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Domingo XXVI: Trigo, cizaña y grano de mostaza

Hoy nos encontramos con Jesús hablándonos en parábolas, utilizando el lenguaje de la tierra, de las semillas y de la vida cotidiana para explicarnos los misterios del Reino de los Cielos. Como sabe lo topes que somos Él se empeña en ponérnoslo fácil para que lo podamos enteneder. En concreto, las imágenes del trigo y la cizaña, y la del grano de mostaza, nos invitan a reflexionar sobre dos realidades muy profundas: la convivencia del bien y del mal en nuestro mundo, y la forma silenciosa, pero imparable, en que actúa la gracia de Dios.

En la primera parábola, Jesús nos habla de un hombre que siembra buena semilla en su campo, pero por la noche, un enemigo siembra cizaña. Cuando ambas plantas crecen, los criados se impacientan y le proponen al amo ir a arrancar la cizaña de inmediato. La respuesta del dueño del campo rompe por completo nuestra lógica humana: “No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega”.

Por esta razón este evangelio es llamado el de la “paciencia de De Dios”. Nosotros, a menudo, nos parecemos a esos criados impacientes. Al ver el mal en el mundo, la injusticia, la corrupción o incluso las debilidades dentro de la misma Iglesia y en nuestras propias familias, nos llenamos de indignación. Quisiéramos soluciones rápidas, cortar de raíz, etiquetar a los “buenos” y a los “malos” y separar el mundo en blanco y negro.

Sin embargo, Dios nos demuestra que Sus tiempos no son nuestros tiempos, y que Su pedagogía es la de la paciencia. ¿Por qué no permite Dios arrancar la cizaña de inmediato? Porque quiere cuidar al trigo: Dios nos protege. En la vida humana, los hilos del bien y del mal están tan entrelazados que un juicio humano apresurado y rígido puede terminar destruyendo lo bueno. También protege al trigo por misericordia:

A diferencia de todo lo demás, en el terreno del corazón humano, la cizaña puede convertirse en trigo. Dios no nos da por perdidos. Nos da tiempo, oportunidades y gracia para la conversión. Nuestra misión no es ser jueces que arrancan cizaña, sino sembradores que cuidan el trigo.

Inmediatamente después, Jesús nos propone la parábola del grano de mostaza. Nos dice que el Reino de los Cielos es como esa semilla: la más pequeña de todas, pero que al crecer se convierte en un arbusto grande donde las aves del cielo pueden anidar.

Esta parábola es un bálsamo de esperanza para nosotros. A veces podemos sentirnos impotentes ante la magnitud de los problemas del mundo. Podemos pensar que nuestra fe es muy débil, que nuestras comunidades son pequeñas o que nuestras buenas obras son insignificantes. El maligno quiere hacernos creer que el bien no hace ruido y, por lo tanto, no sirve de nada. Jesús nos recuerda que la lógica del Reino es la lógica de lo pequeño que esconde una fuerza vital divina. Una sonrisa, una palabra de aliento, un gesto de perdón, una oración sincera en la intimidad de tu hogar… todo eso son granos de mostaza. No menospreciemos lo pequeño. Dios no necesita grandes espectáculos ni ejércitos poderosos para transformar el mundo; necesita corazones dóciles que dejen caer la semilla en la tierra. Si somos fieles en lo poco, Dios hará crecer árboles frondosos que den sombra, refugio y paz a los demás.

Por todo esto, Palabra de Dios hoy nos invita a mirarnos por dentro. En el campo de nuestro propio corazón también conviven el trigo y la cizaña. Hay intenciones puras, amor y deseos de santidad, pero también egoísmo, envidia y pereza.
No nos desanimemos al ver nuestras propias miserias. Agradezcamos la paciencia que Dios nos tiene y pidámosle la gracia de no ahogar el trigo.

Que aprendamos a mirar a los demás con la misma paciencia misericordiosa con la que Dios nos mira a nosotros, y que tengamos el valor de sembrar pequeños granos de mostaza sabiendo que el Señor se encargará de dar el crecimiento.

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