domingo 14 julio 2024
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El edificio del Pósito. Un antiguo almacén de granos reconvertido en Archivo Histórico

Un profesor no numerario del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Granada nos impartió a un grupo de alumnos en 1976, cuando yo estudiaba la carrera en la Facultad de Filosofía y Letras, un seminario sobre “Nuevos usos para edificios históricos”. Las propuestas concretas que debatimos, que en aquel momento se estaban experimentando en toda Europa occidental, iban desde las ideas más disparatadas hasta otras que pudiéramos considerar como más lógicas, aunque no por ello menos imaginativas. Tengo que reconocer que aquella experiencia me marcó de manera especial y que, además, me ha sido de bastante utilidad a lo largo de los años.

Por ello, siendo ya concejal del Ayuntamiento, cuando la Consejería de Obras Públicas y Transportes de la Junta de Andalucía publicó, en 1991, un interesantísimo estudio titulado “Pósitos, Cillas y Tercias en Andalucía. Catálogo de antiguas edificaciones para el almacenamiento de granos”, con vistas a elaborar un programa de rehabilitación de este tipo de construcciones para usos de ocio, cultura y servicios públicos, comprendí que al viejo y arruinado Pósito de Antequera también le había llegado su hora.

Fue el entonces alcalde Paulino Plata quien tanteó en Sevilla el tema de la rehabilitación del Pósito y la respuesta de la Junta fue totalmente favorable. A lo largo del mismo año 1991 y del siguiente fueron desfilando por Antequera toda una serie de arquitectos –enviados desde la Consejería antes mencionada– para estudiar la posibilidad de acometer el proyecto de restauración del histórico inmueble, pero, cuando veían el estado de ruina en el que se encontraba, como se suele decir, escurrían el bulto. En todos los casos me tocó a mi acompañar a estos arquitectos en la visita al edificio, que en aquel momento ya había sufrido un par de incendios parciales que provocaron el hundimiento total de la techumbre de la gran nave, paralela a la cuesta de Barbacanas. Así que las referidas visitas de inspección al interior del ruinoso monumento –que se abría con una llave enorme de un viejo candado– podríamos calificarlas como aventuras de alto riesgo. Finalmente, el equipo de arquitectos formado por Ricardo Alario López, Sebastián del Pino Cabello y Rafael Salgado Ordoñez aceptaron el difícil reto de acometer el proyecto, que, salvo la sala abovedada llamada ‘Panera’, contemplaba la reconstrucción del inmueble desde los mismos cimientos, si bien llevando a cabo una reconstrucción puntual e inteligente de los distintos espacios y formas originales, que en parte se reinterpretaban en función de los nuevos usos.

 

Algo de historia

Los pósitos como instituciones públicas dependían del poder municipal (las cillas y las tercias tenían carácter eclesiástico y nobiliario) y formaban parte del sistema de control de los mercados cerealistas y de las denominadas ‘rentas del pan’. Sus funciones más destacadas eran las de favorecer los créditos agrícolas, el abastecimiento de la población y, en épocas de escasez y hambrunas, ejercer la beneficencia y contrarrestar las actitudes especulativas de algunos propietarios de tierras o comerciantes de granos.

El edificio del Pósito de Antequera se construyó en el año 1733 siendo corregidor de la ciudad don Juan de Molina y Oviedo. Para la realización de la obra se habían pedido sendos proyectos a los maestro arquitectos Cristóbal García y Andrés Burgueño, optándose por el de este último, si bien la ejecución material corrió a cargo del maestro alarife Tomás de Melgarejo en la cantidad de 22.700 reales. Por causas nunca aclaradas el día 5 de enero de 1765 parte del edificio se desplomó, si bien fue reedificado aquel mismo año. En el lustro siguiente, 1770, se hizo la caja fuerte, construida de grandes sillares de caliza roja de las canteras de El Torcal, para guardar en ella el arca de los caudales del Pósito. Recuerdo ahora como, durante las obras de rehabilitación del inmueble, la antigua llave de la puerta con sólidas llantas de hierro de la caja fuerte fue entregada al Ayuntamiento por la persona que la había custodiado durante años.

