viernes 14 junio 2024
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El accidente mortal del avión militar en 1950 en El Torcal de Antequera

Aquel 26 de diciembre del año 1950, era una mañana fría y de nubes grises que amenazaban tormenta. En definitiva una mañana más, en la Antequera que intentaba caminar, después de una terrible guerra entre hermanos y una más cruel posguerra. Nadie suponía que aquella mañana el horror y la desgracia, se harían presentes de forma atroz y brusca en nuestra ciudad.

 Nuestra Sierra del Torcal se encontraba oculta entre un manto de espesa niebla invernal, que no dejaba ver sus cumbres calizas. Mientras tanto en la ladera de la Sierra, un grupo de operarios municipales trabajan en el Nacimiento de la Magdalena, ajenos al horror que estaban a punto de presenciar… Un poco más arriba, en la cancha de “Piedras Rodadas”, unos ganaderos se resguardaban del frío, al calor de una hoguera y cerca de ellos un cabrerillo que se encontraba careando con su rebaño.

De entre aquellas nubes grises, el rugido de unos grandes motores se hizo presente anunciando la tragedia, el estruendo dio paso a la figura de un gran avión, dejando a todos sin palabras. Aquel bombardero del ejército español intento hacer una maniobra a la desesperada, intentando recuperar altura, pero ya era demasiado tarde… El grito desgarrador del teniente y piloto del aparato, don Gonzalo Torres Pérez, en el momento en que se lanzaba en paracaídas, hizo estremecerse a todos, seguidamente el Saboya que pilotaba se precipitaba de forma violenta contra las rocas de la Sierra del Torcal.

El accidente se produjo en la “Cancha de Piedras Rodadas” entre las fincas de Machuca y Curro Rama, en la que hoy en día llamamos la Sierra de Chimeneas y en su punto más elevado conocido como “Torre Seca” antes de llegar al “Camorro Alto”.

Una de las primeras personas en acudir, fue el cabrerillo Manuel Cortés. El cual se encontraba a unos escasos doscientos metros del fatal accidente. “Las cabras salieron espantadas, una para cada lado… yo no podía creer lo que estaba pasando Miguel Ángel”. Con la voz temblorosa y los ojos húmedos por la emoción del recuerdo, Manuel, de 82 años me contaba lo ocurrido hace 70 años atrás. “Lo que más me impresionó y todavía lo tengo grabado a fuego, fue el momento en el que encontré una bota militar con parte de la pierna amputada, de unos de los tripulantes”. Tras este testimonio, Manuel me miró a los ojos con una mueca de dolor y sentimiento indescriptibles, sus ojos se humedecieron y entonces pude comprender que aquel recuerdo jamás se le olvidaría a Manuel y lo llevaría consigo hasta el final de sus días.

 

 

Los primeros en acudir a socorrer a las víctimas del fatal accidente, fueron los operarios municipales de la Magdalena y los ganaderos que estaban en la zona. Al llegar al punto del accidente, encontraron una escena dantesca, cuerpos mutilados horriblemente y carbonizados por las llamas del aparato. Al teniente Gonzalo Torres Pérez, piloto del avión, lo encontraron con vida, pero muy mal herido, con gran parte de su cuerpo quemado… Se vivieron momentos verdaderamente dramáticos, ya que el teniente agonizante sacó su arma reglamentaria y pistola en mano, descargó su cargador contra las personas que acudían a socorrerlo. Por fortuna ningún disparo hizo blanco, pero sí logro que el pánico y el desconcierto se expandiera entre los presentes. 

Llegados a este punto tenemos que recordar, que en la Sierra del Torcal existía un gran número de “maquis” o guerrilleros, que después de la Guerra Civil española y durante varias décadas, siguieron realizando acciones de guerrilla contra las autoridades locales… pero ésa es otra historia. El piloto era consciente que en la Sierra del Torcal los “maquis” se habían hecho fuertes y muy posiblemente éste fue el detonante para disparar.

Los tres motores del bombardero se encontraban dispersos por la zona, llegando uno de ellos cerca del cortijo de Las Ánimas. Para que los lectores se hagan una idea, a más de dos kilómetros del punto de impacto del avión.

Pedro Casaus, dueño de la finca de Machuca, se persona en el lugar del accidente y al contemplar el caos reinante, entrega su caballo al guarda de la finca para que de aviso en el Cuartel de la Guardia Civil. En un principio se piensa que el avión podía ser de pasajeros y se teme que en el interior del fuselaje todavía en llamas, se encuentren más víctimas.

