A las puertas de las elecciones andaluzas, con los pactos PP y VOX por hacer posible la gobernabilidad en Extremadura y Aragón y con la primavera en curso parece que brota una flor cuando lo que viene persistiendo en España es la vergüenza absoluta que existe para con la vivienda. Para hablar con conocimiento hace falta tener datos. En España el precio de la vivienda se ha multiplicado en la mayoría de los casos hasta por cinco. Así, en 2002 una vivienda digna con dos dormitorios, baño, cocina, salón comedor y garaje se situaba en no más de 54.000 euros; actualmente ese precio no suele bajar de los 280.000 euros. Y los sueldos, ¿cuánto han subido? No serán muchos los casos que se hayan multiplicado por dos. Con esas premisas, el problema de la vivienda se ha convertido en una vergüenza. A los jóvenes salir en busca de vivienda digna que aguante los bolsillos que fueron capaces de ahorrar es toda una odisea… No es que no se aguante, es que los 1.000 euros de alquiler son toda una ganga; de ahí para arriba.
La vivienda en España se ha convertido en un chollo para los que blanquean dinero, para los extranjeros que compran sobre plano y es todo un imposible para los que se afanan en independizarse y formar un hogar. En la década de los 80 y los 90 del pasado siglo XX las nuevas familias –con esfuerzo pero sin enormes sacrificios (por mucho que nos quieran colar una y otra vez de los altos tipos de interés) formadas ya en Universidades unas, y otros en el ámbito laboral desde los 18 años– alcanzaron la vivienda como una cuestión normal al alcance de todos. Sin embargo, la liberalización del suelo a comienzos del tercer milenio daba entrada a una corriente que aún continúa y es el aumento del valor de la vivienda en favor de unos y empobrecimiento de otros.
El aumento constante de los precios tanto en compra como en alquiler ha generado una población española que se ha enriquecido a costa del ladrillo, precios desorbitados que crean insostenibles para los jóvenes y enriquecimiento para los más mayores. La brecha sigue creciendo. En este escenario, ¿quién tiene gónadas para esto? ¿Quién no quiere seguir cobrando hasta 5.000 / 6.000 euros de alquiler por cuatro viviendas para seguir creyéndose rico a costa del ladrillo? Poco esfuerzo acompañado de dinero fácil y fresco.
Y por si fuera poco, la ocupación ilegal de la vivienda con la consentida aprobación de las leyes, la enorme presión del turismo y la multiplicación sin frenos de las viviendas de uso vacacional reducen las posibilidades para los que quieran tener algo que recoge cualquier constitución: el acceso a una vivienda digna en propiedad.
El escenario de las viviendas es difícil; las administraciones, de manera más que urgente deben actuar. ¿Cómo hacerlo? Difícil se les plantea. Estos últimos veinticinco años de prosperidad en el sector servicios pero no en industria y menos en agricultura, han hecho de España y sobre todo del Sur, el escenario para los nuevos burgueses enriquecidos y a los que se les debería poner límites.
Los españoles alejados de los campos más que para acudir de turismo rural y de las actividades agrícolas, dieron paso a esa mano de obra más que barata y explotada a la que hay que cuidar. La regularización de los inmigrantes, no está enfocada a obtener votos, sino más bien a un intento de controlar un posible estallido en la calle. ¡Que sigan siendo explotados de lunes a domingo pero que al menos estén regularizados! ¡La vivienda para ellos ni pensarlo!
El español, no es que ya no aspire al campo, es que –siempre que puede– pone la vista en el plano y en la urbanización de turno para seguir comprando, viviendo y exprimiendo al que no tiene ni para comprar el mango de la puerta. Ya se sabe desde tiempos inmemoriales las sociedades burguesas, los nuevos ricos del siglo XXI demandan mano de obra mientras ellos se pasean por las mismas para seguir haciendo caja. Como les decía, ¡de absoluta vergüenza!




