa aventura del encuentro de Dios con mayúsculas. Y lo encontró y creyó y obedeció y fue bendecido y se convirtió en bendición para sus hijos, su pueblo y todos nosotros. Todos nosotros hemos cambiado de sitio, hemos dejado el campo por el asfalto, la vida tranquila por la bulla, la familia por el trabajo, a veces hemos dejado las buenas costumbres por el vicio… ¿pero hemos cambiado de vida?
Lo material y las nuevas obsesiones nos han quitado el deseo y la libertad para este viaje interior, espiritual, que es la búsqueda de Dios.
El evangelio, hoy, en el nombre del Señor, nos invita a cambiar de vida y a dejarse guiar, como Abrahán, por la tierra que él nos prepara y a heredar las promesas que hace a todos sus hijos.
Abrahán no pidió seguridades ni garantías; no dijo a Dios; muéstrame el dinero. El Espíritu era su seguridad y su garantía, su guía y su paz.
En su viaje a Jerusalén, Jesús sube a la montaña con Pedro, Santiago y Juan y allí se transfigura.
La Transfiguración es preludio de su resurrección, un anticipo del final de su vida y momento de éxtasis en el fragor de la batalla de cada día, un anuncio de la gloria venidera. Es el triunfo, es el destino de Jesús y de todos sus seguidores. Porque Él es la plenitud, el cumplimiento de la Ley y de los Profetas. «Señor, qué bien se está aquí», dijo Pedro. Sí, esos momentos de bienestar en que hemos dado en el blanco o hemos sido agraciados con la paz inmensa que sólo Dios puede dar.
Sí, esos momentos de felicidad que quisiéramos eternizar pero el Señor no invita a bajar de la montaña, a salir al mundo del trabajo, de los hijos, de la violencia, de las responsabilidades, de la muerte… y nos dice «Yo también estoy ahí, transforma la realidad, transfigura el mundo que es tuyo y mío. Ámalo y hazlo más hermoso. Dios está en la montaña y también en el asfalto. Dios está en los acontecimientos extraordinarios y en los ordinarios.




