martes 16 julio 2024
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Reflexión domingo 21 de mayo: Solemnidad de la Ascensión

Estamos en la recta final de la Pascua. A los cuarenta días de la Resurrección, nos aparece la fiesta de la Ascensión del Señor que hemos escuchado en el relato que da comienzo al libro de los Hechos de los Apóstoles, y que corresponde a la primera lectura del domingo.

Ya lo había dicho el propio Jesucristo: su camino era «de ida y vuelta» al Padre. Y una vez que había cumplido su misión en la tierra, ha estado preparando a sus discípulos para que continuaran con ello, para que continuaran con su anuncio de la Buena Noticia.

Al despedirse de ellos, les pide que sigan juntos hasta la venida del prometido, del Espíritu Santo, que será quien los impulse a anunciar el evangelio desde Jerusalén hasta los confines de la tierra, quien les ayude a cumplir la misión que les encarga desde aquel momento a través de la Iglesia.

Jesús va a ascender, pero no yéndose sino quedándose de otra manera, es una despedida para dejar paso a otros modos de relación que se desvelarán como mucho más profundos e inesperados. Para hacerlo, para seguir unidos al Señor, les dice que bauticen a todos los que se quieren sumar a esta familia en nombre del Dios-Trinidad, como ha hecho la Iglesia desde entonces, contando con esa garantía que nos da de que él, el Señor está con nosotros hasta el final de los tiempos.

Pero no todo fue tan claro e inmediato. También hoy algunos dudan, otros siguen ausentes de esta misión que desborda todo espíritu peregrino. Porque no hay fe verdadera que no camine entre dudas y confianzas ganadas a pasos lentos y esperanzados. Es la única manera de que llegue al corazón de las personas, y desde ahí las transforme en profundidad.

Jesús confió en ese pequeño rebaño que formaban sus apóstoles, y les confió la misión del discipulado, de hacer que todos en este mundo pudieran experimentar que formaban parte de la nueva humanidad.

Aunque no fue tan fácil como puede parecernos. A las afueras de Jerusalén, donde habían estado desde su muerte y resurrección, donde les había dado diversas muestras a sus discípulos de que estaba vivo, es desde donde sube al cielo, donde completa su peregrinar.
Lo ven alzarse al cielo, y tienen que ser dos hombres vestidos de blanco quienes lo saquen de su asombro: galileos que hacéis ahí plantados mirando al cielo.

Despertad y poneos manos a la obra, que hay mucho que hacer, que hay muchos hermanos que evangelizar. Pero, no os olvidéis nunca de que tiene que volver para llevar a su obra a plenitud. Porque Él es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia donde los cristianos vivimos nuestra fe.

Para ello es necesario recordarnos que a Jesús lo encontraremos siempre en cada hermano y en cada acontecimiento. El Señor nos promete su presencia, afirma que siempre estará con nosotros. Y desde ahí nos invita también a nosotros a trabajar en ese anuncio del evangelio, especialmente cuando los más pobres y necesitados son los destinatarios de esa Palabra que nos salva. Esta «es la esperanza a la que se nos llama», es la vivencia de nuestra fe. Desde ahí seguimos caminando y celebrando nuestra fe. Feliz y santo domingo para todos. Que el Señor os bendiga.

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