Una bonita tradición nos recuerda que hace más de quinientos años, cuando las tropas cristianas que asediaban Málaga atravesaban momentos difíciles y estaban a punto de retirarse, el rey Fernando el Católico, que las capitaneaba, tuvo un sueño en el que la Virgen le daba ánimos. Poco después, la ciudad se rindió y aquella imagen de María quedó para siempre vinculada a la historia de Málaga: el rey regaló una hermosa imagen, bajo la advocación de Santa María de la Victoria, que se custodia en el santuario que lleva su nombre y se pasea entronizada en el corazón de sus hijos e hijas.
Alentados por esta bella historia, os invito a que superemos juntos las dificultades y conflictos que hoy nos asedian y provocan desánimo y confiemos en que siempre hay caminos nuevos cuando nos dejamos acompañar por Dios. Santa María de la Victoria, con su auxilio materno, nos invita, también hoy, a seguir soñando y venciendo en nuestras batallas cotidianas. Pienso especialmente en tres:
La primera batalla es contra la autosuficiencia. Vivimos en una cultura que nos susurra, con la fuerza de las redes sociales, que podemos caminar solos, que no necesitamos de nadie y que tenemos que ser capaces de resolverlo todo por nosotros mismos. Pero, si entramos en nuestro interior, descubrimos que no somos autosuficientes: necesitamos a los demás y necesitamos a Dios. La autosuficiencia nos encierra, nos hace desconfiar y, en ocasiones, nos impide reconocer nuestra propia fragilidad. María, en la escena de la Visitación (cf. Lc 1,39-56) nos enseña otro camino: recibido el anuncio de que sería la Madre del Salvador, no se encierra en sí misma, sino que se pone en camino para ayudar a su prima Isabel, en quien encontrará, al mismo tiempo, comprensión y apoyo. Ante ella, en el Magnificat, la Virgen encinta canta su propia grandeza, reconociendo que todo es obra de Dios: “El Poderoso ha hecho grandes obras por mí”. Aprendamos, también nosotros, a dejarnos acompañar, a pedir ayuda a Dios y a las personas.
La segunda batalla es contra la superficialidad. Estamos rodeados de palabras, imágenes y opiniones. Recibimos continuamente información, pero eso no significa que conozcamos mejor la realidad. Podemos acostumbrarnos a quedarnos en la superficie, a juzgar deprisa, a repetir lo que otros dicen sin comprobarlo y a reaccionar antes de escuchar. La superficialidad nos aleja de la verdad y puede enfrentarnos unos con otros. También nos hace vulnerables ante quienes pretenden manipularnos. Necesitamos aprender de nuevo a pensar, a discernir, a escuchar, a buscar la verdad y a mirar a las personas con respeto. María, en la escena de la Anunciación (cf. Lc 1,26-38), no recibe sin más el anuncio del ángel: “Serás la Madre del Salvador”; sino que pregunta: “¿Y cómo será eso, pues no conozco varón?”. Aceptará la explicación del ángel. Y siempre vivirá la vida desde la profundidad: “Guardaba y meditaba las cosas en su corazón” (Lc 2,19). Compartamos con María esa mirada hacia el interior que da profundidad a nuestra vida.
Y hay que entablar una tercera batalla contra la tentación de ir cada uno por su lado. En nuestra Iglesia diocesana tenemos una riqueza enorme: parroquias, colegios católicos, hermandades, asociaciones, movimientos, vida consagrada, iniciativas sociales, realidades misioneras y tantos hombres y mujeres que entregan generosamente su tiempo, sus capacidades y su vida. Pero necesitamos crecer en estima mutua: superar recelos y protagonismos, y derribar esas pequeñas fronteras que, a veces, terminan separándonos. Lo que hace una parroquia puede enriquecer a otra; lo que aporta un colegio puede fortalecer a una comunidad; las hermandades y asociaciones pueden hacer más fecunda su labor evangelizadora cuando se abren a nuevos caminos de colaboración. No se trata de hacer todos lo mismo, sino de poner en común los dones que cada uno ha recibido para que den fruto al servicio de todos.
Esta batalla no se libra solo dentro de la Iglesia. También nuestra sociedad tiene ante sí grandes desafíos, y en muchos de ellos nos jugamos el futuro: una educación que forme personas y no solo profesionales; una vivienda digna al alcance de los jóvenes y de las familias; un verdadero apoyo a la familia, donde aprendemos a querer, a cuidarnos y a convivir; la atención a tantos mayores que pasan solos buena parte del día; la acogida de quienes llegan a nuestra tierra buscando lo mismo que cualquiera de nosotros buscaría: una vida digna y un futuro para los suyos.
Ninguno de estos desafíos puede resolverse desde una sola orilla. También en nuestra sociedad necesitamos superar desconfianzas y vencer una polarización que, con demasiada frecuencia, presenta a unos como santos sin tacha y a otros como delincuentes sin remedio. Frente a esta lógica de enfrentamiento, necesitamos recuperar la capacidad de encontrarnos, de escucharnos y de colaborar más allá de ideologías, credos y culturas. Hay problemas que solo podremos afrontar si somos capaces de buscar juntos el bien común. Porque solo juntos podremos construir una sociedad más humana y más fraterna.
Fijémonos en María. En las bodas de Caná supo detenerse ante lo que faltaba: «No tienen vino». Su mirada atenta fue capaz de descubrir una necesidad que otros quizá no habían percibido. Y María no se quedó contemplando el problema: confió, habló y puso en marcha a quienes la rodeaban.
Que Santa María de la Victoria acompañe a Málaga y Melilla, nos ayude a soñar un futuro mejor, a vencer en estas batallas, a caminar unidos y a construir una tierra más justa y habitable.
Recibid un saludo muy cordial.
José Antonio Satué Huerto
Obispo de Málaga




