En el evangelio de hoy se nos dice que, tras la multiplicación de los panes y los peces, “Jesús pide a los apóstoles que embarquen y marchen a la otra orilla mientras él despide a la gente”.
Cayó la noche, Jesús estaba solo y se puso a orar. Llevaba el peso de la muerte reciente del Bautista, su pariente, y se puso a orar.
Ser cristiano es hacer nuestras las palabras y gestos de Jesús, y la oración es una de las constantes de su vida: Él ora en el templo, en mitad de la naturaleza, en las horas de oración y en cualquier momento; ora antes de los acontecimientos y después de ellos, y tras la multiplicación de los panes y despedir a la gente, se queda solo y se pasa la noche en oración.
Todo cristiano lo es, si busca y vive encuentros con el Señor, si se ve afectado por su presencia y su ejemplo, si ora, porque la oración es un camino privilegiado para que crezca nuestra amistad con él.
Mas ocurre que, como nos creemos el centro del universo, la oración ha perdido, para muchos, el sentido. Orar supone descentrarse, descubrir la verdad de nuestra pequeñez, vislumbrar que solo Dios es el sentido y plenitud de nuestro vacío. Y cuando eso se alcanza, la oración fluye, nos sacia, y, desde la más profunda humildad, uno puede decir con María: “Engrandece mi alma al Señor”.
También puede decir alguien que no sabe orar. No olvidemos que lo más importante de la oración es ponernos en la presencia del Señor. Sabernos ante él, tal y como estemos, tal y como nos veamos, aunque sea con nuestra falta de fe a cuestas.
O puede que uno se ponga ante Él como Pedro, que grita desde la barca: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”.
O quizá nos veamos ante Él desde la pequeñez del niño que sólo sabe decir: ¡Abba, Papá! Si sólo nos sale esta oración, repitámosla, repitamos esa increíble palabra que Jesús ha puesto en nuestra boca para que invoquemos a Dios: ¡Padre, Abba!
Quizá, otras veces, tengamos que orar desde el sufrimiento y el dolor, como Jesús en su pasión. O desde la alegría de quien ve en su vida la mano de Dios.
Pero, no olvidemos que, como cada uno ora, no ora nadie. Como tú amas a Dios, nadie lo ama. Sé fiel al camino de tu oración. Si somos fieles a nuestra oración, encontraremos a Dios. Y saborearemos su alegría.
Y, por último, permítanme que recuerde que la más grande oración que podemos presentar a Dios, no sólo como personas, sino como comunidad, como Iglesia, es la Eucaristía.
La misa dominical ha de ser nuestro gran encuentro con el Señor, el encuentro que posibilite todos los demás.
Ojalá ustedes y yo sintamos hoy el leve viento de la presencia de Dios en su palabra y en su pan. Ojalá el amor de Dios, manifestado en Jesús, su Hijo, que viene a nuestro encuentro, porque Dios se deja buscar, lo acojamos como hizo el profeta Elías. Ojalá se nos note en la alegría, que amamos a Dios porque sabemos que él nos ama.




