En aquel lugar no se hacían castillos en el aire y tampoco se empezaban las casas por el tejado. Félix construye maquetas y sueña con ladrillos que quedan reducidos a cartón piedra y no llevaba bolsillos en su chaqueta porque no tenía nada que guardar en ellos y por cierto sólo poseía una americana reversible. Unas veces se la ponía en azul y otras en negro.
Andrés tiene una geografía corporal desagradable, aún así consigue captar clientes que no quieren casas diseñadas por Félix, pero desean conducir un superlujo de segunda clase porque la pasta no llega a primera.
Julieta es alta, guapa, rubia, de piernas kilométricas y manos pulidas y suaves por la parafina. Modelo a tiempo parcial. Labios blancos y ojos gatunos de un verde lentillas de usar y tirar.
El escaparate es acristalado, rectangular y está cansado de exhibiciones y carrocerías planchadas para convencer a los incautos. Tiene sueño, ha sido una madrugada de trajín. La luna de al lado está quebrada por un golpe fallido de tres aficionados delincuentes armados con piedras.
La alarma duerme. Se ha cansado de sonar inútilmente. Roncar es lo suyo y lo hace de maravilla en aquel espacio con olor a motor rancio, a papeles polvorientos y sofás llenos de secretos aceitosos.
Félix agarra la maqueta y se pone la chaqueta en azul. Imprescindible pasar por el concesionario. El Porsche 911 3.8 Carrera lo espera como cada mañana.
Julieta regresa desganada y llena de restos de noche hueca, que se empeña en recordarle los susurros sátiros de los bebedores de últimas copas. Sabe que dormirá unas horas. El único tiempo que tiene para separar realidad y ficción y hacer la colada.
Julieta pasa por delante del escaparate y observa aquel bólido de mirada fija. De repente se da cuenta que puede entrar sin permiso del seboso de Andrés. La puerta está abierta.
Félix saborea la última gota de cafeína. Se detiene y abre sus ojos. Tras el inmenso cristal del escaparate está su Porsche con una rubia apoyada en el capot. La chica acaricia la carrocería plateada y Félix siente como aquellos dedos terminados en laca de uñas roja, lo invitan a entrar. La puerta está abierta.
Julieta sonríe a Félix y él sonríe a Julieta. En un acto reflejo y gemelo saltan al interior del coche y arrancan. Salen a toda pastilla. La puerta está abierta.
Andrés llega tachando un día más en su vida de calendario hortera.
Un robo, víctima de un robo. Andrés tiene odio y quiere gritarlo, pero sólo marca el número de la policía
Una luna rota, la sirena atascada y ni rastro del Porsche. En el suelo una huida de ruedas y una maqueta aplastada de una ciudad con casitas de cuento sin tejados. La puerta está abierta.
El día acaba de empezar.