martes 20 febrero 2024
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Algunos de mis recuerdos navideños

¿Dónde? En muchos lugares, aunque empezaré por nuestra querida Antequera y recordaré aquellas Navidades de hace tantos años, cuando yo era niño y aún creía que los Reyes Magos de Oriente, como solía decir mi padre, llegaban en sus camellos cargados de juguetes aquella noche mágica del 5 de enero, en la que me quedaba dormido oyendo en la lejanía los tambores anunciando que se aproximaban los Reyes. Pero hasta ese día había muchos más bellos días de ilusión para disfrutar. ¡Qué grandes días! Todo era bonito en aquellas Navidades antequeranas: hasta el sonido zumbón de la zambomba. ¡Qué bien acompañaba a aquellos villancicos callejeros!

Y luego, a las doce de la noche del día 24 de diciembre, la misa. Alguna vez asistí a esa misa, aunque en mi casa no éramos muy de “Misa del Gallo”: mis padres eran más partidarios de rezar en silencio, sin jolgorio, y si acaso, ir a una de las Misas del día 25 de diciembre. Eran también partidarios de recibir de forma muy recogida al nuevo año… Total 24, 25 y 31 de diciembre, días muy especiales, en espera de la venida de los Reyes Magos de Oriente que venían aproximándose en sus camellos. Y todo, en presencia de mi abuela y el recuerdo de otros que ya se fueron…

Y en París, ¿cómo era la Navidad parisina? Por todos los sitios busqué el recuerdo de la Nochebuena de mi pueblo. Quise entender que en una sociedad laica como la francesa preparaban con más alharacas la noche del 31 de diciembre que la del 24. Así lo comprendí en la Cité Internationale Universitaire, en la que vivía: casi todo el mundo se preparaba para su gran fiesta laica del día 31 de diciembre, sin las doce uvas de la suerte. Bueno, asistí en un par de ocasiones; en efecto, era una fiesta laica en la que había que estar alegre. ¡Qué horror! me dije: alegría porque sí; alegría en “lata” que se abriría a lo largo de la larga noche… no, no eran las Navidades de mi pueblo.

Y seguí rodando por el mundo. Y le tocó esta vez a los Estados Unidos: quise soñar esta vez en Filadelfia con mi Navidad de siempre. Y soñé; esta vez en mi laboratorio del Department of Biological Sciences, de la DREXEL University, como he relatado alguna vez. Solía pasar las horas entrañables de los días 24 y 31 –seis horas de diferencia horaria con Antequera– en mi nueva familia, con Merche, mi mujer, ya gordita y esperando a nuestra hija americana que vino a este mundo en Filadelfia algunos meses más tarde, y nuestro hijo Juan, nacido en París; el resto del tiempo, trabajando en el laboratorio. Quise terminar algo científico que se me había pasado por la cabeza y aquellos días navideños, en la soledad de mi laboratorio, me ayudaron. Fueron unos días navideños muy científicos, pero con música de fondo de Villancicos; los peces en el río, bebiendo sin parar, no dejaron de acompañarme. Tuve tiempo de pasar una Navidad muy antequerana…

He pasado otras Navidades en Boston y Miami, también en los Estados Unidos, y, ¡cómo no, en Madrid! Tratando siempre de sacarle el lado más navideño a estas fiestas, llenas de luces y de cabalgatas poco navideñas. Como le dije en alguna ocasión a unos americanos en Miami: siento mucho que la palabra Navidad (Christmas, en inglés) haya quedado relegada, poco a poco, a un término puramente comercial, con la famosa expresión de After-Christmas Sale (Ventas Post Navideñas, en español). Y añadí: afortunadamente, siguen ustedes conservando la palabra Navidad (Christmas); algo queda… Esta conversación tuvo lugar en un ascensor en Miami, con unos americanos que, unos minutos antes, se habían maravillado de otros símbolos navideños: el famoso candelabro judío de Hannoukah (celebración judía que ilumina el fin de año) que había tomado el lugar del Nacimiento (o Belén) católico, en aquella parte de Miami.Yo me pregunté el porqué de aquel avasallamiento, si había de sobra sitio para los dos símbolos navideños…

