miércoles 8 julio 2026
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Domingo XV del Tiempo Ordinario: Él siempre está en nuestra puerta

Salió Jesús de casa, se sentó junto al lago y acudió tanta gente que tuvo que subirse en una barca, se sentó y les hablaba mucho rato en parábolas. Les decía: “Salió el sembrador”.

El sembrador”: lo primero es sembrar. Y Dios es el sembrador por antonomasia.Él siempre está saliendo, siempre se nos está dando, siempre nos espera. Con razón decía Lope de Vega:

“¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

Él siempre está en nuestra puerta.

Y al sembrar -dice Jesús-, un poco cayó al borde del camino, otro poco cayó en terreno pedregoso, otro poco cayó entre zarzas, el resto cayó en tierra buena”.

Yo pasé parte de mi niñez en una fábrica rodeada de campo, donde observaba cómo arrojaban la semilla los sembradores, pero a ninguno vi que la arrojara al camino o entre las piedras o en las zarzas. Por eso, al conocer esta parábola, pensé que Dios es distinto de todos los sembradores, pues Él se da a todos, tanto, que espera que su semilla eche raíces en nosotros, seamos la clase de tierra que seamos.

Y es que Jesús está invitando invita a que nos miremos y preguntemos: ¿qué clase de tierra soy? ¿Acaso tierra llena de pedruscos, o tierra dura, o llena de zarzas, o acaso tierra buena? Realmente ¿qué clase de tierra somos?

Lo sabremos si descubrimos la respuesta que damos a la Palabra del Señor. Aunque no hay respuesta, si antes no hay acogida. La respuesta exige que la semilla llegue y la acojamos. ¿Yo acojo la Palabra de Dios?

Acogerla, supone darle espacio en nuestra vida. Aunque su Palabra es increíble, porque mientras más se acoge, más se acrecienta nuestro amor y más nos comunica. Y uno, unido a ella, descubre que le brota un amor de adhesión hacia la Palabra del Señor.(Nos sucede como cuando conocemos a una persona que nos cae bien, la buscamos y tratamos con ella, hasta el punto que nos sentimos mutuamente acogidos.)

Pero el amor a la Palabra cuando crece y crece, se convierte en un amor de identificación. Y entonces la Palabra de Dios «entra» en nuestra vida y yola hago mía. Y descubro que a quien he acogido es a Jesús, y deseo amarle con todo mi ser, para que él viva en mí, para que yo llegue a exclamar con san Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

Y cuando esto acontece el que acoge la Palabra del Señor no sólo la recibe como tierra buena, sino que la proclama y anuncia; y busca que todo el mundo la conozca para que a todos alcance tanto amor. Y uno se hace apóstol y testigo de Cristo con su vida y con sus obras.

Por lo que os invito a que miremos cómo respondemos al amor de Cristo, y cómo podemos adherirnos hasta identificarnos con Él y colaborar con el anuncio del evangelio a los demás.

Este tiempo nuestro necesita espíritus que tengan experiencia del amor de Dios. Personas que sepan agradecer y manifestar la alegría de su amor.

Ojalá ustedes y yo vivamos esa alegría y agradezcamos tanto amor.

Recuerdo que en Melilla, tuvimos un día, una reunión de jóvenes en la Monte María Cristiana, cuando llegué vi tanta juventud reunida que mi alegría se hizo visible. Se me acercó una joven y dijo: “Es que Cristo se lo merece…”

Pues sí, Jesús se merece que estemos aquí y queramos gozar con su Palabra y servir a tanto amor…

 

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