Comienzo a escribir el comentario del evangelio de este domingo desde Lima en Perú con mi pensamiento y oración por las muertes inocentes y las víctimas del trágico accidente del tren AVE. También pensando en la difícil situación social y política de España en donde hemos de elegir, como nos señala la Doctrina Social de la Iglesia, a los verdaderos y coherentes gobernantes que busquen realmente el bien común del país, lejos de intereses particulares y económicos que ciertamente llevan a la corrupción. Y por otra parte confieso también que está en mi pensamiento unir la enseñanza del Evangelio de este domingo a la visita del Papa León XIV que dentro de tres días llegará a Perú.
Como todos sabemos, el Papa León XIV nacido en Estados Unidos es de nacionalidad peruana. Él llegó a Perú como misionero el año 1986, dos años después de mi llegada a este gran país latinoamericano, lugar de misión, hace 42 años. El entonces, fraile agustino, el padre Prevost con apenas 29 años fue de misionero a Chulucanas y allá a pie o a lomos de mula fue evangelizando a los más pobres. Hoy, todo el Perú se prepara a recibir al que fue un gran misionero y obispo de Chiclayo. Hemos de reconocer que sus enseñanzas y magisterio como Vicario de Cristo en la tierra, están marcadas desde su experiencia de misionero entre los más pobres y marginados de Perú.
Uniéndome al sentir y alegría del pueblo peruano que espera con fe y mucho amor al que fue su gran misionero, pastor y obispo, les comento que en el Evangelio de este domingo escuchamos una de las últimas enseñanzas de Jesús. Es una parábola acerca del fin de los tiempos y el juicio final. El Mesías aparece en ella como el novio al que esperan las amigas de la novia para acompañarlo al enlace matrimonial. La parábola nos invita a esperar la segunda venida del Señor con la misma alegría con la que se desea la celebración de una boda. El juicio, así pues, no debe ser aguardado con temor, sino con amor. El que viene no es un juez mal encarado, sino un novio apuesto que suscita una alegría inmensa. Por ello, la Iglesia es evocada aquí como el conjunto de amigos y amigas del Esposo divino que aguardan con ansia su venida gloriosa.
Sin embargo, en la parábola no basta con conocer al novio y aguardar su venida. Lo que importa no es solo el deseo, sino también las obras. No basta pertenecer a la comunidad, hay que tener aceite de sobra, esto es, vivir según el evangelio. Por ello, los que esperan al novio —como las diez vírgenes— deben «vigilar». La vigilancia sugiere sensatez, vivir de forma acorde con la voluntad del Padre, tener el aceite de las obras abundante.
Podríamos decir que Jesús propone en la parábola dos actitudes en la vida. Sabiduría responsable o necedad y negligencia irresponsable. Tener claro el fin y poner adecuadamente los medios o perder el fin por no haberse dispuesto adecuadamente. Al final ya de este año litúrgico, creo que conviene meditar en cual actitud estamos personalmente ante el don de la salvación que el Señor ofrece. Ciertamente el esposo llegará para ser acompañado al banquete. Preguntémonos: ¿hay aceite en nuestras lámparas?; ¿existe el aceite de la fe que obra por la caridad y aviva la esperanza?
En conclusión, vigilancia, sabiduría y esperanza son las claves del evangelio de este domingo. La Palabra de Dios exalta la sabiduría y la sensatez para discernir y estar vigilantes ante el paso continuo de Dios por nuestra vida.