En 1950 el número de aviones que sobrevolaban la ciudad de Antequera era muy escaso y distanciado en el tiempo, a exención del avión de Correos modelo “Bristol 170” o popularmente conocido como la “Pava” por su gran envergadura y su poca velocidad, el cual hacía el trayecto Málaga-Sevilla.

Cuando el guarda de la finca aparece en el Cuartel de la Guardia Civil y da cuenta de lo sucedido, los guardias no dan crédito y se temen el peor de los escenarios. Las autoridades locales, encabezadas por el alcalde Francisco Ruiz Ortega, organizan una columna de rescate, compuesta por guardias civiles, operarios municipales, obreros y jornaleros de las fincas limítrofes al accidente. En el Hospital se organiza un servicio de Socorro para recibir a los posibles heridos del accidente aéreo.

El lugar del accidente es una zona escarpada, sin veredas y con un tránsito muy dificultoso. Cuando por fin llega la columna de rescate, las autoridades confirman que es un avión militar y no de pasajeros. El juez municipal Eugenio Vida ordena el levantamiento de los cadáveres y la recogida de enseres personales de las víctimas. Una labor que se hace tremendamente penosa, como me expone María Teresa Melero García del cortijo de Las Ánimas: “Por aquel entonces, nosotros vivíamos en la Venta de Antequera, en la Ribera de los Molinos (carretera del Nacimiento de la Villa), yo era chica, yo tendría unos 6 años, cuando llegó mi padre  contando lo que allí había sucedido. Venía con mucho mal rato, llorando y en sus manos traía unas cuerdas llenas de sangre, de los paracaídas…”.

 

Mari también me comparte, como estando su padre y sus tíos en el cortijo “Juan Rama”, propiedad de sus abuelos, son reclamados por la Guardia Civil para ayudar en la recogida de los cuerpos. ”Mi padre y mis tíos llevaron un “angarillón” (apero para la carga de las bestias) con el cual sacaron los cuerpos hasta las Escarihuelas… Al cortijo llegaron llorando del mal rato que habían pasado, porque  mis tíos, mi padre, vieron lo que allí había, que había brazos cortados, piernas, cuerpos quemados…”.

Mari también me dice cómo su abuelo encuentra un brazo apuntando, con un anillo de oro y en el cual se podía leer un nombre de mujer…Testimonios escalofriantes que he podido recoger después de 70 años del accidente.

Al final de aquel trágico día, los hechos empiezan aclararse y desde el aeródromo militar de Armilla en Granada, a última hora de la tarde se presenta la autoridad militar junto a varias ambulancias militares para llevarse los cuerpos. El avión militar, un bombardero Saboya, realizaba el trayecto desde Granada a Sevilla y Sevilla a Granada. Los tripulantes en un principio parece ser que son cinco militares, pero al final y con mucha controversia se quedan en cuatro. De hecho, periódicos locales de Granada en los días posteriores siguen hablando de cinco tripulantes y no cuatro. Sea lo que fuere, al día siguiente se enterraron a los cuatro militares y en ningún periódico se volvió a dar noticia alguna sobre el accidente. 

Tenemos que recordar que en 1950 vivíamos en plena Dictadura y la pérdida de un bombardero fuera del rumbo predeterminado, era una propaganda nefasta para el Ejército Español. ¿Pero por qué se desvió tanto el avión? ¿Si su trayecto era Sevilla-Granada, por qué sobrevolaba El Torcal de Antequera? Como mucho podría haber pasado por la Vega Antequerana dirección Granada y poco más…

La otra historia del avión militar del Torcal

Cerca de la Cancha de Piedras Rodadas (lugar del accidente) existía una pequeña choza, una casa humilde construida en piedra seca y que todavía hoy podemos ver sus ruinas… En esta casa vivía una familia, la cual se dedicaba al carboneo y la recogida de leña. El día después del accidente, una columna de camiones militares, llegan hasta la zona para recoger los restos del desastre, pero los militares, según me dicen las familias de las fincas cercanas, se empeñan sólo en llevarse los grandes motores del trimotor y las partes del fuselaje más importantes para ellos, dejando restos esparcidos por toda la ladera del Torcal.

En los días y semanas siguientes al accidente, la zona se convierte en un verdadero peregrinar de curiosos. Entre ellos el padre de familia de la casilla cercana al lugar del siniestro, según algunos vecinos, parece ser que este señor encuentra algo de valor entre los restos del avión, unos me dicen que fueron unas piezas de oro, otros que fueron dinero y algún tipo de armas que llevara el bombardero. Estos hechos son muy difíciles de demostrar, pero no seré yo el que ponga en duda la palabra de estas familias humildes y honestas que me comparten esta historia y más llegando hasta mí, por dos fuentes distintas y sin preguntar. 

