sábado 15 junio 2024
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Testimonios en los días que se paró el tiempo: ‘No me creo que no haya podido estar a su lado en su adiós’

‘Esto no ha acabado, aunque la gente no lo crea; ‘Esto no ha acabado, aunque la gente no lo crea; nos quedan muchos meses que convivir con él. Así que cuanta más precaución se tenga, más caso se haga a las recomendaciones, mejor para todos’. Tras los diez días de luto nacional, llega el momento de poder publicar un reportaje hecho día a día, con datos, testimonios, que sirven como homenaje para los que luchan, los que siguen, los que se fueron en soledad, los que no pudieron estar al lado en el último suspiro ni en su ultimo adiós.

Siempre nos llamó la atención el entierro del insigne antequerano José María Fernández (1881-1947). Pese a ser uno de los personajes más importantes de la reciente Historia de Antequera, murió en soledad. Fue artista, historiador, erudito, asesor de obras municipales, pero la tragedia le llevó a quedarse solo, viendo morir a su mujer y sus hijos. José Antonio Muñoz Rojas describe así su adiós: “Muy pocos amigos, entre los que recuerdo al propio Paco Jiménez Reina, Antonio Muñoz y Francisco Madronas, lo acompañamos al cementerio… Fue una escena patética que no olvidaré nunca y que acabó de cerrar una vida en la que los sufrimientos y las decepciones llevaron una buena parte”. 

Esta descripción nos hace imaginar y querer describir la que han podido vivir estas 140 personas que han fallecido, en soledad familiar, pero con un sanitario en los casos que fue posible. Con limitación de un ínfimo número de sus familares, con sus amigos en la distancia, sin poder dar ese abrazo, ese beso, esas lágrimas que consuelan ante perder a ese familiar tan querido que forma parte de nuestra vida. Desde hace semanas llevamos intentando ofrecer cifras, estado, situación de la pandemia y sus efectos en Antequera y hoy podemos compartir un amplio reportaje. 

Tras nuestro editorial y petición de colaboración, hemos recibido multitud de llamadas de familiares, de personal involucrado en los decesos, cuyos testimonios los exponemos en estas páginas como homenaje, como descripción de lo que ha transcurrido en hogares, hospitales, residencias, calles, tanatorios, cementerios o templos. Lo que veíamos en otros sitios, también ha pasado en parte en Antequera.

No queremos que se quede en el olvido por la lucha, el combate cara a cara contra el virus o enfermedades más feroces, como el cáncer, pero que por sus años conviviendo, ya no son titulares ni motivo de aplausos. Así, los que lloraron en soledad, los que se fueron sin la mano de su mujer, su marido, su hijo, su sobrina o sus nietos… puedan tener un recuerdo de cómo fueron estos trágicos días en los sanitarios y personal policial lo dieron todo, ante los que no pudieron despedirse de lazos sanguíneos, pero sí del corazón solidario de todos los que han dado todo para hacer frente a estos días de pandemia que ha cambiado nuestra forma de vivir y de morir… No hay nombres, porque esos quedan para cada sanitario, cada policía, cada personal de decesos, cada familia… 

Mientras esperamos que nos concedan entrevistas los responsables del Hospital Comarcal o servicios funerarios para ampliar lo que pasó, compartimos este homenaje hecho reportaje, de recrear con testimonios anónimos lo que ha pasado del 13 de marzo al 31 de mayo. Fue en la época de la pandemia, pero murieron por muchos motivos, no sólo por el COVID-19. Nos dejaron sin el calor de su familia, pero con la pasión de los sanitarios.

 

 

10 de marzo: el alcalde anuncia el primer caso de coronavirus en el Hospital

La pandemia que llevaba semanas atacando China y que empezó en Italia en Europa, llegó a España y oficialmente a Antequera el martes 10 de marzo. Lo que todos temíamos pasó: el alcalde Manuel Barón compartía en una rueda de prensa que el Hospital atendía el primer caso positivo, un hombre de 51 años, que ya estaba ingresado por gripe, confirmando la propia Consejería de Salud de la Junta de Andalucía a mediodía. 

Desde principios de mes estaba en el Hospital por un proceso gripal que empezó siendo entendida como gripe A, pero que con el paso de los días y tras afecciones respiratorias, la prueba del COVID-19 dio positivo y se aisló en la UCI del Hospital de Antequera. Terminó falleciendo y fue el primer vecino de la ciudad que nos dejaba por este virus. En esos días, el presidente del Gobierno de España anunciaba el estado de alerta sanitaria y empezó el confinamiento

 

 

Comienzan los síntomas y se saturan los teléfonos y las ambulancias

Cuando una persona tiene síntomas, lo primero que tiene que hacer es llamar a Salud Responde (955 54 50 60 y 900 40 00 61). “El problema es que se desbordó y no daba respuesta, acudieron como no querían y a veces tarde. Se anunciaban más servicios, pero llegaron hasta días después en dotar los puestos que se habilitaron. Fue tanta acumulación en tan pocos días que se desbordó la atención telefónica”. 

