Queridos hermanos: Con este domingo llegamos al final del tiempo pascual. Antes de su Ascensión al cielo les había pedido el Señor a sus discípulos que se quedaran en Jerusalén, pues desde la casa del Padre les iba a enviar al Espíritu Santo para que les acompañara en su misión de anunciar a todo el mundo su Buena Noticia.
Así acontece, en aquella ciudad en fiestas. Es en la fiesta de las Semanas, a los cincuenta días de la Pascua,donde va a llegar la presencia del Espíritu Santo, del amor de Dios a las vidas de los discípulos. Y si en la misa de la Vigilia escuchábamos que el egoísmo dividía los pueblos en el intento de llegar al cielo construyendo la Torre en Babel, la llegada del Espíritu Santo a la vida de los apóstoles provoca el efecto contrario: todos los que están en Jerusalén se entienden a pesar de sus diversos orígenes, por qué todos hablan el mismo lenguaje, el lenguaje del amor.
Y quienes lo van a llevar a cabo con valentía son aquellos mismos hombres que ante la pasión de su Maestro huyeron asustados para no acabar muriendo en la cruz como Él. Ellos mismos son los que salen ahora a las calles de Jerusalén a anunciar que Cristo ha resucitado, y es que Él es el Mesías que tenía que venir a salvar a su pueblo, a Israel.
Lo hacen siguiendo su mandato tras ser ungidos por el Espíritu Santo, porque recibirlo es acercarnos a la fuente donde podemos saciar nuestra fe, porque todo lo que podamos anunciar y el bien que podamos hacer no son una ocurrencia nuestra ni nacen de nuestra buena voluntad. Solo el Espíritu Santo puede librarnos de la tentación de creernos dioses, cuando lo que debíamos buscar en nuestra vida es ser testigos del amor de Dios, que se derrama en nosotros, buscando inundar nuestra vida.
Incluso en una cuestión tan delicada e importante como es la de perdonar o retener los pecados, como podemos ver en el evangelio. Eso no depende de nuestra personal apreciación de la responsabilidad de los demás (y menos mal). Solo el Espíritu Santo puede mover a los pecadores a su conversión. De él viene el perdón y la docilidad para transformar nuestra vida.
Pero sobre todo, Jesús nos ha comunicado su comunión, ese amor que lo une a Dios y a toda la creación, y quiere que sea nuestro lazo de unión. Nos ha transmitido con su luz esa penetrante capacidad de iluminarlo todo, con profundidad y suavidad al mismo tiempo.
De este modo, nos ha procurado tener intimidad con Dios, para que vivamos según sus inspiraciones, según va derramando su amor de comunión en nuestras vidas. Unidad que no es uniformidad. Es decir, somos diferentes pero somos capaces de caminar juntos y con humildad, aprendiendo siempre unos de otros.
Esa es la base necesaria para la renovación que hoy está pidiendo nuestra Iglesia. Debemos dejar de lado nuestras inercias y nuestras comodidades para convertirla y convertirnos en miembros de una iglesia samaritana y “en salida”, para convertirnos en testigos humildes y valientes de la Buena noticia. El Espíritu nos recrea para que sigamos con la obra recreadora del Espíritu Santo hasta el final de los tiempos, haciendo que la historia de la Humanidad sea cada vez más una historia de salvación a través de nuestras vidas.
Ese es el objetivo del envío misionero que recibieron aquel Pentecostés los discípulos, y hoy, en la eucaristía, recibiremos todos nosotros. Por ello, Señor, te damos gracias porque nos has elegido para continuar tu misión.
Tú sabes que somos débiles y miedosos. Por eso, envíanos tu Espíritu para que nos dé la fuerza para ser siempre y en todo lugar testigos de la verdad y del perdón. ¡Ven Espíritu Santo, dulce huésped de nuestra humanidad, sé siempre consuelo y aliento en nuestro peregrinar! Amén.




