Hace sólo unos días vivíamos con emoción la presentación oficial del primer número de la revista Torcaleros, una publicación cuya dirección he tenido la suerte y la responsabilidad de asumir en este viaje inicial. En sus páginas late una idea tan sencilla como profunda: la del inmenso privilegio que tenemos al habitar a los pies de un paraje natural tan sobrecogedor como el Torcal, pero también el deber moral de promover su conocimiento y preservarlo, sin artificios. Y eso es algo que nunca deberíamos olvidar, ni como ciudadanos, ni como gestores de lo privado o lo público. Las empresas, las franquicias, los cargos o las modas van y vienen, pero tus vecinos se quedan. Conviene no perder esa perspectiva, no sólo por convicción, sino por pura supervivencia cívica y permanencia de la red de afectos que tanto se alteran a la baja cuando se cambia de estatus.
Por eso me impresiona tanto la figura de Juan Jesús Vivas en sus veinticinco años de servicio público en Ceuta. Su valor no reside únicamente en su lucidez para enlazar mandatos o responder estos meses ante problemas de gran envergadura, sino en cómo ha encajado la lección más dura de la vida. Solemos repetir que nadie valora su salud hasta que le llega la enfermedad; él, en plena lucha silenciosa contra un cáncer y una seria cardiopatía, sigue al pie del cañón, demostrando que cuando el cuerpo flaquea, lo único que sostiene a un hombre es la autenticidad de su propósito y la entrega a los que representa.
Y es que las verdaderas batallas nunca son externas; la contienda decisiva siempre se libra por dentro. Desembarcamos en el mundo con un derecho innato a la libertad, pero cargados con una programación biológica vertebrada por el miedo a perder lo que la vida nos va reservando, tanto en valores materiales e inmateriales como en posicionamiento social. Con los años, los reveses y las heridas acumuladas desde la infancia que no sabemos cicatrizar alimentan a lo que se ha venido en llamar el “Yo egoico”: ese lado oscuro, desconfiado y asustado que habita en nosotros y que trabaja a diario para impedir que entreguemos nuestra mejor versión. El ego es hijo de una mente ruidosa y calculadora que busca el aplauso o la autoprotección.
Frente a ese murmullo incesante, se alza serena la voz del corazón, la sede de nuestro Yo heroico. Así lo menciona en su obra Robin Sharma, recordando además en uno de sus pasajes que “el corazón es más sabio que la cabeza”. La verdadera heroicidad no consiste en figurar en escaparates sociales ni en acumular poder, sino en cultivar la fuerza, la imaginación y el amor para mejorar la vida de quienes nos rodean, desde la propia familia hasta la comunidad a la que representamos.
Si aplicamos esa misma máxima tanto a la salud de nuestra tierra como a nuestra propia existencia, la conclusión es clara: pasamos la vida atrapados en urgencias menores, ensordecidos por el ruido, sin darnos cuenta de lo verdaderamente valioso. Por eso empezaba señalando la suerte de tener tan cerca la posibilidad de emplear un poco de nuestro tiempo en algo tan sanador como subir al Torcal, respirar la naturaleza con los nuestros, o enriquecernos con esas conversaciones pausadas junto a amigos que atesoran un bagaje vital increíble.
Y es que para transitar estos maravillosos caminos que nos reserva la vida, siempre parece imprescindible dominar un equilibrio fundamental que Vivas transmite, tal vez hasta sin proponérselo: ser respetuoso pero asertivo, educado pero valiente, civilizado pero exigiendo respeto a los derechos y valores de su ciudad. Sin aspavientos y dominando con sus palabras esa admirada capacidad de aunar todas las voluntades e ideologías en favor de su tierra. He ahí un modelo de liderazgo y de solidez interior: el de quien desde la amabilidad inteligente ha sabido representar la solidez de un pueblo.
Acallar la ruidosa mente para escuchar al corazón es, en el fondo, regresar a nuestras raíces. De esa necesidad de reconectar con lo auténtico nace el impulso de quienes creamos la revista Torcaleros. En sus páginas, como en los senderos de nuestra Sierra, reside un mismo recordatorio: detener el reloj, valorar lo que somos, defender lo que de verdad nos pertenece a todos y recordar que las mejores aportaciones siempre nacen de la nobleza del alma. Aquí también ocurre: Vivas al corazón.




