domingo 12 abril 2026
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Domingo de la Octava de Pascua, Ciclo A: 12 de abril

Queridos hermanos: Los cristianos sabemos, hemos vuelto a experimentar que la vida y la muerte de Jesucristo son una historia con final feliz. La vida y el amor son más fuertes que el dolor y la muerte. Y eso nos abre a la presencia del misterio de su Resurrección.

Este es uno de los pilares de nuestra fe, aunque al mismo tiempo, no es algo que fácilmente podamos aceptar. Eso es así porque nosotros somos demasiados racionales, y nos cuesta, admitir que a Dios le gusta hacer las cosas de otra manera, que su Sí al mundo se concreta de un modo diverso a como pensamos.

El dolor y la muerte de Jesús nos han conmovido. Hemos vivido su pasión en profundidad la pasada Semana Santa. Tanto, que nos cuesta creer que la última palabra de Dios pueda tener tanta vida y tanta esperanza dentro. Y no solo nos ocurre a nosotros. En sus propios discípulos ese dolor y ese sufrimiento provoca primero su traición y después su abandono.
Ese es el primer dato del evangelio de este domingo de la Octava. Los amigos de Jesús, sus destrozadas vidas, necesitaban el perdón de su Maestro para superar tanto dolor, el no haber estado a la altura.

Es uno de los primeros frutos de la Resurrección. “Tus heridas, nos han curado, Señor”. El encontrarse con el Resucitado los hace hombres y mujeres nuevos, renovándolos por completo. Pero en ese primer encuentro con el Resucitado falta uno de ellos. Tomás, el mellizo no estaba con ellos.

Él siempre era el discípulo que le ponía mucho realismo a sus afirmaciones y sus palabras estaban siempre muy “a ras de suelo”. Por eso ante la emoción de los demás por el encuentro con el Resucitado,su respuesta está llena de dudas y de resentimiento: “si no toco sus heridas, si no meto mi mano en su costado”, no lo creeré.

A esa gran desconfianza del día de la resurrección, Jesús da una respuesta contundente a los ocho días: “aquí tienes mis llagas, Tomás”. Y en ese encuentro personal e intransferible, nace la confesión del corazón. Junto a eso, otro detalle importante: nadie puede encontrarse con el Señor por nosotros, nadie puede creer por nosotros. La fe, don de Dios, es al mismo tiempo una respuesta personal de cada uno de nosotros.

Por eso el ejemplo de Tomás debe ayudarnos a ver que no hay pecado que no se pueda perdonar, que para Dios todos somos importantes, todos estamos llamados a vivir siempre la plenitud de la vida y el amor.

Su “Señor mío y Dios mío” es una de las más bellas confesiones de fe de toda la Escritura, es la respuesta de un corazón que tras verse inundado por la misericordia de Dios, explota de amor. No necesitó una larga reflexión o muchas palabras para que su corazón fuera, por fin, una fuente de misericordia.

Es otro de los frutos del encuentro con el Resucitado. Cambia la vida y nos hace testigos de lo ocurrido, nos impulsa a que nuestros labios y nuestra vida sean altavoces del amor que vive en el Señor resucitado.

Así se comprenden mejor las bellas palabras con las que san Juan cierra el evangelio de hoy. El no lo escribe pensando en él o los demás discípulos; o en que se quedara recogido por escrito todo lo ocurrido, a modo de crónica.

Nos dice que lo recoge con detalle para que seamos muchos los que conozcamos, para que podamos conocer mejor lo que hizo Jesucristo; y conociéndolo, lo amemos y creamos que Él es el Señor de nuestra vida. Es el regalo que el Señor nos hace, a través de la Iglesia, en este tiempo Pascual. Feliz domingo de la divina Misericordia para todos.

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