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Domingo 11 de octubre: La boda del hijo del rey

Hoy me acerco al Evangelio desde Lima en este mes de gran fe en todo el Perú que celebra al Señor de los Milagros. Es una imagen de Cristo crucificado que pintó en la pared de un corralón de Lima hace casi 400 años un negro esclavo traído con cadenas desde Angola. Aquella devoción despertó la devoción de los esclavos negros. Las autoridades quisieron destruirla pero fue imposible. Y desde entonces todo peruano allá donde esté carga a su Señor de los Milagros.

En el pasaje evangélico de este domingo encontramos dos parábolas sobre el Reino de Dios dirigidas en su día a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, pero que hoy Jesús nos dirige a todos.

La primera parábola es la de los invitados a la boda del hijo del rey. Este rey se esfuerza en preparar un gran banquete para festejar la boda de su hijo. Cuando envió a sus criados a llamar a los convidados, estos no quisieron asistir. Cuando envió a sus criados por segunda vez, los convidados también rechazaron la invitación: unos valoraron más atender sus campos o sus negocios; otros incluso se molestaron ante la insistencia de la invitación, y maltrataron a los criados e incluso los mataron.

Pero, cabe preguntarse por qué esa resistencia a Dios, cuando nos está invitando a algo bueno; cuando de él solo cabe esperar cosas buenas, cuando su amor y su presencia lo colma todo de luz, paz, alegría… También nos puede ocurrir a nosotros que estemos rechazando una invitación decisiva para nuestra vida cuando nos negamos a entrar en comunión con él en la oración cotidiana o en la Eucaristía.
La segunda parábola nos habla del invitado que entra al banquete sin vestido de boda. Esta parábola parece sugerir que no prepararse o vestirse adecuadamente para el banquete de la boda es una burla y un desprecio hacia el que nos invita.

En el fondo, este invitado es como los primeros: peca de indiferencia o de autosuficiencia. Aceptó la invitación, pero no se abrió a la gracia de Dios. El pasaje evangélico concluye con la siguiente sentencia: “Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”.

Ciertamente muchos rechazan la llamada o la invitación, y algunos no se presentan con vestido de boda. Aunque Dios persiste en su voluntad de que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, este deseo choca con muchos obstáculos de nuestra parte. Este pasaje nos lleva a preguntarnos: ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Cómo estoy respondiendo a la invitación que me hace? ¿Qué excusas, «negocios» o preocupaciones cotidianas me hacen rechazar o posponer hoy su invitación? ¿Cómo acojo su gracia?

Finalmente hemos de tener en cuenta que el “traje de boda” al que se refiere en el evangelio no se reduce a una prenda externa, sino que simboliza una disposición interior adecuada al Reino de Dios. Representa un habito espiritual: el hábito de la conversión, de la justicia y de la coherencia de vida necesarias para participar en esa relación intima con Dios. No basta ser invitado, como cristianos estamos llamados a revertirnos de una actitud transformada. Unido a la fe y caminar del pueblo peruano en medio de la cruda realidad de violencia, corrupción, pobreza y marginación que hoy está atravesando, ruego al Señor de los Milagros que fortalezca la fe y esperanza de todos en especial del pueblo peruano que se prepara a recibir la visita del Papa León XIV.

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