Escribía Benedetti que la infancia es un privilegio de la vejez y que llegar a ella es la propia percepción de que los recuerdos acuden a nuestra mente con más claridad que nunca. En estos días de la tradicional feria estival, raro es el año en que no llega a mi memoria la noria de un personaje singular, Padilla, conocido por toda la chiquillería de los barrios antequeranos a lo largo de las décadas de los cincuenta y sesenta del pasado siglo.
Padilla fue un personaje singular, con ese poso de soledad reservada que a veces envuelve a las almas libres. En las postrimerías de su vida habitó en una cueva, hoy tapada, en la zona del Henchidero, justo en el camino que busca la Granja de la Cruz. Sin embargo, detrás de aquella existencia austera latía una idea luminosa de origen desconocido: construir una noria rústica y portátil para llenar de risas e ilusiones a los niños de Antequera.
De los cangilones de la acequia a la fiesta infantil
El artilugio que propició el emprendedor Padilla no era una extravagancia improvisada, sino el fruto de una herencia directa de sabiduría centenaria. Las primeras norias de la historia nacieron impulsadas por la propia fuerza de la corriente de los ríos; grandiosas ruedas de madera que movían sus cangilones para elevar el agua y fertilizar la tierra. Más tarde llegaron las norias de tracción animal o “de sangre” para extraer caudales de las profundidades de los pozos o hacer productiva la molienda. Pero el salto decisivo hacia el juego infantil comenzó a documentarse en el siglo XVII en el Imperio Otomano, cuando los viajeros europeos regresaban maravillados contando cómo los niños giraban por el aire en ruedas suspendidas de cajones.
A España y al resto de Europa occidental esta costumbre llegó a lo largo del siglo XIX y principios del XX de la mano de los carpinteros de pueblo. Aquellos artesanos, maestros en labrar las norias de agua y ajustar sus cangilones, aplicaron exactamente la misma ingeniería para levantar atracciones portátiles. El ingenio popular decidió un buen día sustituir el agua por la ilusión: se reemplazaron los recipientes de arcilla por barquillas o cajones de madera, la tracción del río o del animal por los brazos del propio feriante, y se conservó el sabio principio del eje libre, ese sistema que mantiene las cabinas siempre horizontales por gravedad para evitar vuelcos en lo más alto.
Y es que Miguel Padilla, “el Titi” para sus más cercanos, fue un hombre que se negó a perder al niño que llevaba dentro y empeñó su vida en regalarle a la chiquillería antequerana una razón para amar sus primeros años. Para dar cuerpo a su sueño, Padilla acudió a las manos expertas. La armazón rústica de madera y las cuatro barquillas fueron labradas por su amigo Juan Adalid, carpintero con taller en la calle Merecillas. La cerrajería, los ejes y los engranajes salieron de la fragua del herrero Paco Navarro, en la Plaza de San Bartolomé. Y la parte móvil cobró la finura necesaria en su rodaje gracias a la aportación de cojinetes y rodamientos metálicos cedidos por el taller de Ramón Lara, en la calle Nueva.
La noria, desmontable y viajera, requería además una logística humilde, pero constante. Cada vez que Padilla decidía mudar la atracción de sitio, recurría a los servicios de su amigo Berrocal, quien desde la calle Málaga acudía con sus burros para dar los portes de los maderos, las piezas de hierro y los voluminosos sacos de arena que servían de contrapeso. Entre finales de la década de los 50 y a lo largo de los años 60, la noria —que en su última época lucía un característico tono celeste— se convirtió en el faro itinerante de la alegría.
Cualquier rincón de la ciudad con un buen tramo de terreno llano podía ser susceptible de recibir su noria y con ello hacer las delicias de los niños de la zona. Así llegó a verse por el antiguo recinto ferial, en la entrada a los Jardines del Corazón de María, junto a la Iglesia de Capuchinos, en el Portichuelo, la bajada de la calle del Río, Los Cerretes, la Era de San Roque, San Miguel, el entorno que hoy ocupa la Barriada Girón —no muy lejos del majestuoso pino— o la explanada existente detrás de la Iglesia de San Juan, entre otras ubicaciones.

Miguel Padilla, que en las postrimerías de su vida se convirtió, según la vecindad de su cueva, en un viejo refunfuñante al que siempre acompañaba su perrillo, había sido un hábil estratega de la ilusión. Sin perder la colilla semiencendida de su boca, llegaba a cada destino para permanecer varias semanas. Cuando percibía que la novedad aflojaba o que la indiferencia infantil empezaba a asomar, preparaba el traslado hacia otro punto distante de la ciudad. Pero antes de recoger los bártulos, activaba su genial campaña de persuasión entonando una cancioncilla que él mismo había inventado para movilizar a la chiquillería:
“Niños, tirarse al suelo,
romped el babero,
llorad con gana,
que la Noria de Padilla se va mañana”.
Aquel cántico era un conjuro infalible. Los niños acudían presurosos a gastar su última moneda. Subirse a las barquillas costaba «una gorda por seis vueltas», pero la contabilidad del “Titi” se regía además por la generosidad. Cuando veía las sonrisas en pleno vuelo, regalaba giros al grito inconfundible de “¿Queréis más?”. Y cuando la física exigía equilibrar el peso de las cestas y faltaba arena en los sacos, Padilla solucionaba el contrapeso montando gratis a los chiquillos más humildes que correteaban descalzos alrededor de la rueda. Eran tiempos difíciles en los que muchos de sus amigos emigraron a Alemania, Francia y hasta Australia; niños con pocos recursos como para que él pudiera subsistir con holgura en una España que tardaba en despertar.
El fin de la noria llegó entrelazado con el de su propio creador. Cuentan las voces de la tradición oral que la atracción quedó montada en la zona del Henchidero bastante tiempo, pues el cuerpo ya no acompañaba a la hora de empujar. Poco antes de morir, según parece, la estructura fue adquirida por una persona acaudalada de la ciudad para trasladarla a un cortijo de su propiedad, donde finalmente el tiempo y el silencio le perdieron la pista. No mucho después nuestro personaje falleció, sin dejar otro legado que el de las risas y las lágrimas chorreantes por el emocionante cosquilleo en la tripa.
Hoy, aquella generación de niños ya sobrepasamos —algunos con holgura— los sesenta. En momentos como estos, en los que las norias miden sus metros por decenas y la tecnología diseña sofisticadas atracciones para la emoción infantil, la figura de Miguel Padilla, “Titi”, llena nuestros recuerdos más lejanos. Aquel hombre humilde y solitario supuso, para toda una época de escaseces, el motor humano que demostró que el juego es una necesidad del alma y que convirtió los viejos y ruidosos cangilones de la huerta en el crujido más alegre de nuestra infancia.