Ante la necesidad, “la gente nos llamaba al Hospital, pero desde aquí no se podía hacer nada. Yo un día hasta lloré porque le exponía que no podíamos, es que el protocolo es por llamada telefónica”. Cuando podían llegar al recinto sanitario, se colocó una mesa en la misma puerta de Urgencias “donde a pesar que le dijeras al acompañante que no podía pasar, fueron muy respetuosos. Venían con temor y miedo, con una presión por lo que pasaba fuera. Nosotros le tranquilizábamos y pedíamos un teléfono para informarle de cualquier novedad al no poder pasar ni esperar”.

El jueves 12 de marzo se anuncia el confinamiento. “Ya estábamos a la espera que se podía liar, lo teníamos en mente, pero no sabíamos cuándo iba a empezar y qué repercusión tendría. Además de la segunda UCI, teníamos pensado una tercera incluso; así como habilitar más espacios porque tenemos la suerte de tener un edificio amplio, con mucha luz, con muchas posibilidades. A la vista de todo. Esta primera lucha va a hacer posible mejorar las instalaciones en Urgencias…”.

 

El Hospital dobla la UCI y habilita las plantas 3 y 4 para los problemas respiratorios

El sábado 14 de marzo eran ya 4 los casos en el Hospital, lo que lleva a diferenciar la entrada a Urgencias por problemas respiratorios y otros casos, los hasta ahora habituales. Empiezan los ingresos por síntomas evidentes. El día 16, vecinos de Archidona, Teba y Campillos amplían los pacientes previos. Primeros aplausos internos del personal a un paciente de Antequera que daba negativo al test. La sociedad se mentaliza y el día 18, las Urgencias se reducen a casos posibles. Media de seis a ocho ingresos por la mañana y otros tantos por la tarde.

Antes de esta crisis, “podíamos llegar a tener una media de 200 peticiones demandantes de urgencias en 24 horas. En el servicio suele haber cuatro consultas, una observación de leves y otra de graves. Solemos tener entre cuatro y seis médicos, cinco enfermeros; cuatro auxiliares; de uno a dos administrativos; de seis a cuatro celadores, más el personal de mantenimiento y limpieza”.  

Con el COVID-19, “hasta que la gente no concibió que esto era grave, la gente fue disminuyendo su llegada de la media de 200 a unas 30 urgencias en 24 horas, de las que la mayoría era por problemas respiratorios. Hubo un día que nadie vino por propia iniciativa, todo lo que entró por Urgencias fue por ambulancias. La gente se ha quedado en casa, con el problema de que han podido agravar su salud, incluso poniendo en riesgo su vida, como los casos del corazón”.

Viendo estas estadísticas, desde Urgencias insisten: “Quisiéramos que ojalá la gente tuviese conciencia de lo que se juega maltratando la sanidad pública. De las 200 de media, creo que sólo 30 o 40 son las verdaderas, como pasó en la época dura de la pandemia donde la sociedad antequerana se ha comportado como debería de hacer durante todo el año. Eso hay que decirlo y agradecerlo y esperamos que así pase a partir de ahora para que estemos para salvar vidas”.

El 20 de marzo, la Unidad Militar de Emergencias  (UME) desinfecta los exteriores del Hospital. Al día siguiente, “la primera ala de la planta cuatro, desbordada, faltan test, y siguen ingresos”. El 26 de marzo, los dos primeros fallecimientos, un hombre de Archidona y otro de Villanueva de Tapia. La segunda UCI se pone en marcha, transformando la URPA (Unidad de Reanimación Post Anestesia) con lo que se disponen de 15 camas, buscando diferenciar casos de la pandemia y otras dolencias. “Comenzamos con cinco normales y seis pandémicos”.

En la UCI normal “hay seis habitaciones y el BOX 7 para los marcapasos, que en la pandemia se ha ocupado algunos días por necesidad. El colapso hubiera sido que hubiera entrado un infarto, pero no tuvimos por suerte ese dilema. No se ha producido porque no se ha desbordado en Antequera. Eso sí, hemos estado al límite, pero siempre se quedaba un puesto libre antes de que hiciera falta otro. En 3 días, se ocupó ese BOX 7. ¡Nos hemos jugado la vida si hubiera venido otro, un infarto, un ictus, una angina de pecho…! ¡Mejor no pensar la elección a realizar! Pero no podíamos llegar a decidir a quién atender o no y le hemos ofrecido todo al que lo ha necesitado. Otra cosa es su evolución, que ya no depende de nosotros”. 

