La ciudad vibra, aún así, parece que el silencio se apodere de los espacios. No significa vacío, tal vez un respiro después de días intensos. El agua de la fuente que, ha sido olvidada por el ruido exterior, sale de nuevo para bañar el ambiente de frescor olvidado.
Trajes de flamenca que bailan al ritmo de los volantes. Giros de mantoncillos o peinetas engalanadas con encajes de Bruselas, blondas, mantillas que caen orgullosas señalando con elegancia la estética de la tradición andaluza. Las calles van y vienen llenas de colorido, de otros sonidos, que se cuelan por las rendijas de la memoria y despiertan las ganas de fiesta.
Flores recién cortadas asomadas a los rostros, enmarcando miradas que brillan de alegría. Abanicos que se abre y se cierran con hábiles movimientos de muñeca. Manos que tocan palmas y aplauden músicas. Algunos gestos ¡son tan efímeros! como esas rosas o claveles naturales que se marchitan cuando la noche llega. Otros elementos de fiesta, se dejan guardar, cuidar hasta otra feria. Colorido, bullicio sonidos que se quedan en nuestra mente, en nuestra piel hasta que se apague el último farolillo. Vestidos, flores, mantones, son piezas que no desaparecen cuando se cierran las casetas, cuando se guarda la feria, cuando la jarana deja de sonar en las guitarras, en las castañuelas, en el sonido de los cacharritos, en las atracciones luminosas y chispeantes que levantan el polvo de la memoria
La luz de los drones, de los fuegos artificiales, se apaga también tras unas sonadas emociones que llenan el cielo de colorido y luz, alumbrados artísticos, bombillas que parpadean porque quieren asegurase que están allí, en la feria en la fiesta y no se pierden nada. No hay nostalgia editorial cuando se cierra la paginas de este libro. Mañana se abrirá otro en el que el sol o las nubes ilustren el contenido. Volvemos al despacio, sin prisas, sin pausas, la vida no da para tanto.




