Una Medalla de Plata de la Jarra de Azucenas a Panaderías-Pastelerías Santiago, una empresa familiar convertida en una de las principales referencias locales de la panadería, la pastelería artesanal y la hostelería. Tienen en José Granados e Inmaculada Delgado su origen, quienes han dedicado toda su vida por su familia y su negocio. Hoy, ya jubilados, ven cómo sus hijos y sus yernos siguen con el legado cosechado.
Mientras José elaboraba y repartía personalmente el pan, su esposa preparaba magdalenas, roscos, bollos de aceite, bizcochos y otros dulces tradicionales, además de atender el establecimiento. La empresa fue creciendo progresivamente mediante una apuesta constante por la calidad artesanal, la cercanía con el cliente, la reinversión y la apertura de nuevos establecimientos. En 1996 inauguró su primera tienda propia en la calle Juan Casco, iniciando un modelo que combinaba panadería, pastelería y, posteriormente, cafetería.
Genera actualmente más de 80 empleos directos. Su catálogo conserva productos estrechamente vinculados a la tradición gastronómica local, como el mollete de Antequera, el bienmesabe, los pestiños, los roscos, las magdalenas y diferentes variedades de pan y bollería artesanal.

Toda una vida de sol a sol elaborando productos
Hace 36 años comenzó este negocio familiar profundamente arraigado que ahora enfrenta una transición generacional. Pepe, partiendo de cero y con un historial de trabajo intensivo en diversas panaderías desde los 13 años, construyó la empresa sobre la base de un sacrificio extremo, simbolizado por jornadas de casi 24 horas y una dedicación absoluta a la calidad a través de procesos de larga fermentación y la siempre contribución de su esposa Inmaculada.
Se emocionan al compartir sus inicios, las jornadas de 20 horas diarias de lunes a domingo y la satisfacción de ver cómo su familia acepta el reto de continuar el legado que pone el pan nuestro de cada día y endulza los mejores momentos de nuestra vida, dando el último servicio de cafeterías. “Somos una empresa familiar y ese ADN es tanto nuestra mayor fortaleza como nuestro principal punto de de futuro”, nos comparten emocionados. El reciente reconocimiento municipal de la Jarra de Azucenas de Plata no es sólo un galardón, sino el punto de inflexión que formaliza el paso del testigo a sus hijos, quienes ahora deben preservar la esencia artesanal del negocio mientras lo adaptan a la escala actual.
La cohesión familiar y el compromiso con la calidad que definieron a sus fundadores es el camino marcado. Ellos saben los que es crecer de la nada con el sacrificio cuando desde los 13 años, Pepe fue acumulando experiencia en diversas panaderías de Antequera como la de los Zurita, García Cabello, Manuel Navas y Moreno Ávila. Su aprendizaje fue intensivo y nómada, hasta que culminó con Rico Artacho, tras lo cual tomó la decisión de independizarse. ASí fue el inicio de la Panadería Santiago: elaborando una masa de pan y bollos caseros.
El horario inicial era brutal, comenzando a las 9 de la noche y terminando a las 3 de la tarde del día siguiente para cubrir tanto la producción nocturna como el reparto diurno.
Su esposa, fue crucial, se enfrentó a una adaptación muy dura, trabajando de noche con su marido, atendiendo la tienda de día y criando a sus hijos. “Este sacrificio compartido fue la base del crecimiento inicial”.
La diferenciación clave siempre ha sido la calidad, lograda mediante procesos artesanales. “El pan se elabora con masas madre y largas fermentaciones de 8 a 10 horas”. Este método contrasta directamente con el pan industrializado de competidores, que prioriza la velocidad sobre la calidad. El primer producto icónico que definió la marca tras el pan fueron los bollos caseros de aceite.
Hoy, la estructura ha evolucionado de un negocio de pareja a una empresa familiar extendida. Inicialmente, seis de los siete hermanos del fundador trabajaron con él. Ahora, “la gestión está en manos de la siguiente generación: nuestros tres hijos, mi yerno y mi nuera”.
La expansión del negocio también fue gradual, pasando de ser exclusivamente una panadería a incorporar una línea de confitería. Esto comenzó con la venta de productos de Escalante hasta que luego se formalizó con la creación de un obrador propio, contratando a un pastelero experimentado del añorado “Plata Bar”.
Los fundadores, ya jubilados, dejan como consejo a su familia: “que mantengan la unidad familiar, que siempre se lleven bien los tres hermanos y luchen por el negocio que han heredado”. Este premio fue recibido con sorpresa y humildad, lo dedican “a la familia, a los empleados y, fundamentalmente, a cada cliente que elige nuestros productos diariamente”.
El futuro de la Panadería Santiago reside en la capacidad de la nueva generación para honrar este legado de calidad y sacrificio familiar. Pepe e Inma, un ejemplo de un matrimonio que lo fue en el hogar familiar y en el familiar negocio. Nadie les regaló nada, todo lo consiguieron con mucho, con mucho esfuerzo. Se despiden agradecidos y emocionados por toda una vida trabajando y dedicados a su familia.