El 30 de marzo “estamos en el límite de ocupación de camas en hospitalización. 20 y 20 en Medicina Interna (cuarta planta con positivos y evidentes) y 20 en Cirugía (tercera planta). Y se está empezando a llenar el otro ala de la tercera planta (traumatología) con otros 20 pacientes”. 80 habitaciones estaban preparadas entre las dos plantas y se llegaron a estudiar parte de las dos primeras, incluso las salas de las citas médicas o hasta el salón de actos, pero no hizo falta. También estuvo el ofrecimiento del Hotel Antequera.

Para conseguir atender la avalancha “adaptamos los turnos para hacer más, pero de menos horas, aunque hemos ido por nuestra voluntad a hacer más horas para ayudar a los compañeros, si necesitaban ayuda o si precisaban saber cómo actuar en casos que ya habíamos tenido. Si ya éramos un piña, nos hemos unido más aún dentro del Hospital. Hasta la fecha, el mayor experto de COVID-19 podría tener una experiencia de 3 meses, en China, claro, no en España ni en Antequera obviamente”.

Había protocolos de aislamientos, con su material y se llegó a dudar y pedir más. “Lo que ocurrió es que con esta enfermedad se nos quedó corto. Fue algo que empezó de golpe, aunque sabías que iba a venir, pero fueron unas dos semanas muy duras. Hacía falta más cantidad y calidad, que se tuvieron rápidamente, incluso antes que muchos regionales que no llegaron a tener. Por estar en Antequera, no penséis que tenemos peores equipos. Además, se ha contado con Corazones Solidarios que ayudó mientras vinieron de la Junta. Se habló mucho, se criticó, pero eso no nos llegaba a los que estábamos con los pacientes. Lo que nos importaba era atender y salvar vidas. Quizá esa premisa tendría que haber sido la de los políticos, pero eso es otro tema. Una vez se supere, que cuestionen todo lo que quieran, pero tocaba, toca, seguimos a expensas que en dos días, se vuelva a liar y llenar el Hospital. Hasta que no haya vacuna, se demuestre su efectividad y pasemos un invierno, no sabremos el alcance de estar superado o que sea un virus que ha venido para quedarse”, no hace falta decir que son profesionales sanitarios los que hablan del día a día en el interior del Hospital.

 

Esto es duro, no paramos y no sabemos de dónde sacar las fuerzas para seguir’

Del 8 al 9 de abril, del Miércoles al Jueves Santo, fue uno de los días más trágicos. Fallecía el guardia civil y un conocido antequerano. “¡Esto es duro, Curro!”, compartía el inicio de la conversación “tras uno de los peores días de nuestras vidas”.

Otro profesional comparte: “Pasamos diez días, en Semana Santa, para no recordarlos. Entre ellos del Miércoles al Jueves Santo, cuando falleció el guardia civil. Fue la semana más dura que hemos padecido. Se nos acumulaba el trabajo, no terminabas con uno cuando y ya había dos o más esperándote”.

En la cuarta planta han estado los evidentes y positivos, “ya que no había tiempo material de esperar a saber del resultado. De observación, tras una primera exploración se decidía a dónde pasarlos. La cuarta era para los positivos y sospechosos. Mientras que la tercera se utilizó cuando dejamos de mandar las pruebas al Virgen de las Nieves de Granada y lo hicimos al Carlos Haya de Málaga. De tener los resultados en 8 horas, pasamos a 3 días y seguimos así, lo que ha dificultado las confirmaciones. Coincidió en el aumento de ingresos y en tenerlos más días por precaución hasta no saber el resultado. Luego estaba la validez y los tipos de test, que un día te podía dar negativo y al otro positivo, por lo que muchas veces primaron los síntomas evidentes al resultado”.

En la tercera y cuarta planta hay dos alas, cada una de 20 habitaciones, por lo que en ambas hay hasta 80 habitaciones disponibles. “Se pusieron a disposición las de dormitorios del personal de guardia y las de enfermería para que hubiera lo máximo para los pacientes. Los profesionales lo hemos dado todo”. A pesar de muchos bulos, nos apuntan que de las 80, pudo haber un máximo de 60 ocupadas a la vez, más las 15 camas de UCI y las de la sala de observación. Es decir, un máximo de 100 ingresados en un día, más los que estaban en cuarentena en casa. Ésta será otra historia por contar.  

