Siempre que se escucha la “parábola de la viña” nos inquietamos. Nosotros no la hubiésemos contado así. Y nos atrevemos a pensar que de ella brota un cierto aire de injusticia… Lo justo -decimos- hubiera sido que a los que trabajaron más horas, se les hubiese pagado un sueldo mayor. Y creemos que el dueño de la viña obró injustamente.
Cuando lo que quiere Jesús es que nos fijemos en el corazón del dueño de esa viña. Por eso, mientras pensaba: ¿cómo exponer el mensaje de esta parábola?, me dije: “voy a contar, que una familia de labriegos, compuesta por un matrimonio y tres hijos, posee un gran campo. Se llevan tan bien, que el trabajo del campo se reparte entre ellos como la cosa más natural del mundo. La armonía es perfecta… Hasta que un día se rompe, pues el segundo de los hijos se marcha de la casa, se junta con malos amigos que lo arrastran, y su trabajo debe asumirlo el resto de la familia…
Aunque lo que más les duele a aquellos padres y hermanos no es tener que trabajar más, sino la ausencia del hermano; la ausencia del hijo les mortifica cada día. Viven unos meses interminables y llenos de preguntas… Hasta que un día la familia salta de alegría, pues aquel hijo, aquel hermano de tantas lágrimas, se ha presentado dispuesto a cambiar. Lo reciben con los brazos abiertos y no saben cómo celebrarlo. Aquel día fue memorable.
Pues bien, algo así es lo que Jesús quiere que miremos. Está diciendo que todos somos el hijo que está yendo de nuevo a la casa del Padre, a trabajar en la viña del Padre, unos han llegado antes y otros después. Pero cuando llegamos -no importa el día ni la hora, ni que seamos jóvenes o mayores, ya que todos somos hijos y herederos- el Padre nos recibe con alegría.
Y los otros hijos también deberían recibirnos con alegría, ya que todos tenemos que aprender a mirar con los ojos del Padre, que nos entrega su reino, para que vivamos la alegría de sabernos hijos y hermanos. Por eso, recordemos que cuando Jesús enseñó a rezar, quiso que comenzáramos diciendo: Padre, Padre nuestro. Nuestro, porque tenemos que aprender a vivir como hijos y hermanos.
Mas ocurre que nosotros, que llevamos tanto tiempo rezando el Padrenuestro, no hemos ensanchado el corazón. Y parece que rezamos diciendo: “Padre mío”. Quien así reza y vive, se comporta como los obreros de la viña a quienes el dueño les dice: “¿vas a tener envidia porque yo soy bueno?”
Ensanchemos el corazón y mirémonos. No importa el momento: todos estamos llamados a trabajar en la viña del Señor. Todos somos hijos y hermanos. Y el trabajo en la viña, ya es para nosotros, el más grande regalo.




