lunes 17 junio 2024
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Tercer Domingo de Pascua: “Y feliz todo el que, como Pedro, proclame: ¡Señor, tú sabes que te quiero!”

El Resucitado pidió a los discípulos que volvieran a Galilea. Habían vuelto, pero como la presencia de Jesús no era la de antes, tuvieron que volver a hacer lo que siempre habían hecho. 

Pedro dijo: “Voy a pescar”. Y seis le respondieron: “vamos contigo”. Y parece que Pedro, el que había negado al Maestro, comenzaba de nuevo a recobrar la iniciativa.

“Salieron a pescar y aquella noche no cogieron nada”. Salieron a hacer lo que sabían y fracasaron. Por lo que, tras el fracaso volverían desilusionados.

Y entonces, en la oscuridad de la noche, un desconocido les gritó desde la orilla: -¿Muchachos tenéis pescado? 

 La pregunta no podía ser más inoportuna. Y hasta puede que pensaran: ¿Querrá reírse de nosotros? O ¿no podría ser un comprador que nos está esperando? 

Lo cierto es que gritaron: -No-. 

-Echad la red a la derecha y encontraréis-, dijo el desconocido. Y obedecieron. 

Obedecieron a la voz y no tenían fuerzas para sacar la red por la multitud de peces. Y Juan dijo: -¡Es el Señor!

 Pedro miraría con ansias. Se ató la túnica y se echó al mar. 

¡Es el Señor! He aquí el fundamento de la fe. He ahí lo único que puede mover al creyente para saltar al agua y fiarse, saber que es el Señor. Sólo cuando decimos: ¡Señor, tú eres mi Señor! Es cuando comenzamos a ser creyentes.

Llegaron a la orilla y encontraron una fogata encendida, con un pescado puesto encima y pan. Y el Señor resucitado, les ofreció la comida,  y comieron. Después se acercó a Pedro. ¿Que podría decirle? ¿Acaso le iba a echar en cara su traición y negación?

No, pues se dirigió a él por su nombre de nacimiento:    

-Simón, hijo de Juan…

Estaba iniciando una  relación personal. 

-Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Y así por tres veces, como si recordara las negaciones. 

Todo, para preparar el milagro más grande –que no fue la red llena de peces–, sino que la traición cobarde se transformase en una confesión de amor. Hasta tres veces confiesa Pedro su amor a Jesús: “Señor, tú sabes que te quiero”. 

La cobardía y la traición habían deshumanizado a Pedro: le habían hecho ser lo que en el fondo no era; le habían obligado a decir, lo que su corazón no quería decir; por eso, cuando aquella noche se dio cuenta, rompió a llorar lágrimas amargas. Pero ahora, el amor de Jesús, su gracia, le humanizó de nuevo. Junto a una fogata, como cuando Pedro fue a calentarse en aquella otra fogata y traicionó al amigo. Por lo que ahora, el amor de Jesús hizo que Pedro estrenara, sin cuentas atrasadas, su verdadera vida.

En nuestro mundo hay muchas fogatas donde se traiciona a Dios y a los hermanos. Pero hay otras en las que Jesús nos espera para que descubramos nuestro amor primero. En ellas nos ofrece su presencia, su pan y su palabra. Y espera que a ellas nos acerquemos, pues desea que encontremos la alegría del milagro de su misericordia, con el que Él sacia la sed que no se apaga dentro de cada uno.

Feliz, todo el que lo reconozca como Juan, y diga: ¡es el Señor! Y feliz todo el que, como Pedro, proclame: ¡Señor, tú sabes que te quiero!

 

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