Al llegar el paciente, “le preguntamos el motivo de la visita, y ellos te decían que tosían y tenían fiebre y se le indicaba la primera sala, la de espera de adultos, la que es ‘Sala Chica Rodríguez’ (¡quién le iba a decir a ella que sería el primer lugar de esperanza para quien venía con síntomas! ¿Y si nos ha estado ayudando como hacía siempre en Urgencias?). Era el primer contacto con el posible contagiado. Había que hacerle la PCR, se habilitó una consulta con todas las paredes con plásticos y con un rincón que se desinfectaba cada vez que salía un paciente y antes que entrara el siguiente. La prueba se hace con un hisopo en las dos fosas nasales y en la garganta. Se habilitó por parte de mantenimiento, en dos días, en una consulta de las normales, una sala de rayos como la que tenía el Doctor Pedro de Rojas en su casa de calle Estepa, ¡en tan solo siete horas! ¡Si se supiera lo que se ha luchado por la salud de las personas!”.

Luego se procedía a la radiografía de tórax, con un portátil de rayos, por lo que ya se sabía lo que tenía en el interior de los pulmones, si era gripe, fuerte resfriado, neumonía o un evidente COVID-19 con algo que nunca se había visto. Y se le hacían otras pruebas para establecer a dónde iban: observación de respiratorio con su tratamiento o se sacaba para el circuito normal. La observación respiratoria sigue en la sala normal de Urgencias con seis camas, tres camillas y nueve sillones. “De ahí a casa, a planta o a la UCI. Muchos eran jóvenes, y con su medicación y 14 días en casa, que es lo que se procuraba, para dejar el Hospital para los más graves, aunque también hubo de corta edad”.

En las habitaciones “estaban aislados, solos, salvo casos de matrimonios o hermanos porque ya habían estado juntos previamente. El acceso era muy restringido, solo para medicación o comida”. Tras diez días de infierno, empiezan a bajar los ingresos y las defunciones inminentes. “Creo y, ojalá no me equivoque, que salvo una segunda oleada, está superada la curva, ya se van viendo más urgencias normales y menos ingresos. La planta de Medicina Interna tiene 25 pacientes y en UCI han quedado 4 de respiratorio y 3 en la normal”, decían tras la fase crítica.

Al parar el ritmo frenético fueron conscientes de lo que habían vivido. “Nos hemos expuesto al contagio, es algo que con tu profesión lo asumes”. Pudieron ser unos ocho positivos entre el personal sanitario, que guardaron cuarentena y uno solo precisó de alguna medicación más fuerte. “En algunos momentos sabías que te la estabas jugando, y en otros, no eras consciente lo que hacías, y luego al llegar a casa lo pensabas. Creo que no hemos tenido conciencia de lo que era hasta que hemos terminado la avalancha. Ha sido después cuando ha venido el bajón. Si viene otro brote igual, va a ser muy difícil volver a actuar”. Algunos profesionales optaron por dormir en otros sitios para no poner en riesgo a su familia, el resto extremaron precauciones y evitaron el contacto con hijos y parejas.

 

 

Las llamadas para saber cómo estaban los ingresados

Antequera tiene la peculiaridad que casi toda la población se conoce, lo que lleva a que puedas enterarte de cualquier circunstancia que pase en cualquier ámbito. Los teléfonos de los profesionales sanitarios no han parado para saber cómo estaban los familiares. “Sabes lo que está pasando, que tienes más facilidades de saberlo, pero aunque tienes opción de entrar en esa habitación que te piden, no debes y no se ha hecho, no porque estuviera prohibido, sino porque te arriesgabas personalmente y al paciente. Se hace eterno cuando lo conoces y cuando te llaman. Se ha intentado preguntar a un compañero cuando has podido, pero hubo dos semanas que no parabas ni para un café, así que ¡imagina preguntar por alguien! Sabes lo que va a pasar, lo que le puede estar pasando por la cabeza del familiar. Lo peor que hemos podido llevar, es saber que el enfermo estaba solo, muchos personas mayores, también jóvenes, y que sabían que le podía pasar, y les pasaba… Ha sido de lo más cruel, una gran impotencia”.

“Teníamos que dar esperanza, aunque sabíamos que la cosa iba mal. Luego ha pasado que han terminado mal, o casos que sabes cómo han salido… Pero cuando se sabía, se sedaban y no sufrieron al menos. Los enfermos fueron conscientes al recuperarse, al ver que volvían, hablando con nosotros, al salir del Hospital… Los graves sabían que ingresaban por ese motivo, pero al sedarse al complicarse la situación, no sabrían si iban a salir o no… ¡Eso solo lo saben ellos y Dios, que tiene que existir!”.

 

El fatídico momento: la muerte de los ingresados en el Hospital

Dos meses y medio donde los casos y complicaciones por el COVID-19 ha disparado el número de fallecimientos en el Hospital. “Cuando sabes que el paciente iba a fallecer, en la UCI te quedabas a su lado, para que aunque fuera algo simbólico, al no poder estar un familiar, al menos era un gesto, estabas tú. Allí te encontrabas en contacto con todos. En planta se ha hecho siempre que se ha podido, el problema era que falleciera al estar aislado y no se percataran al no estar monitorizados. Aunque si sabían que estaba en las últimas, se iba con mayor frecuencia para que no estuviera solo si ocurría el desenlace. Sin que viniera por escrito ni fuera ordenado, es algo que nos proponíamos hacer entre los grupos de trabajo. ¡Somos personas y los sentimientos afloran! ¡Fuimos su última familia!”.

