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Las culturas de Kenia y España se fusionan en Belén en la profesión temporal de Sor Verónica

La iglesia conventual de Belén acogió en la mañana del sábado 26 de septiembre, la profesión temporal de Sor Verónica Mary Mbithi en una ceremonia que fusionó la cultura de Kenia con la de España. Fray Joaquín Pacheco presidió el voto de la religiosa clarisa.

Ambiente festivo con presencia de familiares y amigos de la religiosa que se trasladaron desde el país africano, así como de conventos de franciscanos, Cofradía de los Dolores y personas vinculadas con el convento antequerano. Procesión de entrada con el baile propio de su tierra que nos traen como regalo de la alegría con la que viven su fe. A ellas de le sumaron niños y jóvenes en el folclore propio.

Fray Joaquín Pacheco Galán, guardián del Convento de San Francisco de Estepa, presidió la ceremonia en la que destacó el coro formado por las religiosas y personas procedentes de Kenia, que fueron alternando sus oraciones con las de nuestro país en una fusión que muestra la transformación que la Iglesia está acogiendo con la nueva evangelización que nos están compartiendo religiosos que vienen de otros países a cubrir la falta de vocaciones.

«Soy del Señor»: la entrega de Sor Verónica

En la homilía, el fraile que solemos ver en celebraciones en San Francisco, San Pedro y ahora en Belén, compartió que la profesión religiosa de Sor Verónica se presenta como un acto radical de pertenencia: “soy del Señor”. La homilía no giró sobre un logro individual ni sobre el crecimiento numérico del Monasterio de Belén, sino sobre una tesis espiritual más exigente: la vida contemplativa clarisa tiene valor precisamente porque contradice la lógica utilitarista del mundo.

El celebrante interpretó la vocación de Sor Verónica como respuesta a una elección previa de Dios, vivida en una comunidad concreta con riquezas y debilidades, y sostenida por la Iglesia entera —especialmente las hermanas clarisas de otros monasterios— mediante oración y comunión espiritual. El punto de unión es claro: una sociedad que mide utilidad por productividad visible no entiende una vida encerrada en clausura, silencio y oración; pero esa vida funciona como recordatorio permanente de la identidad cristiana fundamental.

Los dulces del torno y las oraciones encomendadas son frutos secundarios; el fruto principal es la existencia misma de las contemplativas como señal viva de que Dios puede serlo todo. La apuesta espiritual puede parecer incómoda, pero es nítida: si los monasterios contemplativos desaparecen, la Iglesia y la ciudad pierden una forma de memoria radical sobre su propio centro. Aquí la responsabilidad no queda solo en Sor Verónica; también recae sobre la comunidad cristiana. «No podemos tratar esta vocación como una rareza piadosa mientras vivimos sometidos a otros amos —éxito, poder, dinero, placer o comodidad—. La profesión de Sor Verónica obliga a todos a discernir si realmente pertenecemos al Señor o solo usamos lenguaje religioso para encubrir prioridades mundanas».

La frase tomada de Isaías —“soy del Señor”— condensa el eje de la celebración. El celebrante la aplica primero a Sor Verónica, pero la extiende después a todos los bautizados. La diferencia no está en que la vida consagrada sea “mejor”, sino en que hace visible de forma inmediata una pertenencia que todos los cristianos deberían reconocer.

Esa pertenencia se concreta en varios niveles: cristianos en general: llamados a vivir desde la identidad de pertenencia al Señor. Matrimonios: con su propio carisma y forma de respuesta. Vida consagrada: como signo particular de entrega inmediata a Dios. Vida contemplativa clarisa: como expresión extrema de humildad, pobreza, sencillez, minoridad y clausura.

La vida contemplativa es descrita como una forma de separación física que no implica desamor ni aislamiento eclesial. La clausura delimita el espacio habitual de respuesta al Señor, pero no encierra el corazón. El celebrante recupera una fórmula patrística: el monje está separado de todos, pero unido a todos.

La homilía construye un contraste frontal entre la vida contemplativa y la mentalidad dominante. Desde una cultura que solo valora lo materialmente productivo, la vocación de Sor Verónica parece inútil. Pero esa supuesta inutilidad es precisamente su fuerza estratégica dentro de la Iglesia: obliga a revisar qué se considera fecundo.

La presencia de hermanas venidas de lejos se interpreta como signo de generosidad y también como diagnóstico incómodo. Las hermanas han dejado tierra, familia y seguridades para habitar monasterios que quizá no podrían sostenerse localmente. En Sor Verónica y sus hermanas, el celebrante ve una obediencia de fe que replica el gesto de los apóstoles y de los santos: dejarlo todo.

La integración cultural también aparece como signo positivo. La comunidad conserva ritmos litúrgicos de su tierra y, al mismo tiempo, ha aprendido cantos polifónicos del lugar. No hay borrado de identidad, sino armonía: las hermanas siguen siendo quienes son y, a la vez, se han hecho parte de la Iglesia que camina en Antequera.

La homilía terminó ampliando la llamada. Jóvenes y niños presentes son interpelados a no cerrar el oído a la voluntad de Dios. La frase final resume la apuesta: el Señor no quita nada; lo da todo. La verdadera tensión está en aceptar que esa plenitud no coincide necesariamente con la felicidad que el mundo vende.

Luego se procedió al rito de la profesión temporal, donde Sor Verónica ante la Madre Priora, Sor Cristina, hizo su juramento, recibió el velo negro, despojándole del blanco, la regla de las orden, el crucifijo y la medalla. Emoción entre los presentes al percibir el gesto de entrega a Dios. Tras la Comunión, el canto a la Virgen emocionó al sentir lo que cantaban, aunque no se entendiera. Era el «María Mama yetu». En suajili es un canto mariano basado en varias invocaciones de las letanías de la Virgen.

En el idioma originario sería: «Twakusalimu mama Maria, mama wa Kristu. Mama wa Mungu utuombee, Mama wa Mkombozi utuombee. Bikira wa huruma utuombee, Bikira mwaminifu utuombee. Kioo cha haki utuombee, Kikao cha hekima utuombee. Chombo cha neema utuombee, Chombo cha ibada utuombee. Mnara wa Daudi utuombee, Mnara wa pekee utuombee. Msaada wa wagonjwa utuombee, Msaada wa wakristu utuombee. Malkia wa manabil utuombee, Malkia wa mitume attombee. Malkin wa rosari ufuombee, Malkia wa amani utuombee».

En español quiere decir: «Te saludamos, Madre María, Madre de Cristo. Ruega por nosotros. Madre de Dios, ruega por nosotros.
Madre del Salvador, ruega por nosotros. Madre. Virgen misericordiosa, ruega por nosotros. Virgen fiel, ruega por nosotros. Espejo de justicia, ruega por nosotros. Trono de la sabiduría, ruega por nosotros. Vaso de la gracia, ruega por nosotros. Vaso de devoción, ruega por nosotros.

Torre de David, ruega por nosotros. Torre singular, ruega por nosotros. Auxilio de los enfermos, ruega por nosotros. Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros. Reina de los profetas, ruega por nosotros. Reina de los apóstoles, ruega por nosotros. Reina del Rosario, ruega por nosotros. Reina de la paz, ruega por nosotros». Así finalizaba una ceremonia que no olvidará Sor Verónica, la comunidad clarisa y los presentes.

Más información edición digital www.elsoldeantequera.com y de papel el sábado.
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