Los titulares en prensa y medios son eso, fogatas encendidas, alarmistas, que ponen el foco en esto y aquello. El debate dura un chasquido de dedos, como las promesas apresuradas, los arrepentimientos, las reformas prometidas y no cumplidas, en fin nada. Todo se queda en humo. Pero el problema que refleja el informe PISA sigue existiendo y no es pequeño. Estamos fallando en cultura educativa. Se pueden buscar culpables de todo tipo y en este momento las pantallas, la IA son los principales candidatos a malvados. ¿Cómo es posible que tengamos estudiantes y profesores motivados y al mismo tiempo esto conviva con resultados académicos en descenso?
Me duele personalmente que se desplome la lectura, que es la base de todo y por ende la comprensión lectora. Sí, también las matemáticas y las ciencias han caído en picado. Leer, leer, leer, y comprender textos cortos, por cierto se ha normalizado la lectura fragmentada, rápida, superficial, en detrimento de los textos largos tan necesarios para desarrollar muchas habilidades empezando por la atención. La sociedad actual premia la inmediatez, pero la lectura es una herramienta de pensamiento no una tarea escolar más, recuerden esto.
En matemáticas y ciencias ocurre algo similar. No es que los contenidos sean demasiado difíciles; es que la atención sostenida, la tolerancia a la frustración y la capacidad de razonamiento se han debilitado en un ecosistema donde todo debe ser “ameno”, “ligero” y “motivador”. La escuela se ha visto obligada a competir con estímulos que no puede, ni debe imitar. Pero el problema no es solo tecnológico, también es estructural. Cada reforma educativa llega con la promesa de modernizar, simplificar, flexibilizar. Y cada reforma, sin excepción, añade capas de burocracia, dispersión curricular y metodologías que cambian más rápido de lo que los propios docentes pueden asimilar. La educación española vive en reforma permanente, pero en mejora intermitente. Y ahora viene la gran pregunta, ¿en qué tipo de sociedad queremos convertirnos?