Esta vez, “hemos tenido que comunicar por teléfono los fallecimientos; antes, en UCI, se pedía que se personaran y cuando venían, se les notificaba; ahora hemos tenido que decirlo por teléfono porque no podían venir. Lo primero que te decían es que querían venir a verlo, y le tenías que decir que no; no podían verlo ni una vez muerto. ¡Qué te digo!”. 

“Al fallecer, los médicos quisimos ser los que llamaban al familiar por teléfono, siendo uno de los peores momentos que se han vivido”. Luego, los celadores preparan los cuerpos sin vida. “Se amortajaba, se le taponaban los orificios naturales, se desplazaban hasta el tanatorio del centro, llamando al vigilante que es quien abría la sala, y ya se quedaba a que la funeraria se lo llevara. Hubo algunos que tardaron hasta cuatro días en llevárselos, lo que llevó en los diez días más crueles, a no saber dónde poner a los difuntos, que llegaron a veces a casi diez en un día por diferentes circunstancias”.

Por protocolo, “ningún familiar podía estar en el momento del fallecimiento, ni en el tiempo previo; tanto en sospechosos como en los positivos; ha sido en el 95 por ciento de los casos porque no nos queríamos arriesgar”. Era muy difícil diferenciar los que tenían coronavirus o no, “por lo que tratábamos a los positivos y sospechosos por igual por precaución. El protocolo establece que quien falleciera en el circuito respiratorio, se tenía que envolver con una sábana y con doble sudario, con doble cremallera de arriba a abajo y de abajo a arriba. Se dice que se impregnaran con un desinfectante el cadáver, algo como un virucida de casa. ¡Son personas, han muerto sin su familia y muchos no habían llegados los resultados de los test! Cumplimos las normas, pero con el máximo respeto. ¡Ha sido muy cruel!”.

Al llegar los de las funerarias, “tenían que sellar el féretro y o lo enterraban, si la familia quería; o accedían a la incineración, dependiendo de los protocolos de cada día”. Tantas muertes se iban registrando que aprobaron “que no había que esperar las 24 horas del enterramiento, se había permitido hacerlo de inmediato, por precaución. Incluso en algunos casos, las cenizas se quedaban más tiempo por prevención”. El Ministerio de Sanidad decidió en los primeros días permitir que se puedan efectuar entierros sin esperar a que transcurran 24 horas desde el fallecimiento, sea cual sea la causa de la muerte, desde el 22 de marzo.

La media de defunciones en el Hospital, en condiciones normales, es de menos de una persona al día, de 20 a 25 al mes. Pero en esta primera batalla, “llegamos a tener de 6 a 7 en un día o más. Creo que hemos podido tener entre 50 y 60 fallecidos al mes. Los datos oficiales del COVID-19 se basan en haberle hecho un PCR; pero sabemos que han sido muchos más, te diría que en el Hospital, pudo haber sido cerca de 50 posibles casos”.

 

 

La muerte desde el lado de la familia: ‘Es muy fuerte, no poder estar en el momento’ 

Aunque ya lo hemos expuesto, vamos a narrar las confesiones de familiares, sin citar a la persona, por respeto y porque estamos seguros que es lo que muchos sufrieron para hacerlo extensivo a todos ellos, pero queda como recuerdo, triste recuerdo, pero para que se sepa lo que pasa cuando pierdes a alguien y más en estado de alerta sanitaria, sea por el motivo que sea. “Lo duro que ha sido es que se vaya tan rápido, mi marido lo vio la noche antes por una vídeollamada… Es muy fuerte, no poder estar en el momento, ni estar con él al irse, ni velarlo, ni poder decirlo…”.

La incineración se ha impuesto como la mayor opción por parte de las familias, aunque podríamos decir que casi “obligado” en algún momento, por precaución ante la posibilidad de que fuera positivo y el cuerpo pudiera transmitir el virus, algo que fue variando con el paso de las semanas. “Lo incineraron y no nos dieron las cenizas ¡hasta 12 días después! ¿Por qué han tardado tanto? ¿Quiere decir que es verdad que había colas para incinerarlo y no daban abasto? Nos han dado un certificado y una urna precintada con su nombre. Eso es lo que nos ha quedado de él. No es lo mismo abrazar y ver una urna que haber estado a su lado, besarle en la frente, llorarle con la mano sujeta…”.

