lunes 11 mayo 2026
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Vida a los años

Suele decirse que existe una especie de frontera invisible que divide nuestra vida en dos actos bien diferenciados. Envejecer es inevitable, pero sentirse viejo es, en última instancia, una opción personal. Esta premisa probablemente encierra una de las verdades más profundas de la experiencia humana y que los japoneses llaman ikigai; o sea, darle un sentido permanente a esto de existir y tener un «porqué» cuando te levantas cada mañana. Como bien apunta el catedrático en Educación Física y experto en longevidad, Felipe Isidro, los seres humanos tenemos en realidad dos vidas, y la segunda comienza precisamente en ese momento en el que tomas consciencia de tu finitud y comprendes que solo te queda una.

A este punto de inflexión, Isidro lo denomina con una metáfora muy nuestra: «Darle la vuelta al jamón». Suele ocurrir alrededor de los 40 o 45 años, cuando la inmadurez de la juventud empieza a dar paso a una lucidez que puede ser dolorosa al aceptar la realidad, pero tremendamente luminosa porque se aprende a valorar el presente. Es el momento en el que dejamos de vivir en un futuro indefinido y empezamos a habitar con tenacidad el «ahora» con intención, pasión y propósito. Tras ese choque mental de realidad, empezamos a entender que nuestro cuerpo y nuestra mente no son herramientas de usar y tirar, sino el lugar sagrado donde vamos a vivir el resto de nuestra existencia.

El investigador —que entre su dilatado currículo incluye ser miembro del Grupo Español de Investigación en Ciencias del Ejercicio, la Salud y el Fitness— recalca siempre que, desde los albores de la nueva etapa de madurez, el cuidado de la salud se convierte en un acto de responsabilidad y respeto hacia uno mismo. Puede que sea un tópico, pero me gusta la expresión: no se trata solo de añadir años a la vida, sino de añadir vida a los años, ya que confirma la importancia de ser y sentirse activo. Aquí, el ejercicio físico deja de ser una obligación estética para transformarse en una práctica de libertad. Moverse, fortalecer el cuerpo y activar el corazón es lo que nos permite mantenernos literalmente de pie en estos tediosos años de sedentarismo, juegos y series televisivas.

Ahora que la clase política andaluza, con unas elecciones a la vuelta de la esquina, sigue dando el ejemplo de que la gresca y la lucha por el poder es más importante que la capacidad de transmitir mensajes convincentes y proyectos que mejoren la calidad de vida de la ciudadanía, bien nos vendría hacerles caer en la cuenta de que no son sus intereses los que deben ser los protagonistas de sus actuaciones, sino los proyectos que mejoren la educación, la salud, la naturaleza y el derecho a una vivienda digna y asequible. Puede que sean algo torpes, porque ahí es donde están los votos y esos no entienden de palabras leídas o memorizadas de folios que se los lleva el viento a pocas fechas de las votaciones. En el caso que nos ocupa, el de las personas que ya hace años vimos la segunda cara del jamón, lo que tenemos claro es que se necesitan con urgencia gestiones que no mermen la calidad de vida conseguida gracias al trabajo y sudor de nuestros padres, muchos de ellos ya ausentes.

Y es que, durante la primera parte de nuestra existencia, nos programan para la lucha, para el esfuerzo agónico y la persecución de metas que a menudo no son nuestras. Quién no recuerda la gran lección de Louise Hay, precursora del pensamiento positivo, cuando hablaba de que realmente la madurez se produce cuando aprendes a cambiar de frecuencia: «Dejo de perseguir y empiezo a recibir». Cuando deseamos algo desde la carencia, emitimos la vibración de «no tengo», y parece como si el universo nos devolviera más de lo mismo. La sabiduría consiste en soltar la necesidad de empujar la vida y permitir que lo que nos corresponde fluya hacia nosotros desde una mente en paz y un corazón disponible. Pero este «recibir» no debe confundirse con la pasividad. Una vida con acierto requiere actitud, pensamiento propio y criterio; no es poca tarea para las escuelas de esta próxima década.

Francesc Torralba nos advierte sobre la fragilidad de lo que llama la «generación de cristal»: jóvenes con grandes habilidades digitales, pero con un «músculo interior» muy débil frente a la contrariedad. Quizás les hemos evitado todas las piedras del camino, olvidando que no hay vida sin dificultad y que la resiliencia solo se construye ante la adversidad. La filosofía, en este sentido, no es un manual de autoayuda; es un sinfín de preguntas que nos obligan a profundizar en nuestra propia verdad.

La autoridad para hablar de la vida, no obstante, no se encuentra en los libros, sino en las cicatrices. El propio Torralba reconoce que teorizar sobre el dolor o el duelo es «hacer el ridículo» si no se ha experimentado el abismo. Tras la trágica pérdida de su hijo Oriol hace tres años mientras paseaban juntos por los Picos de Europa, su discurso filosófico cambió de tono. Ya no eran palabras prestadas, sino sabiduría destilada del dolor más absoluto. Esa es la «clase de verdad» que deja huella: la que nace de la coherencia entre lo que se piensa y lo que se ha sufrido. Lamentablemente, esta segunda cara del jamón es en la que empezamos a recibir emociones negativas por enfermedades, dolores y ausencias de los nuestros.

Para que nuestro paso por el mundo sea realmente provechoso a nivel personal, familiar y social, podemos acogernos al hermoso resumen vital que proponía José Luis Sampedro: su objetivo era «seguir aprendiendo y no seguir estorbando». Seguir aprendiendo es mantener la curiosidad despierta y el ego bajo control, reconociendo que cada persona que cruzamos es una biblioteca viviente. Y no estorbar es, quizá, el mayor acto de amor social: transitar por la vida con la delicadeza de quien sabe acompañar sin invadir, cuidar sin asfixiar y ofrecer luz sin pretender ser el sol. Por si acaso, nunca olvidemos que en esto de mantenerse activo contamos con la fortuna de vivir en Antequera, ya que a su rico patrimonio monumental se le une la posibilidad de hacer magníficas rutas en plena naturaleza. El Torcal siempre es la mejor de las opciones para acudir, solo o en familia. Las dos caras del jamón siempre juntas. Buen provecho y buena salud, amigo lector.

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