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Evangelio del 13 de septiembre: Perdonar sin razones

Ya la semana pasada se tocaba el tema de la corrección fraterna. Se ve que no todo era de color de rosa en las primeras comunidades. Hoy se insiste en el perdón, y un perdón sin límites. El de hoy es uno de esos Evangelios con los que todos podemos, en principio, estar de acuerdo, pero que nos cuesta llevar a la práctica. Porque lo que más nos sale es lo contrario, el recordar las ofensas, y no perdonar sin condiciones: ¿Es el perdón una actitud de gente débil? ¿Tengo que ser tonto para ser bueno? ¿No hay momentos en los que uno, incluso teniendo la mejor voluntad, decimos Esto es demasiado?

Basta con recordar, por ejemplo, la fecha del 11 de septiembre, aquel atentado terrorista en Estados Unidos. Lo más normal es vengarse cuando uno puede, o al menos, guardar el rencor hasta mejor momento. La venganza es el placer del ofendido y el odio rencoroso. La cólera oscurece el alma, el espíritu: por ese motivo hay que cortar de raíz los pensamientos de cólera; no abandonarse a ellos.
Para recordarnos hacia dónde tenemos que tender, el evangelio nos invita a contemplar la actitud de Dios para con el pecador. El reconocimiento de ese Dios misericordioso debe crear en nosotros un corazón semejante al suyo. Porque lo que demuestra fortaleza y grandeza de espíritu, madurez humana y cristiana, no es vengarse, sino perdonar, y romper la espiral de odio y de violencia con el amor reconciliador. Para sentirnos amados, necesitamos experimentar el perdón. Y gracias al ejemplo de Cristo, perdonar es siempre posible para el cristiano. Por lo menos, sabemos que es posible, y que debemos tender hacia ello.

La comunidad cristiana tiene que ser un lugar de perdón, empezando por ella misma. El perdón fraterno es una tarea que, día a día, tenemos que llevar a cabo. Ahí estuvo el problema del siervo que no supo perdonar, igual que le habían perdonado a él.
La pregunta de Pedro en el Evangelio quizá también nosotros nos la hayamos hecho: ¿cuáles son los límites del perdón ante la ofensa? Yendo más allá que los rabinos de la época, que determinaban que el perdón podía extenderse a tres o cuatro casos, Pedro propone para las ofensas la cifra de siete veces.

Jesús va aún más allá. Ante la pregunta de Pedro sobre el perdón, Jesús responde con una parábola que contrasta la misericordia recibida con la dureza del corazón humano. El siervo perdonado se muestra incapaz de perdonar a su semejante, revelando una profunda incoherencia que contradice el amor de Dios. El evangelista enseña que la experiencia del perdón divino debe traducirse en obras concretas, invitándonos a perdonar sin medida al reconocer que la reconciliación es el camino necesario para vivir en comunión.
La parábola ayuda a pensar en la desproporción entre lo perdonado y lo que hay que perdonar. Recordemos que es mucho más grande el perdón que de Dios recibimos que el que nosotros damos al hermano. Por eso es preciso tener presente que se es objeto de la misericordia divina para aprender a perdonar al hermano.

Finalmente hemos de destacar que los cristianos que seguimos a Cristo perdonamos sin razones suficientes. Si para perdonar hubiera que tener razones, también habría que tenerlas para creer. Si perdonamos es porque no tenemos razones. Las razones del perdón suprimen la razón de ser del perdón. No hay derecho al perdón. No hay derecho a la gracia. El perdón es gratuito, como el amor. Setenta veces siete. Siempre. Perdona.

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