Las imágenes de aquella película vagan por mi memoria, ampliados los planos del fuego, avivados por mi imaginación. El fuego comenzó con el terrible y real terremoto de San Francisco. Que el actor Clark Gable fuera uno de sus protagonistas, tuvo mucho que ver en el visionado. El título de la película no podía ser otro, San Francisco, la ciudad que en 1906 renació de sus cenizas.
No sé si las cenizas de los últimos fuegos prendidos en Málaga harán que todo se reestructure de nuevo, se normalice la tragedia. A cinco minutos de mi casa ardía el hotel Ibis, uno de los que esta cadena tiene en la capital. De lo inmutable, o de lo que parece imperturbable, a lo real y extraordinario. Pensamientos imposibles de no haber existido estos fuegos.
Elementos constructivos que impiden atajarlo. En plena noche El Gran Café comenzó a arder como si esto fuera algo natural antes de irse a dormir. Las llamas encontraron a su paso la madera, el hierro, los materiales de aislamiento, un combustible perfecto que dio al traste con toda previsión real o imaginaria. Huéspedes envueltos en humo, medio dormidos o apurando el último botellín del minibar, dejaban atrás sus habitaciones para descender por las escaleras que parecían enrevesadas, eternas, malvadas a la vez que salvadoras. Nada desde ese momento volvería a ser lo mismo. La calle los acogió a ellos y a sus maletas y dio refugio a sus miradas incrédulas y asustadas. Ningún herido. Vecinos solidarios, ayuda humana.
Testarudo el fuego rebasa las horas, se niega a ser apagado. Agua y más agua. Columnas de humo intenso. El fuego sigue vivo días después. Testarudo e imprevisible. Combate de fuera a adentro. Maniobra de precisión y riesgo para los bomberos. La ciudad miraba sin creer lo que ocurría. Fragilidad de lo cotidiano.




