El teatro romano de Singilia Barba (Antequera), tras una pequeña cata, ya apunta maneras. Va a ser del tipo de Regina (Badajoz) o Acinipo (Ronda). Pero mientras otros han sido maltratados por el tiempo, el nuestro –en una pronunciada ladera–, quedó enterrado vivo y eso lo salvó. Menos las tres hiladas superiores,cuyos sillares fueron reutilizados, dicen, en la iglesia antequerana de San Juan de Dios, el resto del graderío debería haberse conservado. Y así ha sido: “Yo tenía razón”, dice con justo orgullo el arqueólogo municipal Manuel Romero, para enseguida corregirse: “Ya lo dijo antes el profesor Rafael Atencia” (UMA).
Pues bien, esa pequeña cata confirma la verdad de vuestra predicción: ambos teníais razón, en el sentido habitual de “verdad”, entendida como perfecto OK entre afirmación y realidad. Pero no se trata de acierto; ahí hay mucho más y tú, señor arqueólogo municipal, lo sabes: La prueba es que, cuando alguien se frota las manos diciendo que, a medio plazo (ya les vale, después de treinta y cinco años), se incorporará un nuevo chollo al negocio turístico antequerano, tú le paras los pies: ¡se trata de Roma! La Roma de tu especialidad, la de Acilia Plecusa o la adorable Venus de Antikaria y decenas de hallazgos; la de la Villa de la Estación, que es como si conocieras al señorito (Dominus), con sus envíos de aceite, sus termas y sus tardes en el teatro ¿qué quiere decir Roma?
De modo que no se trata sólo de desenterrar –eso lo hace más rápido el expoliador– sino de hacerlo con el pudor que exige el trato con la bella durmiente, que se despierta a besos. La verdad de la que te hablo, permíteme, nada tiene que ver ya con el acertado afirmar del especialista, sino con el ser de lo que –estando oculto–,sale ahora a la luz con toda su sencilla honradez: “Mira, un alfiler de pelo”, exclama alguien a un cuarto de hora de recoger los bártulos, acabada la campañita. Allí estuvo sentada –imagina– una tal Cintia con su gracioso flequillo (“fue ella la primera” canta Sexto Propercio), pero no una matrona digna como nuestra Acilia, que ocuparía el graderío bajo.
El caso es que si tu trabajo resulta apasionante no es por lo que tiene de juego detectivesco, que también; sino por la oportunidad dada a las cosas mismas de aparecer sin velo. Les echas una mano, nunca mejor dicho, para des-velar su ser, en el sentido más noble y antiguo en que la “verdad” fue entendida por los griegos: “a-létheia” (sin-velo) ¿Cuánto habrá a la espera de hacer su acto de presencia?





