El Evangelio de hoy nos sitúa ante una de las preguntas más antiguas y complejas de la humanidad: ¿Por qué existe el mal si Dios es infinitamente bueno? Jesús nos responde con una imagen agrícola muy común en su tiempo. Dios es el dueño del campo que siembra únicamente buena semilla. El mal no proviene de Él; tiene un origen claro: “Un enemigo lo ha hecho”. El diablo, actuando con astucia y a escondidas, siembra la discordia y la división. Nuestra primera reacción ante el mal suele ser la impaciencia.
Al igual que los criados de la parábola, quisiéramos arrancar la cizaña de inmediato. Queremos un mundo perfecto, una Iglesia perfecta y una sociedad limpia de pecadores. Sin embargo, la respuesta del Amo rompe nuestros esquemas humanos: “No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo”. ¿Por qué nos pide Dios paciencia? El Papa Francisco nos recuerda con frecuencia que la mirada de Dios es pedagógica y llena de esperanza. El Señor no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Sabe esperar porque conoce el corazón del hombre.
A diferencia de las plantas del campo, el ser humano tiene la capacidad de cambiar. Lo que hoy actúa como cizaña, por la gracia de Dios y la conversión, puede transformarse mañana en trigo limpio. Si Dios aplicara una justicia inmediata y fulminante, santos como San Agustín o San Pablo (quienes persiguieron o vivieron alejados de la verdad en su juventud) habrían sido arrancados antes de dar su fruto. Dios nos regala el tiempo de la vida terrenal como un espacio continuo de salvación y de misericordia.
Es muy fácil mirar hacia fuera y señalar la cizaña en el vecino, en los gobernantes o en la comunidad. Pero la parábola nos invita a un examen de conciencia mucho más profundo: el campo donde crecen juntos el trigo y la cizaña es nuestro propio corazón.
En cada uno de nosotros conviven los deseos de santidad, generosidad y servicio (el trigo) junto con el egoísmo, la envidia y el orgullo (la cizaña). Reconocer esta dualidad nos aleja de la soberbia y nos invita a la humildad. No somos jueces de los demás; somos pecadores necesitados de la misma paciencia que exigimos para nosotros. Nuestra tarea actual no es destruir a los malos, sino cultivar intensamente el bien en nuestra propia vida para que el trigo ahogue la maleza.
La tolerancia de Dios en el presente no significa indiferencia hacia el mal. El texto es sumamente claro al hablar de la siega, que representa el fin de los tiempos. Habrá un juicio y una separación definitiva. Al final, todo lo que causó tropiezo, el odio y la injusticia serán destruidos para siempre. Esta advertencia no busca infundir miedo, sino encender el sentido de la responsabilidad. Nuestras decisiones cotidianas importan y configuran nuestro destino eterno. No podemos dormirnos como los hombres de la parábola, permitiendo que el enemigo gane terreno en nuestra alma.