Dentro de la incertidumbre, al no tener orden establecido, fue un descontrol ordenado. “Le salieron tres pruebas negativas del COVID-19, pero no podíamos estar con él en su muerte. Subimos a la planta cuarta, lo vimos cinco minutos, vimos un sitio restringido, en silencio. Estaba ya tapado, vimos su cara muerta y nada… Tuvimos que esperar un día para ver los resultados”. 

Otra familia aprovechó la defunción de su padre para incinerarlo con los restos de su madre. “Quedamos con la funeraria en la puerta del Cementerio y se fueron para Santa Ana y nos dijeron que ya nos avisarían, ya que no podíamos ir. No me veía con cuerpo para eso y nos ofrecieron que nos las guardaban porque les dije que había sido tan duro, tan de repente, que no podía tenerlas en casa. Hace una semana nos llamaron del Tanatorio y no las dieron. ¡Lo que hemos sufrido, no se lo deseo a nadie!”.

 

 

Agradecimientos a la policía local y profesionales sanitarios

Ha sido todo tan rápido que se tuvieron que ir aplicando protocolos conforme avanzaba la pandemia. Hubo paradas cardíacas a las que auxiliaron como siempre, que luego se tuvieron que prever ante  posibles contagios. “Mi marido tuvo que estar en cuarentena porque podría haber sido la muerte de su padre por coronavirus. Yo tenía un bebé. Yo no pude consolar a mi marido y él no pudo ver quince días a sus niñas… eso no lo podías imaginar en la vida que te pudiera pasar. A mi suegro no le hicieron test ni autopsia, se lo llevaron… Le hicieron hasta el boca a boca porque estaba parado en su casa”. 

Cuando ya no pudieron hacer nada, el hijo apuntó que unos conocidos estaban ingresados en el Hospital por coronavirus, por lo que tuvieron que ponerse en cuarentena él y los agentes que le auxiliaron.  “Tardaron ocho días en hacerles las pruebas. Los policías no sabían qué hacer, lo hicieron por intentar salvarle la vida. Agradezco a los policías locales que lo intentaran reanimar, corriendo el riesgo, pero priorizaron salvar su vida, antes de que llegara la ambulancia”.

“Se lo dije a la médica, que ya habían pasado 15 días, pero que entendía que tenía que decírselo que estuvieron en un viaje con otras parejas, pero que ellos no habían tenido síntomas y que nos hicieran los test a los que estábamos allí. Y estuvimos quince días en casa, en cuarentena, solos, sin mi padre y sin mi familia. Me pongo en el lugar de los policías, y sufro más aún. Menos mal que fue todo por precaución y dieron negativo y volvieron a su día a día”.

Dentro de la tragedia que se ha vivido, quizá fue el momento más inhumano, por la forma de amortajarlos por si podrían ser positivos, ya que las pruebas tardaban más y muchos se trataron como si lo tuvieran, aunque a los días les informaron que dieron negativo, pero ya era tarde. “Ver a mi padre tirado en el patio con una sábana y lo que tardaron  en recogerlo por el trabajo que tenían esos días… Llegaron, lo embadurnaron con un líquido, le pusieron un plástico, volvieron a ponerle más líquido desinfectante, lo metieron en el ataúd, se lo llevaron al Tanatorio, que hiciera las 24 horas, y luego lo incineraron. A los 15 días nos llamaron y nos dieron la urna con las cenizas”.

  

Fallecer en casa o en una residencia en tiempos del estado de alerta

Ha sido algo más frecuente de lo habitual en este período. “Murió en su cama, me dejaron 2 horas con él antes de llevárselo. ¡Qué cosa más triste! Yo sola en la puerta y un vecino en frente viéndolo cómo se lo llevaban. Lo dejaron una noche en cámaras frigoríficas y lo incineraron, los hermanos no nos pudimos ver al estar en confinamiento. Yo estaba destrozada y no me lo creo aún”.

En las residencias han fallecido muchos mayores, como el de una malagueña que en una de la Costa, conoció a unos antequeranos que en sus últimos años le trajeron a conocer la ciudad, de la que se maravilló. “Unos antequeranos de la residencia le invitaron a visitar esta ciudad y le encantaba la Plaza de San Sebastián, las tapas de caracoles y visitar la iglesia de San Francisco”, comparte su nieta, que casualmente tiene su novio en Antequera y es hermanaco de los Estudiantes.

No pudieron verla ni hablar por vídeollamada en los últimos días. Fueron a la clínica y solo la vieron con la sábana tapada. “¡Qué triste no poder estar con ella porque cerraron las residencias! Todos queremos a nuestros abuelos, pero es que ella era muy buena, tenía mucha relación y aún creo que voy a encontrármela. ¡Lo contenta que se ponía al venir a vuestra ciudad, las últimas veces en andador, pero no le importaba, porque quizá me veía feliz y eso le llenaba a ella”. No todo serán recuerdos malos.

