Tras la multiplicación de los panes, Jesús atraviesa el lago en el que la tempestad pone a prueba la fe de los discípulos; pasa por el territorio de los Gerasenos y marcha al de los paganos, cerca de Tiro y Sidón -hoy en el Líbano-. Y estando allí, una mujer cananea, una pagana, comienza a gritar:
-“¡Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija tiene un demonio muy malo”. Pero Jesús guarda silencio. Primer jarro de agua fría.
La mujer sigue gritando, hasta el punto que los discípulos se preocupan y dicen a Jesús: -“Atiéndela, que viene detrás gritando”. Y Jesús les dice: -“Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”. Segundo jarro de agua fría.
Ante este desplante, no sabemos qué pensaban los discípulos. (Nosotros, ofendidos, habríamos pensado mal de Jesús, pues uno que se hacía pasar por “amigo de los pobres” no atendía a la que lo necesitaba).
Pero la mujer pagana es la antítesis de las personas que se quejan. Ella se agiganta ante cada dificultad. Su constancia ha sido comparada con el salto de altura. El atleta supera una altura, la siguiente cinco centímetros más arriba, y la última parece insuperable.
Pues bien, esta mujer alcanza a Jesús, se postra ante él y le vuelve a decir: “¡Señor, socórreme!”
Y Jesús se detiene y le responde con la más difícil de las alturas: -“No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.
(“Los hijos”, para los judíos, eran los descendientes de Abrahán: ellos; “los perros” eran los paganos: la mujer).
Y he aquí que la mujer ha ido agigantándose ante cada dificultad, y, ahora, ante la máxima altura le contesta: -“Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”.
Y Jesús se relaja. Parece que ha alcanzado lo que andaba buscando. Frente a los discípulos que creyeron ver un fantasma en el lago; frente a Pedro, que andando sobre las aguas dudó; esta mujer pagana acaba de demostrar lo que es la perseverancia en la fe. Y, por eso, Jesús le dice: -“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.
Y Jesús alaba la fe de una pagana, una pionera de la fe, una de las primeras cristianas provenientes del paganismo, una antepasada nuestra.
Qué hubiera sucedido si Jesús la atiende al primer ruego. No habría quedado rastro de su fe. Jesús es el buscador de la fe, de nuestra fe. Y la mujer mostró una fe pura. Y Él la alaba. Por lo que esta mujer se convierte en maestra de nuestra fe, en maestra de la perseverancia en la fe y la oración.
¡Qué gran lección! Esta mujer nos está diciendo que Dios escucha, aun cuando parece que no escucha. Que Dios siempre busca una fe más pura, una fe más grande en Él y en lo que le pedimos.
San Agustín, que admiraba a la cananea, dice de ella: “La mujer cananea pidió, buscó, llamó a la puerta y recibió. Hagamos nosotros lo mismo y también a nosotros se nos abrirá la puerta”.




