domingo 28 junio 2026
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Domingo XIII (Ciclo A): La importancia del Bautismo

Queridos hermanos: En las lecturas de la Palabra de Dios que la liturgia nos regala este domingo hay diversas ideas, que pueden ofrecernos luz para vivir nuestra vida de fe, aunque no resulte tan evidente a simple vista, en una lectura superficial.

La primera idea que me gustaría compartir con vosotros la tomo de la segunda lectura, que nos recuerda el día más importante de nuestra vida de fe, el día en que entramos a formar parte de la familia de la Iglesia gracias al Bautismo. Y aunque no lo celebramos como el cumpleaños, casi deberíamos hacerlo para darle la importancia que tiene realmente ese acontecimiento para nuestra salvación.

San Pablo, en su carta a los Romanos nos ha explicado con mucho detalle: ese sacramento nos hace participar plenamente de la muerte y resurrección del Señor. Y lo hace de un modo radical: hemos muerto al “hombre viejo” marcado por el pecado de origen y hemos sido sepultados con Cristo muerto en la cruz. Esto ocurre para que resucitemos a la nueva vida que nos regala en su resurrección, naciendo a la nueva vida.

Hay un antes y un después de nuestro bautismo, pues es lo que nos permite ser y vivir plenamente como hijos de Dios. Y en ese cambio radical encontramos la base de la segunda idea que me gustaría subrayar en este día.

La tomo del evangelio, cuando nos habla del seguimiento de los discípulos al Señor, en concreto cuando afirma que «El que pierda su vida por mí, la encontrará». Aunque este «Perder» no quiere tener un sentido negativo, como cuando decimos que algo no sirve porque se echa a perder, sino el dar algo que ya no se recuperará, porque lo hemos entregado como un presente, como un don, y lo hemos hecho totalmente y para siempre.

Perder nuestra vida por Jesús implica darnos por entero al servicio de su amor misericordioso, para poder realizar la misión de dar vida en abundancia, amando sin fronteras a todos nuestros hermanos hasta dar la última gota de sangre, como nos enseñó el propio Jesús.

Es la lógica de Dios. Y solo así podremos aspirar a encontrar el verdadero sentido de nuestra vida, haciéndonos capaces de amar de verdad y no por compensaciones o por meras necesidades egoístas. Porque amar nos hace más y mejores personas, ya que nos permite darnos totalmente más allá de las meras apariencias o fragilidades de los vínculos humanos, para hacerlo desde lo más profundo de nuestra alma.

Amaremos a nuestros seres queridos, pero debemos buscar hacerlo sin posesiones ni obsesiones. De este modo, buscaremos amarlos desde las claves que nos dan al mismo tiempo la libertad y responsabilidad. Ni más ni menos.

Porque en el fondo, la invitación del Señor Jesús es vivir siempre y vivirlo todo en clave de entrega. A cambio de este tipo de entrega, aunque no siempre resulte fácil, siempre tendrá su «recompensa». Es el perder ganando, otra de esas paradojas de la vida de fe a la que se nos invita el Señor sin cortapisas.

Ante esas dificultades del camino, nos invita Jesús a cargar cada día nuestra cruz, y a hacerlo compartiendo con los hermanos todas sus cruces aunque sea dando simples vasos de agua que refresquen sus vidas. La recompensa será una vida más digna y generosa.

Esta es nuestra hermosa vocación a la que deberíamos dedicarnos con generosidad. Ninguno podemos cambiar el mundo. Pero si pudiéramos hacer más pequeñas las injusticias sumando amor a la vida de aquellos que más lo necesitan. Con la esperanza de que así sea, continuamos nuestro camino tras los pasos del Señor.

 

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