Otro testimonio, esta vez de una sobrina. “Murió sola porque no podíamos entrar en la residencia. La médica de cabecera nos recomendó que la lleváramos a una residencia donde duró dos semanas. Ella siempre quiso quedarse en su casa, pero el alzheimer le llevó a empeorar su día a día”. Le llamaron de la residencia, “pero no pude ir ni hacer nada. Murió a las 12 de la noche y la enterramos a las 11 de la mañana. Murió sola… ¡con lo que le gustaba la gente! Lo que más me afectó es no poder estar con ella en el final, darle la mano, besarle la frente, que aunque estuviera mal, pudiera sentir el calor de su gente. Sé que la cuidaron y estuvieron con ella en su final, pero no estábamos su familia”.

De nuevo apuntamos que estas páginas están escritas de testimonios en la época del COVID-19, pero muchos de los casos, fueron por otras circunstancias las del final de sus días como el cáncer. “Falleció en el Hospital tras seis meses de lucha. ¡Qué pena que se muera tan joven y con dos niños! Tengo las cenizas en mi casa hasta que se lo lleve su padre a un panteón que tienen en Madrid. Mi hija está destrozada. ¡Qué le diremos a los niños cuando crezcan!”.

 

 

Los pueblos de la Comarca en el Hospital de Antequera en esta pandemia

Antequera ha sido la madre de sus hijos, de los pueblos de la Comarca. “Cuando nos dijeron un sábado que no había nada que hacer, no me lo creía y el martes, tres días después, falleció conmigo”. Al ser otra enfermedad, pudo estar su hija con él: “Yo estuve con él todo el rato, en planta, y a las 8 en punto, me miró, lloró y se murió. Lo pudimos enterrar a las 18 horas”.

Falleció en una residencia. “Tenía alzheimer, le dio un ictus y no pudimos ir a verla, le repitió y no pudimos estar en su final porque nadie podía entrar. Pudimos velarla solo 5 personas, ya era fase 1. Somos mucha la familia, no avisamos a amigos ni primos. Íbamos de cinco en cinco, entrando y saliendo de fuera para adentro. Estuvimos los justos, no pudimos recibir los abrazos de los tuyos, por ella, por todo lo que fue: la mujer que nos unía en las grandes fechas del año, y ahora que se iba, no pudimos reunirnos junto a ella”.

De otro pueblo de la Comarca, comparten que su padre “falleció en casa, se puso peor por su enfermedad, y nos dijeron que no se lo podían llevar al Hospital. El COVID le ha acelerado su adiós porque la asistencia ha sido mejorable, por no decir… los médicos no han venido a casa por las circunstancias. En otros momentos, le hubieran ingresado en el Hospital y puede que siguiéramos teniéndolo. Nos tocó el pico más alto del coronavirus y aunque él estaba en cuidados paliativos, salía para sus paseos, pero no estaba para morirse. Lo del confinamiento, lo de quedarse en casa, lo que no vinieran a verlo, creo que le aceleró su adiós”.

Lo que no se le quita de la cabeza a una hija: “¡Cómo se lo llevaron de casa, de su casa, de donde creció y vivió todo! Vino un furgón y se lo llevaron, nos dejaron cuatro familiares un rato en el velatorio y ya hasta el entierro en el Cementerio. Todo fue muy rápido, el féretro en el coche y ahí el cura le dio la bendición y se acabó”.

Con las cenizas en casa o el cuerpo enterrado, las familias esperan una misa en público, donde poder recibir unos fríos abrazos, besos, pésame que se les negó por fallecer en estos dos meses y medio. “Estamos esperando en que se amplié el aforo al culto. Tenemos las cenizas, de momento en casa de mi hermano. Ya veremos dónde la podemos depositar”.

Están siendo unos días de darle vueltas a la cabeza. “Hemos llorado tanto, tanto, que ya no nos quedan lágrimas. Hay momentos en los que te pones en lugar de los enfermeros y de los de la funeraria. Yo les vi miedo cuando venían vestidos de blanco, con las máscaras… Él no tuvo ningún síntoma. Yo he sido su cuidadora, su enfermera, pero no he podido ser su médica”.

 

Prepararse para la próxima vez: el temido rebrote u otra pandemia

Cuando preguntamos al personal que ha estado en el Hospital de dónde sacaban las fuerzas, nos dicen: “De la sonrisa que me da la persona que viene y no tiene dónde agarrarse. Cuando llegan al Hospital necesitan que se les ayude, y aunque sea darle ánimos, el saberse útil es lo más gratificante”. Por cierto, que el personal que ha arriesgado su vida ante un virus desconocido, tiene un sueldo desde 900 euros, que es el que menos cobra (celadores o auxiliares) hasta una media de 2.300 euros que es lo que percibe un médico con guardias.

