Estoy convencido de que la experiencia de Dios, tal como la ofrece y comunica Jesús, trasmite siempre una paz serena en nuestro corazón que solemos tenerlo lleno de inquietudes, miedos e inseguridades. Esta paz es casi siempre el mejor signo de que hemos escuchado desde el fondo de nuestro ser, su llamada: “No tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones”. ¿Cómo acercarnos a ese Dios? tal vez, lo primero es detenernos a experimentar a Dios solo como amor. Todo lo que nace de él es amor. De él solo nos llega vida, paz y bien. Yo me puedo apartar de él y olvidar su amor, pero él no cambia. El cambio se produce solo en mí. Él nunca deja de amarme.
Hay algo todavía más conmovedor. Dios me ama incondicionalmente, tal como soy. No tengo que ganarme su amor. No tengo que conquistar su corazón. No tengo que cambiar ni ser mejor para ser amado por él. Más bien, sabiendo que me ama así, puedo cambiar, crecer y ser bueno.
Ahora, puedo pensar en mi vida y preguntarme: ¿Qué me pide Dios?, ¿Qué espera de mí? Solo que aprenda a amar. No sé en qué circunstancias me puedo encontrar y qué decisiones tendré que tomar, pero Dios solo espera de mí que ame a las personas y busque su bien, que me ame a mí mismo y me trate bien, que ame la vida y me esfuerce por hacerla más digna y humana para todos. Que sea sensible al amor. Hay algo que no he de olvidar. Nunca estaré solo.
Todos “vivimos, nos movemos y existimos” en Dios. Él será siempre esa presencia comprensiva y exigente que necesito, esa mano fuerte que me sostendrá en la debilidad, esa luz que me guiará por sus caminos. Él me invitará siempre a caminar diciendo “sí” a la vida. Un día, cuando termine mi peregrinación por este mundo, conoceré junto a Dios la paz y el descanso, la vida y la libertad. Las dificultades y persecuciones a causa de la fe han ocurrido siempre. Y ante ellas sentimos la tentación de dejarnos llevar por el miedo e ir ocultando nuestra condición de creyentes, inhibiéndonos del testimonio que debemos dar.
“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo”, nos dice Jesús en el Evangelio de hoy; y nos promete que él se pondrá de nuestra parte ante el Padre del cielo, si nosotros nos ponemos de su parte ante los hombres. Ante los que nos desprecien por la fe tenemos que darnos cuenta de que el Señor está con nosotros y encomendar al Señor nuestra causa, ya que “el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos”.