La más importante ampliación del edificio, realizada en 1773, consistió en la construcción de la llamada ‘Panera’, un gran espacio de planta rectangular (20 x 11 metros) cubierto con bóveda de medio cañón dividida en ocho tramos mediante siete arcos fajones que descansan sobre pilastras. Pero el elemento que más singulariza este ámbito es la portada, que mira hacia adentro, realizada en sillares de caliza roja del Torcal y de diseño tardo barroco. Se compone de sendas pilastras lisas con orejetas que soportan un arco adintelado, fuerte cornisa y frontón partido, en medio del cual se encaja la lápida mixtilínea con inscripción conmemorativa en la que aparecen, entre otras referencias, el nombre del maestro alarife Martín de Bogas y el del corregidor don Francisco de Milla y de la Peña. Sobre el frontón y en el eje de las pilastras asientan dos remates piramidales rematados en bolas de diseño algo esquemático.

El espacio que completaba la funcionalidad de todo el conjunto era un gran patio de operaciones de carros y bestias para la carga y descarga de sacos de grano, que desapareció cuando a comienzos de los años setenta del siglo pasado se construyó en su solar el actual edifico de Correos.

En el siglo XIX, ya sin desarrollar el uso para el que fue levantado, la propiedad del edifico del Pósito pasó a manos privadas, como tantas otras posesiones del Ayuntamiento, sirviendo durante la guerra civil como improvisado presidio, hasta el punto que las pasadas generaciones conocieron el inmueble como la cárcel vieja. Incluso hubo personas que contaron que la referida caja fuerte sirvió de celda de castigo durante los años de la contienda entre españoles.

En el pleno municipal de 14 de julio de 1980 se acordó adquirir el Pósito en la cantidad casi simbólica de un millón de pesetas a la familia García-Berdoy, propietaria del inmueble que lo había adquirido en pública subasta en 1916. El edificio, que ya estaba en pésimo estado, terminaría de arruinarse en los siguientes años.

 

El uso como Archivo Histórico

Cuando el Ayuntamiento de Antequera solicitó a la Junta de Andalucía la restauración del Pósito todavía no se había decidido qué uso iba a tener el edificio. Se pensó en un anexo del Museo, en un centro de exposición permanente de artesanía o incluso en un museo de cofradías. Pero nada se había concretado. Recuerdo cómo estando reunidos en un pleno municipal, el alcalde me pasó una nota diciéndome que en Sevilla –donde él había estado aquella mañana– le habían comunicado que, sin un uso concreto aprobado por el propio pleno, no podían encargar la redacción del proyecto; y añadía en la nota que antes de terminar la sesión pensara a qué se podía dedicar el edificio restaurado para tomar el acuerdo al final, en el apartado de temas urgentes. Así que me pasé todo el pleno pensando en un posible uso y finalmente se me ocurrió Archivo Histórico. Le pasé otra nota al alcalde apuntándole lo que había pensado y, al final del pleno, se aprobó sin mayor solemnidad que el edificio del antiguo Pósito sería la sede del Archivo Histórico Municipal de Antequera. Ésta es la realidad de los hechos y no cierta milonga, que se ha llegado a escribir, diciendo que los antequeranos llevaban décadas solicitando que el Pósito se convirtiera en Archivo Histórico.

Las obras de reconstrucción del histórico edificio, adjudicadas a la constructora “San José, S.A.”,se iniciaron a comienzos del año 1994, procediéndose a la demolición de todo el conjunto, salvo el espacio de la ‘Panera’ cuya bóveda tabicada de doble rosca tuvo que ser reforzada en su trasdosado. También quedó en pie la portada de arenisca con el escudo de la ciudad de cuesta de Barbacanas, si bien ésta, una vez consolidada como una sola pieza, se retiró de la obra con una grúa para su posterior reubicación en su lugar. Hay que aclarar que, aunque en el proyecto se contemplaba su desmontaje por piezas numeradas, al final se optó por convertirla en un todo solidario para evitar el deterioro de su frágil material de calcarenita.

