lunes 17 junio 2024
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Domingo 19 de mayo: Pentecostés

El origen de la fiesta de Pentecostés se remonta a tiempos de Jesús, cuando 50 días después de la Resurrección de Cristo, el día de Pentecostés todos los discípulos estaban reunidos y de repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Y aquellos hombres y mujeres cobardes y con miedo, tras recibir la fuerza del Espíritu Santo, salieron como hombres valientes dispuesto a anunciar que Cristo vive en medio de nosotros.

En el Evangelio de este domingo observamos como Juan ha descrito una escena grandiosa. Es el momento culminante de Jesús resucitado. Según el relato, el nacimiento de la Iglesia es una “nueva creación”. Al enviar a sus discípulos, Jesús “sopla su aliento sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo”.

Ante la tentación utilitarista de utilizar a la Iglesia a nuestra conveniencia, pensemos que sin el Espíritu de Jesús, la Iglesia es barro sin vida: una comunidad incapaz de introducir esperanza, consuelo y vida en el mundo. La Iglesia puede hablar palabras sublimes sin comunicar el aliento de Dios a los corazones. Puede hablar con seguridad y firmeza sin afianzar la fe de las personas. Algunos hablan de que la Iglesia ya está caduca o que no se adapta a los tiempos modernos. Son los que por modernistas descartan a la Iglesia como institución útil.

Pero los cristianos con fe sabemos que la Iglesia sin el soplo del Espíritu no puede caminar y al fin y al cabo es la única empresa que ha permanecido por más de 2.000 años. Y la razón de ello es que es guiada por la fuerza del Espíritu Santo. ¿De dónde va a sacar la Iglesia su esperanza sino es del aliento de Jesús? ¿Cómo va defenderse de la muerte sin el Espíritu del Resucitado?.

Esta claramente comprobado que sin el Espíritu creador de Jesús podemos terminar viviendo en una Iglesia que se cierra a toda renovación: no está permitido soñar en grandes novedades. Y hoy escribiendo estos comentarios desde el Sur de Chile, viendo que la Iglesia es golpeada por el secularismo y en consecuencia los seminarios están vacios.

Aquí contemplo numerosas capillas por los campos en donde los campesinos son evangelizados además de por los pocos sacerdotes misioneros, por diáconos permanentes, hombres casados y ministros de la Palabra.

Aquí veo como el Espíritu Santo no deja sola a esta Iglesia chilena en donde hoy son mas los diáconos permanentes casados que los sacerdotes. Y como dejar de pensar en esos más de 12.000 misioneros españoles, sacerdotes, religiosas y laicos expandidos por tantos países pobres. Ciertamente con este frío chileno del Sur uno echa de menos aquel mundo de calefacción y necesidades cubiertas. Pero uno ve que hay otro mundo donde las pobres casas de madera se prenden fuego y la gente ha de sobrevivir en medio del barro y la lluvia. Pero al fin es el Espíritu Santo el que nos mueve como Iglesia de Dios.

Ante esta realidad, uno se emociona y toca con sus manos como el Espíritu Santo mueve a la Iglesia. ¿Cómo no gritar con fuerza: “¡Ven Espíritu Santo!”? Ven a tu Iglesia. Ven a liberarnos del miedo, la mediocridad y la falta de fe en tu fuerza creadora. No hemos de mirar a otros. Hemos de abrir cada uno nuestro propio corazón.

Como señala el teólogo José Antonio Pagola, creo que todos vemos claro que lo que necesita hoy la Iglesia no es solo reformas religiosas y llamadas a la comunión. Necesitamos experimentar en nuestras comunidades cristianas un “nuevo inicio” a partir de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros.

Sólo él ha de ocupar el centro de la Iglesia. Sólo él puede renovar nuestros corazones. Finalmente recordemos que hablar del “Espíritu Santo” es hablar de lo que podemos experimentar de Dios en nosotros. El “Espíritu” es Dios actuando en nuestra vida: la fuerza, la luz el aliento, la paz el consuelo.

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