Lo que es un hecho demostrable, es que dicha familia montó en Antequera un establecimiento comercial y mejoraría su vida en esa época. No puedo decir el nombre por razones obvias, pero que la familia encontró algo de valor y mejoraron notablemente su nivel de vida es un hecho según me exponen los vecinos.

Entre los tripulantes del avión se encontraba el radiotelegrafista Manuel Suárez, que ese fin de semana contraía matrimonio. Después de hablar con varias personas que hicieron la mili en el Campamento Benítez en Málaga, me dicen que este cuartel era un punto de “contrabando y estraperlo oficial” en aquellos años, aprovechando sus intercambios de personal y material con Ceuta y Melilla. Lo que hace muy probable que la tripulación del avión se pudiera desviar a propósito para realizar algún tipo de encargo para la boda, dando fuerza a esta hipótesis, que es una suposición mía.

No quiero concluir este artículo sin nombrar a Lorenzo “El Caqui”, uno de los últimos lugareños del Torcal y que a sus 88 años sigue viviendo en la Sierra.  En una de mis visitas al Cortijo del Colmenarejo, Lorenzo me compartió está historia y como él, fue testigo del accidente cuando guardaba unas vacas en la Sierra.

 

 

 Desde que Lorenzo me puso sobre la pista del accidente hace más de dos años, en mis ratos libres intenté sacar información y os tengo que decir que ha sido toda una odisea. No tenía fecha de partida, no existía ni un sólo expediente sobre el accidente, pero al final poco a poco y tirando del hilo y realizando multitud de entrevistas, he podido sacar a la luz, este pedacito de historia de nuestra ciudad. Una historia luctuosa, pero llena de intrigas y preguntas sin respuestas… La historia del avión del Torcal.

Contaros que el modelo de avión estrellado, era un gran avión para aquella época. Los Saboya eran aviones de fabricación italiana y que durante la Segunda Guerra Mundial demostraron su valía como bombarderos en primera línea de fuego, su apodo era “el maldito jorobado” por su ametralladora situada en la parte superior del fuselaje. Después de la Guerra, estos aviones siguieron formando parte de la aviación militar de muchos países y en otros fueron adaptados para la aviación civil.

A modo de curiosidad, la parte de la Sierra donde se estrelló el avión, la piedra caliza quedó manchada para siempre, por las altas temperaturas que llegaron a producirse a consecuencia del accidente y unos años más tarde se colocó una Cruz en memoria de los fallecidos.

En las entrevistas para realizar este artículo y el vídeo para mi canal de YouTube, una de las familias me contó, que en el momento que la columna de camiones militares volvían después de recoger los motores accidentados del avión, a uno de los vehículos se le cayó un tapacubos de una de las ruedas, el cual estaba guardado en un granero. Cuando me llevaron a verlo, les pregunté que por qué después de más de 70 años lo seguían guardando y su respuesta muy sería y contundente “por si vienen a recogerlo”. Me hizo reflexionar sobre el “miedo ancestral” que todavía hoy en día, algunas generaciones le tienen al franquismo. 

Ni contaros que la respuesta fue un no cuando pedí fotografiar aquel pobre tapacubos con el antiguo emblema del ejército español.

Por último deciros que todavía hoy, si visitáis la zona del accidente, siempre con mucho cuidado y acompañados, podéis encontrar restos del avión del Torcal. Los cuatro tripulantes del bombardero militar se encuentran enterrados en el Cementerio de Granada, en nichos individuales del Patio de Santiago (zona de los Caídos), el 27 de diciembre de 1950.

 

Todos los nichos fueron donados por el Ayuntamiento de Granada. En los libros del cementerio, los enterramientos están anotados con el código “accidente aéreo del ejército del aire”:

“Teniente piloto, D. Gonzalo Torres Pérez, inhumado en el nicho N° 128 de la sección Tercera del patio de Santiago”.

“Cabo Primero Mecánico, Don Pedro Martin Foly (en la noticia de prensa el segundo apellido indica Ferrana) está inhumado en el nicho N°5 de la sección Segunda del patio de Santiago”.

“Cabo Segundo Radiotelegrafista D. Manuel Suárez Izquierdo inhumado en el nicho N°4 de la sección Segunda del patio de Santiago”.

“El Teletipista, Don Manuel del Pino Luna, inhumado en el nicho N°6 de la sección Segunda del patio de Santiago”.

Desde esta sección de Antequera Oculta, seguirá desvelando historias olvidadas, historias que nadie nos contó, pero que siguen ahí, guardando celosamente los secretos de esa otra Antequera…

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