En el mundo de las cofradías hay historias marcadas por la fe en una imagen titular. Recogemos lo que vivimos el Lunes Santo de 2025 en el tramo de la Virgen de la Vera Cruz. Una hermandad que organiza su cortejo al milímetro, pero que sin saber cómo, durante el recorrido hubo un penitente más de los 62 previstos. No fue la primera vez que ocurre, ya que sobre 1964 se repitió una historia parecida. Sólo se sabe que era una mujer, enjuta, con mirada entregada, con fe ciega en la Virgen de la Vera Cruz, con los ojos verdes de Esperanza y que nadie la vio entrar, ni salir o quitarse el capirote ruán.
En nuestra pasión por contar lo que ocurre en Antequera, nos encontramos con historias increíbles, inexplicables, con la única certeza que lo vivido fue real por la fe que nos testimonian ante una imagen que nos lleva a Jesucristo. Compartimos lo que sentimos el pasado Lunes Santo. Saben que para nuestras crónicas, buscamos contar todo detalle: tipo de flores, nombre de marchas, músicos, incluso el número de penitentes. Nos llamó la atención que en el tramo de la Virgen de la Vera Cruz hubiera 63 capiruchos, a pesar del orden al milímetro que siempre atesoran Los Estudiantes al tener parejas asignadas previamente por orden de antigüedad que conforman el tramo.
Revisamos las imágenes en vídeo y las fotografías y surge un penitente desconocido con una túnica ruán, algo desgastada, y banda verde en su cintura, pero se desconoce quién pudo ser. Enseñamos las imágenes a todas las personas que sabemos que iban cerca de la Virgen y ninguna la reconoció. Recordamos que era una mujer, cuya túnica le estaba bastante grande, disimulaba como pudo su dolor por su caminar, llanto en sus mejillas, confianza en su cirio, escoltando como una madre lo hace como si fuera tras su hija y con fe ante la Vera de su Cruz que iba tras ella. Pero no sabemos quién es, ni cómo entró ni salió ni qué le pasaba…
Nos llamó la atención nada más salir con los rayos del sol por el patio franciscano. Tenía un áurea que detenía el tiempo, como si estuviera rodeada de ángeles. No se atrevía a mirar a nadie, seguía los pasos de quien le precedía: la fe de una joven penitente que tendría su promesa.
La volvimos a sentir intensamente al pasar por la colegial San Sebastián, por la cofrade San Agustín, el señorial templo de Los Remedios y en la cofrade calle estudiantil de Duranes fue la última vez que notamos su presencia. Tanto la buscamos que el celador de orden se puso con nosotros a contar de nuevo a los penitentes al regresar a San Francisco, pero tras el azulejo del Cristo Verde, desapareció, ya eran de nuevo 62 los que cerraban el paso. Y nos centramos en el final de la procesión cuando, contra todo pronóstico, llovió levemente sobre los tronos estudiantiles. Otra vez nos vino aquella forma de explicar de nuestro padre cuando decía que no era lluvia, que eran lágrimas de los que están en el Cielo, al emocionarse al ver a sus hijos acompañando a las imágenes de Jesús y de María en la Pasión y Gloria según Antequera. Aunque fue un llanto que nos recordó el aroma de fe que dejó el penitente 63.

Aparece una túnica en el camarín
de la Virgen de la Vera Cruz
Volvimos a casa y la historia no paraba de acelerar nuestro corazón, alargando la hora en vigilia, pese a la ajetreada jornada. Al día siguiente, creíamos que había sido un sueño y quisimos volver a San Francisco, antes de acudir a misa a La Trinidad. Entramos en el templo y nos pusimos a los pies del palio de la Virgen de la Vera Cruz. De repente, el chirriar de una puerta que se abría nos condujo a su camarín. Sentimos una llamada y entramos, llegando hasta el lugar que la Virgen preside todo el año. ¡Nos encontramos con una túnica de penitente! La cogimos y sentimos el olor a incienso de la pasada noche.
Sorprendidos, nos encontramos con dos devotas de la Virgen. La más veterana la tomó y le encargó a la más joven que se la llevara a casa para plancharla y dejarla lista para el próximo Lunes Santo. Ella, con cierto nerviosismo, aceptó el encargo…
Ya en casa, sentada y antes de limpiarla, suspiró y dejó salir su angustia: era la misma túnica que ella llevó el día anterior sin que nadie lo supiera. La tarde del Lunes Santo, cuando toda su familia se vistió de penitente para acompañar a los Estudiantes, ella no pudo salir por problemas de salud. Tras cerrar la puerta escuchó una voz que le llamaba desde su alcoba. Allí encontró la misteriosa túnica. Su cuerpo no podía salir, pero su alma, su fe, le llevó a no pensarlo, a ponérsela y salir en busca de su Virgen. Ella era la penitente número 63.
Recordó lo vivido y el destino la volvía a unir a ella. Antes de guardarla, quiso hacerle algunos remiendos ante su evidente desgaste. Cuál fue la sorpresa que en su dobladillo encontró un papel con letra picuda y antigua que decía: “Para quien busque Esperanza, aquí la puede encontrar. Esta túnica está hecha con el amor de una madre ante el dilema de elegir dos caminos: el de su final o el del principio de su hijo. Como toda madre, pondrá por delante el bienestar del fruto de su vientre. Y el día que ella no esté, pedirá a la Virgen que sea quien lo cuide. Aquí está la esperanza para que la criatura, cuando lo necesite, pueda seguir mis pasos delante de mi Virgen; la del collar de perlas con esmeralda de esperanza como el color de su Hijo, el Cristo Verde. Si esta túnica llega a ti, recuerda que siempre estaré contigo. Me sentirás como yo lo hago a la Vera de tu Cruz, que siempre es la mía. Antequera, Lunes Santo de 1964”.
La devota no lo podía creer… era el año que ella nació y el mismo en el que perdió a su madre. Sintió que fue su propia madre la que le había dejado la señal. Sin darle tiempo de reaccionar, llamaron a la puerta y en el suelo apareció un sobre, del mismo color que el papel que encontrado oculto en la túnica que decía:
“De amor venerado tiene su rostro de día
de aires dieciochescos su busto de mujer
se presentaba y el cuerpo bajo la cruz
se encontraba, templando
el hombro que en sus pasos ardía.
Cuanto más cansado estaba el devoto,
más el amor con pasión se unía,
y de aquella santa noche surgía,
aquel lugar con bendita banda verde,
ante la mirada de la Madre
que ante la Muerte de su Hijo temía”.
Sin saber cómo podía ser todo esto, la túnica, su madre, su letra, sus palabras… fue de nuevo a San Francisco, se abrazó a la Cruz del Cristo Verde y no pidió por ella sino que dio las gracias por sus hijos, su marido, sus hermanos, su familia… por su madre. Y siguió rezando sabiendo que fue ella quién portó la túnica 63, ésa que buscó de nuevo al regresar a casa y ya no estaba.
Este Lunes Santo y los que vengan, volveremos a contar el número de penitentes y cuando lleguemos al 62… buscaremos de nuevo esos ojos verdes perdidos de color esmeralda como la piedra preciosa del collar de la Madre de los Estudiantes de Antequera.






