miércoles 19 junio 2024
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¿Podemos aún hablar de una España no vaciada y verde?

Nos han repetido hasta la saciedad lo de la “España vaciada” o “España vacía”, para designar ese vaciamiento que –al parecer– se produce en muchos pueblos y regiones de nuestra patria. El movimiento “Teruel existe”, y su primer diputado Tomás Guitarte, “conquistado” por el PSOE de ahora, han sido el motor principal de esta España vacía, aunque se hayan sumado al término “vacía”, en muchos casos, gentes que no conocen lo que son los pueblos españoles… Me he paseado bien durante mis vacaciones de muchos años por regiones y pueblos en trance de “vaciarse”, y he aprendido mucho de esta supuesta España vaciada, en la que el magisterio del maestro del pueblo –nada de profesor de EGB–, del médico, del farmacéutico (si lo había) y de algún sabio observador, se hacían sentir, y mucho.

Más recientemente se habla y escribe sin parar de la España seca, de esa España que se “muere de sed”, porque no llueve. Y me he ido,los calurosos días del 1 al 4 de mayo del 2023, a ver cómo estaban algunas de “mis” regiones de la España vaciada y de esta España dominada por la sequía; he visitado alguno de “mis” pueblos de Castilla-León, de los que tanto he aprendido, y de Aragón; todos pertenecientes a esa supuesta España vaciada; he ido en mi ruta hacia los Pirineos, para allí visitar con calma varios valles y vigilar su verdor o no verdor. Aquí cuento mi experiencia.

Voy a recordar, en esta ocasión, no más de una decena de pequeños pueblos de la ruta del Serrablo, con pocos habitantes, y sus incomparables iglesias románicas, ejemplo esplendoroso de lo que no debe considerarse como España vaciada. Siguen existiendo esos pequeños pueblos con vida, cercanos a esas iglesias románicas con más de mil años de antigüedad. Están situados en la cuenca alta del río Gállego, y siempre hay “sabios de pueblo” de los que se aprende. Pero esta vez iba a buscar, sobre todo, el verdor pirenaico. ¿Encontraría menos sequía y menos aridez en mis valles de siempre?

El primer valle que he visitado ha sido el del río Aragón; mi paso por el pantano de Arguis, que tiene su presa de contención al pie de Monrepos, en su vertiente sur, fue decepcionante: sequía en un embalse de fondos tristes y feos, con un río de nombre Isuela que no da, en estos momentos, agua para nada ni para nadie… El paso de los túneles de Monrepos y la llegada a su vertiente norte me llevó, tras Sabiñánigo, a un fértil y frondoso valle, cuya vegetación verde me reconfortó. ¿De dónde venía ese espectacular verde, si apenas había unas manchas de nieve en las altas montañas? Las tierras estaban húmedas, y, para llegar hasta aquí, atravesé dos ríos con abundante agua: el Gállego y el Aragón que bajaban de los picos pirenaicos y discurrían alegres por los dos valles.

Encontré más verde si cabe el valle del río Aragón, río que nace allá arriba, cerca de la estación de esquí de Astún, pasa rozando los pies de la estación de Canfranc y se abre paso hasta Jaca… El valle estaba frondoso, casi insultante de verdor; el río Aragón fluía luminoso y cantarín por su cauce: es evidente que no paraba de recibir agua proveniente de la fusión de la nieve en la alta montaña; Collarada, el pico más alto de aquellos parajes lo confirmaba: sólo pequeñas manchas de nieve…

He querido pasar esta vez al valle contiguo y subir por la carretera sinuosa de siempre al lugar en el que se asentaba “señoreándolo” todo, el balneario de Panticosa. Los altos picos que rodean el pequeño valle parecían desafiantes de la sequía que azota estos días a “mi” Andalucía: desde las alturas se precipitaban con orgullo y sin pudor regueros de agua provenientes de la fusión de la nieve: ¡Todo verde! Me decían mis informantes de que este año ha nevado suficientemente, pero a destiempo; las grandes nevadas han caído en momentos no hábiles para los esquiadores. Ahora, las pistas de esquí están huérfanas de nieve; pero la humedad y el verdor están en los valles. Y yo añado: las primeras setas de la temporada –agaricus y marasmus– están aún por llegar… Habrá que estar atento a estos verdes valles.

Es de resaltar un rincón muy poco visitado, y de gran belleza: el viaducto de Cenarbe, cuyo último arco fue colocado en 1916. ¡Qué belleza de construcción, y que vegetación tenía estos días! Tampoco pude dejar de hacer una nueva visita al espectacular edificio de la estación internacional de Canfranc, inaugurada en 1928… Algo habrá que decir de estos dos valles en escritos próximos; quizá habrá llovido ya en “mi” lejana Andalucía.

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