Personalmente lamenté que no se recuperaran las cuatro grandes mansardas del tejado de la gran nave –dos en cada faldón–, que tenían el sello inequívoco del arquitecto Tomás de Melgarejo, que aparecen en viejas fotografías. Los redactores del proyecto desconocían estas fotos en un primer momento y, por tanto, no las tuvieron en cuenta.

El desarrollo de las obras discurrió sin grandes contratiempos ya que el proyecto de ejecución estaba especificado hasta en el más mínimo detalle, tanto en lo arquitectónico como en las instalaciones e incluso en el mobiliario. En este sentido hay que destacar la funcionalidad de los armarios compactos de la gran nave –pintados de color amarillo en recuerdo del trigo que en el pasado almacenó esta sala– y la elegancia de las estanterías de madera con puertas de cristal de la ‘Panera’.

El día 23 de enero de 1996, en mi condición de alcalde y junto al representante de la empresa constructora “San José S.A”, firmé el documento de entrega al Ayuntamiento de la obra del Pósito. La inauguración oficial, que fue multitudinaria, se llevó a cabo a las 13 horas del día 7 de febrero de aquel año. Asistieron, entre otras muchas personas, diversos representantes de la Junta de Andalucía, como el viceconsejero de Obras Públicas y Transportes Damián Álvarez y los delegados provinciales de las consejerías de Gobernación, Obras Públicas y Cultura; el gobernador civil de la provincia Ángel Fernández Lupión; la mayoría de los concejales del Ayuntamiento; el representante del obispado y deán de la catedral de Málaga Francisco García Mota; los arquitectos autores del proyecto;  y, entre otras personalidades de la cultura, el poeta José Antonio Muñoz Rojas; el catedrático de la Universidad de Málaga Antonio Parejo Barranco; el abogado y escritor Juan Alcaide de la Vega; el historiador Juan Campos Rodríguez; el arquitecto Antonio del Bello Martín y el escultor Jesús Martínez Labrador. Poco tiempo después, el día 21 de marzo, se inauguraba la primera gran Exposición en los sótanos del Pósito bajo el título “Imaginería Pasionista no procesionada”, asistiendo al acto Braulio Medel Cámara, presidente de Unicaja, entidad que había financiado el montaje y el catálogo de la muestra. Después vendrían otras exposiciones igualmente interesantes y con gran asistencia de público.

 

 

Justificación

Por raro que hoy nos pueda parecer, lo cierto es que cuando desde el Ayuntamiento decidimos que el Pósito rehabilitado-reconstruido se convirtiera en Archivo Histórico de la ciudad no todos lo entendieron o quisieron entenderlo. El presupuesto total de la obra ascendió a 195.196.978 millones de pesetas, de los cuales la Junta de Andalucía aportaba 142.473.940 millones y los restantes 52.723.038 el Ayuntamiento. Se dijo entonces –en Antequera y en Málaga– que invertir tanto dinero en levantar un “almacén para papeles viejos” era un tremendo despilfarro y otros argumentos por el estilo. Así que, terminada la obra, optamos por plantearnos que el amplio sótano, con entrada por calle Nájera, hiciera las veces de sala de exposiciones y que el espacio de planta alta –pensado en principio como sala de investigadores– se convirtiera en salón de conferencias, de manera que lo que iba a ser exclusivamente Archivo Histórico terminase haciendo las veces de centro cultural polivalente. Al menos en los primeros años.

Todo este gran esfuerzo inversor, realizado por la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Antequera cuando el siglo XX estaba a punto de concluir, el tiempo se ha encargado de demostrar que mereció la pena. Se transformó una ruina casi irrecuperable en un centro modélico en su clase, siendo hoy considerado como uno de los mejores archivos históricos de Andalucía. Al mismo tiempo se vino a demostrar que los edificios de carácter histórico, al margen de sus valores estéticos, son referentes que marcan nuestra identidad colectiva y nuestra memoria. Forman parte de nosotros mismos, son algo que nos precede en el tiempo y que nos permite mirar hacia el futuro con rotundidad y firmeza. Máxime en un caso como éste, en el que un edifico que tiene su historia particular y concreta ha terminado almacenando toda la historia de una ciudad como Antequera. Porque el pasado –para lo bueno y para lo malo– sigue ostentando la fuerza inmaterial de los fenómenos identitarios.

 

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