viernes 14 junio 2024
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Lorenzo ‘El Caqui’, el ermitaño de El Torcal de Antequera

Aquella mañana andaba buscando nacimientos de agua en la sierra del Torcal, un nuevo proyecto que me tenía atrapado. Un proyecto al cual le dediqué más de año y medio, pero que ya estaba llegando a su fin. 

Durante aquel período de tiempo registré los antiguos nacimientos de agua del Torcal,  nacimientos como el del Higuerón, el de Chimeneas o pilas como la de fuente Teja, el Espinazo… Más de una treintena de nacimientos de agua recopilados en un vídeo que publiqué en mi canal de YouTube “Antequera Oculta”. 

Esta labor me llevó hasta la zona del Colmenarejo, donde algunos pastores me habían indicado que encontraría uno de los poquísimos pozos que todavía hoy se conservan, excavados en la caliza torcaleña. Recuerdo que era una mañana fría y heladera del mes de enero, de hace ya unos años… los pasos me llevaron hasta una humilde casa incrustada literalmente en las piedras calizas del Torcal. Mi presencia hizo poner en alerta a los perros que guardaban aquellas tierras y sus ladridos incansables avisaron al dueño de la humilde vivienda. El pestillo de la antigua puerta chirrió, haciendo callar de inmediato a los perros y en el umbral de la casa apareció la figura anciana de un gran hombre.

Ésta es la historia de Lorenzo “El Caqui”, el ermitaño del Torcal. Alzó la mano y con una sonrisa dibujada en su rostro arrugado por los avatares de la vida, me dijo: “¡Hola, amigo! ¿En qué te puedo ayudar?”. Su mirada, su voz, sus gestos… trasmitían bondad y decencia, palabras mayores para los tiempos que corren.

Su aspecto era el de un señor al que la vida no lo había tratado bien. Le tocó vivir en una época dura donde se trabaja de sol a sol y en la mayoría de las veces a cambio de un plato de comida. Sus manos grandes, cuarteadas por la dureza del trabajo, eran el reflejo de su alma, un alma noble y llena de bondad. Así es Lorenzo, una persona sin filtros, sin máscaras que alimentar apariencias falsas, de esas que engrandecen los egos personales…

Enseguida conectamos y vio en mí, ese amor incondicional a la sierra que lo vio crecer. Quizá fue ese nuestro punto de unión, el cual hizo desnudar nuestras almas y mostrarnos tal y como somos. Documenté aquel pozo de aguas cristalinas y frescas, escuchando atentamente sus consejos, me explicó que el pozo siempre había estado ahí, excavado en la piedra caliza y que su querido padre siempre le había dicho que era obra de moros, aunque Lorenzo bajando el tono de su voz y casi susurrando al oído, me confesaba que él creía que era una construcción de los romanos. Ya hacía muchos años que su padre faltaba, pero aquel susurro en mi oído, era sin duda una muestra de respeto a su padre.

 

 

Mi proyecto terminó aquella mañana y desde aquel día que conocí a Lorenzo, procuré que mis rutas por el Torcal comenzaran o terminasen  en aquella humilde casa encalada… Aquel día no era consciente de que un nuevo proyecto empezaba a andar, un proyecto que llevaría a Lorenzo y su Torcal más allá de las tierras que lo vio nacer, siendo conocido por miles de personas en multitud de países.

Durante mis visitas y mis largas charlas con Lorenzo, me di cuenta que estaba ante una fuente de memoria oral inagotable, llena de sabiduría, de historias y anécdotas que jamás encontraríamos en ninguna biblioteca, en ningún archivo histórico.

Lorenzo llevaba toda la vida viviendo en el Torcal y yo tenía la suerte de poder recoger su memoria oral, que no es sino parte de la historia del Torcal, de la historia de nuestra Antequera.

Por aquel entonces Lorenzo tenía 86 años, hoy ya pasa los 90… me parecía increíble que aquella persona tan mayor, viviera sola en una de las sierras más agrestes y extremas de nuestra Andalucía.

Cuando Lorenzo me habla del Torcal, sus ojos se iluminan, su rostro muestra una sonrisa que no puede ocultar y su persona trasmite un entusiasmo muy difícil de describir, pero que te envuelve y atrapa, haciéndote partícipe de su cariño por la sierra que lo vio nacer.

Sólo aquellos que se pierden por los callejones, los agrios y laberintos del Torcal y quedan fascinados por la magia de las piedras torcaleñas, pueden comprender por qué Lorenzo nunca se marchara de su sierra.

Durante más de cuatro años hablamos de su vida en el Torcal, mantuvimos largas charlas sobre los hechos acaecidos en la sierra durante la guerra y posguerra civil española. Hechos siempre marcados por un tinte de sinsentido y crueldad… Siendo consciente de la importancia histórica de sus palabras, comencé a grabar en vídeo aquellas largas charlas. Pero siempre con una premisa de Lorenzo: “Miguel, no publiques nada, hasta el día que yo falte”. Historias muy duras de los dos bandos, historias de dolor… “¿Ves aquel nogal seco? Pues dos están enterrados, dos que no eran de aquí, les faltan las botas porque se las quitaron”.

