martes 11 agosto 2026
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Absoluto y Relativo

Estos días de campeonato y aniversarios me envía alguien un artículo de Fernando Savater (“Cuando olvidar es pecado”) junto con el reportaje de Jon Sistiaga (“Veinte años de Miguel Ángel Blanco”) y la entrevista de Jordi Évole a Josu Ternera (“No me llame ternera”). Tremendo.

¿Cómo sacarle la punta? Para empezar: Tremendo (de bueno) el entusiasmo futbolero de estos días. A nadie se le ha escapado el hecho de que Luis de la Fuente no ha tenido que lidiar con una tropa de brillantes egos individualistas: Ha conseguido que todos y cada uno de sus muchachos juegue para el equipo. La Selección –esta vez lo más parecido a una familia– era el absoluto, en el sentido de que todo lo demás es relativo a ella. Jugaron con la calma del que tiene la lección bien aprendida.

Tremendo (de horror) el reportaje de Jon Sistiaga, y aún más las declaraciones fuera de toda lógica sana de Josu Ternera a Jordi Évole. La lección de la sangre inocente tardó mucho en calar en la conciencia del pueblo vasco ¿Oyó alguien un “¡No matarás!” unánime de la Iglesia vasca antes que el “¡Basta ya!” de los intelectuales? ¿Quién rompió el silencio cobarde ante la ETA sino el llamado Espíritu de Érmua? Pero hizo falta llegar hasta la náusea colectiva por aquel tiro anunciado en la nuca del pobre Miguel Ángel Blanco. Ya hace veinte años; pero como si fuera ayer es pecado olvidar ciertas cosas. Aquel día el asesinato quedó sin justificación política hasta para en el más fanático. Línea roja a esa basura moral de los daños colaterales; no todo es relativo.

Finalmente, otro aniversario (feliz, a medias): Hace ahora diez años de lo de Estambul. Menga –en su entorno simbólico– llevaba seis mil años inventada, pero hubo que convencer a los señores de UNESCO para que al fin nos dejaran entrar en el catálogo de las maravillas de mundo. Y eso me recuerda aquello que cantaba Antonio Molina en los cines de verano: “Maravillas tiene el mundo/de belleza singular/y cada país se empeña/en lo suyo resaltar” (“Como en España, ni hablar”). Me recuerda –¿quién podría olvidar si es casi pecado?– que hay empeños dignos de mejor causa. Que para qué el museo si no iba a haber nada que musealizar; que un túmulo se basta para “resaltar”, como absoluto que es, por voluntad expresa de sus creadores; lo demás, fuera. Quien viva lo verá.

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