Debo una mención para otras Navidades celebradas con mis padres en Barcelona; eran Navidades clásicas en las que nos acordábamos de la venida del Niño Dios a este mundo; mis padres celebraban conscientemente aquellas navidades, como si fueran las últimas; Dios quiso que aquellas ilusiones de todos duraran unos años más. Y vinieron poco a poco las otras Navidades, sin signos navideños; todas las grandes ciudades, siguiendo el ejemplo marcado por Vigo, rivalizaban en luces: era preciso presumir de luces, cuantas más mejor. Y los símbolos navideños, ¿dónde estaban en aquellas cabalgatas navideñas? Recuerdo con horror una de esas cabalgatas madrileñas en las que desfilaban todo tipo de sátiros y zancudos: ni un recuerdo al Niño-Dios. Habría que buscar esos símbolos en otros mundos, en otros países. Y así fue.

Decidí compartir esos días de tan profundo sentido familiar en Centroamérica. Siempre acostumbraba a pasar el 24, día de Nochebuena, en España, y el resto, en algún lugar con “sabor navideño” Y me dirigí a Honduras. Recuerdo el año 2000. Tenía motivos suficientes para, una vez cumplidos con mis deberes familiares en Madrid, desplazarme a acompañar a mis amiguitos –y otros amigos y amigas, más adultos– que luchaban por liberarse del VIH.
Salí de Tegucigalpa una mañana muy temprano; me detuve con mi todoterreno en las cercanías de Comayagua. Y lo encontré: era un Nacimiento de los de antes; todo estaba hecho para llegar a un pesebre en el que los que pasaban se arrodillaban ante aquel niño que no pedía nada a nadie. Pasé un gran rato contemplando aquel Nacimiento, antes de continuar mi camino hacia otros mundos: el VIH de otros niños me esperaba, aunque esta vez llegué más reconfortado al albergue de la Fundación Amor y Vida en San Pedro Sula. Esos otros niños me esperaban con los brazos abiertos; según ellos les traía la Salud y la Alegría. Según yo, parte de esa alegría se las trasladaba de aquel otro niño discreto y callado del Nacimiento de Comayagua.

No acabaron mis vivencias navideñas en esa ciudad hondureña, famosa por ser considerada una de las ciudades más peligrosas del mundo, ciudad del “pecado”, de las bandas violentas llamadas “maras”, y de los asesinatos cometidos con crueldad. Quiero mencionar aquí alguna otra Navidad pasada en la Playa de las Gaviotas, en el Pacífico Hondureño. Allí me refugié huyendo del frío de aquel laboratorio del Picacho en Tegucigalpa. Mi amiga Delmy me prestó su casa, y me ofreció protección de su gente de confianza. Una de aquellas noches noche del 31 de diciembre, la pasé allí, pensando en el Niño-Dios, y esperando la llegada del 1 de enero, para grabar mis pisadas en una playa desierta del Pacífico hondureño.

Y ahora, años más tarde, en el 2023, nos preparamos para pasar la Navidad, una vez más en familia, como nos enseñaron mis padres, abuelos y otros familiares que ya no están. Esta vez será en Miami; allí acudiremos, desde Madrid, Boston y Bogotá la nueva familia, compuesta por los abuelos de ahora –no todos– y por nuestros hijos, hijos políticos y nietos. Y allí trataremos de encontrar el sentido familiar navideño de siempre, acompañado además de los dulces navideños antequeranos. Es seguro que cantaremos en español algún villancico conocido por todos, y es seguro que dedicaremos un recuerdo a los que ya nos han dejado.

La televisión autonómica andaluza está ayudando mucho a rememorar la Navidad “de siempre” estos primeros días de diciembre. En distintos lugares andaluces, resuenan muchos villancicos que conocimos de pequeños.

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