Ha sido todo nuevo, “tenías que tomar decisiones sobre el momento, porque aunque hubiera unos protocolos, surgían problemas que tenías que resolver. Cuando la medicina no podía ya actuar, aportabas tu lado humano, eras su familia y tenías que actuar de manera rápida como siempre haces, pero sin poder tener una solución y que el pariente estuviera cerca”, explica un profesional hospitalario.

Sobre la primera batalla, como resumen: “Se esperaba peor en cuanto a número, que iba a ver más ingresos; lo que no nos esperábamos es que fuera tan rápido. Hubo casos que entraban andando a Urgencias y a la hora estaban entubados. Hubo días que no tenías descanso, de entrar uno tras otro”. ¿Y si viniera una segunda crisis?: “Técnicamente sería más fácil porque ya lo tienes todo preparado y sabes lo que te vendría; pero psicológicamente sería muy complicado porque estamos muy tocados de ánimos, de las dos semanas intensas, de estos más de dos meses. Ahora, te despiertas por la noche, le estás dando vueltas al coco, tienes pesadillas, no lo tienes asumido aún. Cuando piensas en ello, parece que ha pasado hace un año, pero es que ha sido hace dos días”.

A la población en general les piden: “Que hay que tomar conciencia de la utilización del uso de los servicios públicos. Es algo para los usuarios y para el sistema. ¿Cómo funciona la Atención Primaria? ¿Y las Urgencias pedidas y prometidas en el centro de la ciudad? Tenemos la mejor sanidad pública del mundo: hay que educarla, adelantarse con investigación, medios y cuidar por el personal, que no se vaya a otras provincias, comunidades o países por las condiciones laborales”.

No ha terminado entonces la pandemia. “Esto no ha acabado, aunque la gente lo crea; nos quedan muchos meses que convivir con él. Así que cuanta más precaución se tenga, más caso se haga a las recomendaciones, mejor para todos. Como cojamos confianza, pues podemos tenerlo de nuevo en dos días, porque este virus con una fiesta, un mal contacto, se propaga rápidamente”.

Saben que los protocolos han sido muy duros, “pero es lo que teníamos que hacer. Sé que se han hecho lo mejor posible; han tenido fallos, sí; y entiendo que se estarán adaptando para cuando se tengan que utilizar otra vez. El problema era que tenías un protocolo, y de la mañana a la tarde te lo cambiaban”.

 

 

La esperanza de que siempre sale el sol… aunque haya despedidas como las de José María Fernández, pero con el homenaje de Cristóbal Toral

Hasta aquí este reportaje que sirve como testimonio de lo que se vivió dentro del Hospital, en los hogares donde falleció mucha gente por otras enfermedades que no eran el coronavirus, pero que como José María Fernández, se fueron en soledad, con apenas cuatro personas en el Cementerio o en el momento de llevarse el cuerpo sin vida, recoger sus cenizas o velarlo a partir de la fase 1.

En otras ediciones hemos compartido noticias cargadas de esperanza como el matrimonio que lo superó unido en la misma habitación; los nacimientos en esta época sin el calor de los padres y familia; las extubaciones de la UCI y pases a planta o ‘¡qué decir del médico que estuvo 62 días en la UCI! Pero en la vida el sol sale y se pone, y esta vez tocaba compartir lo que muchos antequeranos se han preguntado encerrados en sus casas: ¿qué estará pasando dentro del Hospital? Y para las familias, que les quede el recuerdo en forma de homenaje que sus seres queridos se fueron en silencio y seguro que pensando en ellos en sus últimos momentos porque han sido lo mejor que han tenido en su vida: ¡EL AMOR DE LA FAMILIA! ¡Que nos sirva para aprender, para respaldar la sanidad pública, para preparar protocolos futuros de actuación! Pero sobre todo, para llamar, ir a ver a esos abuelos, padres, tíos, hermanos, amigos… porque no sabemos cuándo será la última vez. 

Y, por nuestra parte, SEGUIREMOS APLAUDIENDO y recordando a todos los que han combatido desde el lugar que le ha correspondido vivir estos trágicos días de esta primer batalla del COVID-19. Si empezamos aludiendo al artista José María Fernández, terminamos con una ilustración pintada en estos tiempos por Cristóbal Toral en homenaje a los sanitarios de todo el mundo; que lo dieron todo y estuvieron al lado de quienes se fueron, siguen ingresados y pudieron volver a casa. ¡GRACIAS POR ESTAR AHÍ, pese al riesgo, y hacer todo lo posible por cuidar de ellos, de todos, de nosotros! ¡NUNCA LO OLVIDAREMOS! ¡Siempre estarán presentes aunque se fueran en silencio, pero este recuerdo quedará grabado en nuestra vida PORQUE SIEMPRE SALE EL SOL…!

 

 

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