jueves 16 julio 2026
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La Parroquia del Carmen celebra un triduo en honor de la Virgen donde los sacerdotes fusionan la belleza con el significado propio del escapulario

La iglesia parroquial del Carmen de Antequera acogió desde el martes 14 al jueves 16 de julio de 2026, un triduo a la Virgen del Carmen, tras la procesión del sábado 11 de julio.

El primer día fue presidida por José Ignacio Postigo de la Parroquia de San Sebastián, el segundo por el párroco Francisco Aurioles y el tercero por el vicario episcopal, Antonio Jiménez Fuentes. El último día, la imagen mariana estuvo expuesta en besaescapulario.

El párroco de Santiago y San Pedro, Francisco Aurioles, profundizó en su homilía en la devoción a la Virgen del Carmen que no puede reducirse a una simple estética, por exquisita que sea. Es un legado teológico de 800 años que fusiona el Antiguo y el Nuevo Testamento. La imagen de la Virgen, su iconografía y el escapulario conectan la profecía de Elías con la maternidad de María.

Así como al escapulario, en particular, que funciona como un sacramental que representa un hábito monástico, una «librea» o «coraza» que nos protege y nos recuerda constantemente nuestro compromiso de volver a Jesús a través de su Madre. Por lo tanto, nuestra devoción debe ser una consecuencia visible de comprender esta rica historia, uniendo la belleza externa con el significado interno que se remonta a los primeros ermitaños del Monte Carmelo.

También aludió a la devoción de la “sabatina” que tiene su origen en el Carmelo. Se basa en la promesa hecha a San Simón Stock: aquel que muera llevando el escapulario y viviendo en gracia (volviendo a Jesús a pesar de las caídas) se salvará. Este privilegio subraya el papel de María como la «llave» que abre la puerta a la vida, que es su Hijo, accesible a través de la Eucaristía y la Confesión.

Piropeó a la belleza de la imagen de José de Medina que debe ser vista como el “legado riquísimo” que hay detrás, una espiritualidad profunda que debe ser comprendida para dar razón de la devoción. Las expresiones externas de fe, como la procesión, deben ser consecuencia de esta comprensión interna, no un fin en sí mismas. Y recordó a los cofrades que «las Vírgenes no son muñecas».

Así, la imagen de Nuestra Señora del Carmen, aunque «exquisita», es descrita como el «envoltorio». El verdadero valor reside en el «legado riquísimo» que hay detrás, una espiritualidad profunda que debe ser comprendida para dar razón de la devoción. Las expresiones externas de fe, como la procesión, deben ser consecuencia de esta comprensión interna, no un fin en sí mismas.

Como suele acostumbrar en sus homilías, Aurioles navegó por la historia hasta la raíz del Antiguo Testamento. La orden tiene sus raíces 900 años antes de Cristo con el profeta Elías y su discípulo Eliseo en el Monte Carmelo, estableciendo una vida eremítica. La «nubecilla» que Elías ve subir del mar es interpretada por los Padres Carmelitas como una prefiguración de María, quien trae la «lluvia copiosa» (su Hijo) que da vida.

También tuvo referencias a la fundación y la Regla (con alusiones plenas al Nuevo Testamento y las Cruzadas tiene en 1155, cuando un cruzado francés y sus compañeros dejan las armas para vivir como ermitaños en el Monte Carmelo. En 1226, San Alberto de Jerusalén les otorga la primera regla como «Hermanos ermitaños de Nuestra Señora del Monte Carmelo».

Luego padecieron una crisis hasta que consiguieron su aprobación. El Cuarto Concilio de Letrán (1215) prohibió la creación de nuevas órdenes, lo que puso a los carmelitas en una posición precaria, enfrentando la oposición de teólogos que cuestionaban su origen en un profeta del Antiguo Testamento.

Y llegó el Escapulario: su símbolo central y compromiso. El 16 de julio de 1251, la Virgen se aparece a San Simón Stock en Aylesford, Inglaterra, que le entrega el escapulario como signo de protección y salvación en un momento de crisis para la orden. Desde entonces se debe asumir no como un amuleto, sino el sacramental por excelencia. Representa el hábito monástico (su origen es benedictino), una «librea» que significa pertenencia a María y una «coraza» que protege contra la falta de fe y el desaliento. Simboliza al Hijo, especialmente en las imágenes antiguas de la Virgen sin el Niño.

Evocó la que podríamos decir como la primera regla carmelita que exigía dormir con el hábito (escapulario) bajo pena de pecado mortal, simbolizando una unión constante con Dios y la renuncia al pecado (representado por la desnudez total). Dejó a los presentes el don de la cátedra del sacerdote. Por cierto, que concelebró con el sacerdote César Magaña Felipe, juez del Tribunal Eclesiástico Metropolitano de Pamplona.

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