Lorenzo me cuenta cómo la columna de Juan Arcas, compuesta en su mayoría por milicianos republicanos y represaliados, defendía el paso hacia Málaga por la “Oreja de la Mula” y el puerto de las “Escaleruela” teniendo su cuartel general en el Cortijo de la Fuenfría. El Torcal de Antequera se convirtió durante aquellos tiempos en una pieza decisiva, en el frente noroccidental para la defensa de la ciudad de Málaga.

Recuerda cómo Arcas y su lugarteniente un tal “Pancho Villa” ofrecieron trabajo a los vecinos de los pueblos cercanos, prometiendo un jornal justo. Enseguida se corrió la voz entre los vecinos de la zona sur del Torcal, siendo el padre de Lorenzo uno de los que acudieron.

“Mi padre durí muy poco allí, Miguel, en cuanto vio al capitán Arcas quitar de un disparo el cigarro o la cuchara de la boca  de algún pobre desgraciado, que se sentaba a comer o a echar la ‘fumá’…”, haciendo hincapié en la puntería del capitán y su figura alzada sobre un gran caballo blanco. Por cierto aquel día resolví el misterio de las cucharas con agujero que se encuentran esporádicamente en la sierra.

Cuando me cuenta historias de la guerra, siempre me dice lo mismo: “Los dos bandos cometieron crímenes, Miguel, ¡una pena!”. Y sus ojos se enrojecen y cuando parece que van a brotar lágrimas como puños, hace una pausa, mira hacia la sierra y haciendo una negación con la cabeza cambia de tema…

Otras veces se ríe contando una anécdota de la columna de Juan Arcas que contaba su padre: “Un solo cañón tenían para defender la sierra y le engancharon dos mulas y por la mañana a la amanecía pegaba un par de cañonazos en lo alto del Camorro, le volvían a enganchar las mulas y pegaba otro par de cañonazos por la Boca del Asno, y así estaban todo el día. Haciendo creer a los soldados de Franco que tenían seis o siete cañones”, la primera vez que oír contar la anécdota me acordé irremediablemente de Berlanga.

 

 

Aquel cañón duerme el sueño de los justos en una grieta de la sierra, donde las milicias republicanas lo arrojaron por el avance de las tropas nacionales. También me indico el punto exacto de una fosa común, donde las tropas nacionales arrojaron los cuerpos de integrantes de la columna de Juan Arcas: “Los que eran vecinos de la zona, dejaron que los familiares recogieran sus cuerpos, los demás fueron a una grieta que hay en la sierra”, sentenciaba Lorenzo con los ojos húmedos…

La casa de Lorenzo

Su casa es humilde, incrustada en la piedra caliza y con ese olor de casa antigua, donde las cacerolas rojas están colgadas de la pared. El techo de los de antes, con sus vigas de madera pintadas… De las paredes clavadas con puntillas las fotos de la vida de Lorenzo, fotos con sus padres, fotos de su juventud, fotos de sus animales, fotos de su sierra, fotos de su Torcal.

Rodeado de animales, ovejas, cabras, gallinas y cerdos. Así es feliz Lorenzo “El Caqui”. La amargura y la tristeza lo embargan cuando recuerda la figura de su padre José Gómez Medina: “Mi padre era el que disponía, el que nos enseñaba el caminó, desde que faltó, ya todo se desbarató…”. No puede evitar que las lágrimas le caigan por las mejillas.

Recuerda con orgullo, cómo su padre escapó una noche del cuartel republicano, con la ayuda de un vecino que hacía guardia. “Yo no he visto nada José, le dijo el vecino del pueblo y aprovechando la oscura noche, cruzó todo el Torcal hasta llegar a Villanueva de la Concepción, y entonces ni había linternas ni ná Miguel… El solo quería un jornal para llevar a la casa y vivir en paz”.

Recuerda con añoranza que cuando de pequeño los pastores quedaban al final del día en lugares como las Mesas, el pilón de la Cruz o el Hoyo de la Burra, para intercambiar las anécdotas del día y hablar de trabajo, amores o lo que encartara… Historias de cuevas y tesoros, como el escondido en la cueva del borrico y que unos moros años después de la guerra se lo llevaron.

“Miguel, un día el maestro rural reunió a los más mayores, entre ellos yo. Nos hizo que le lleváramos hasta la Cueva de los Monederos, eran las nueve de la mañana y con unas cuerdas bajamos, el maestro llevaba unas lamparillas de aceite a modo de linternas y estuvimos andando hasta más de las cinco de la tarde, descubrimos galerías, estancias, muros… y en lo que parecía los restos de una hoguera, el maestro encontró algo que no dejó que viéramos. Salimos de allí ‘esmayaos’ de hambre, caminamos kilómetros y kilómetros, cruzamos ríos, esa sierra esta toda hueca… por cierto, después de aquel día, ya no vimos más al maestro”.

Cuando pregunto a Lorenzo por su madre, el corazón se le encoge, su mirada hace un viaje hacia tiempos felices, cuando María Pérez Muñoz era admirada por todos los vecinos del lugar. Experta matancera y maestra de especias, a la cual pedían consejo sus vecinos para la preparación de los ricos productos obtenidos después de la matanza del cochino.

María fue una de aquellas mujeres que sacó adelante a su familia en los años de la guerra y el hambre… Mujer de campo, mujer de lavadero y cal, mujer de pucheros y piquillos, mujer de manos arrugadas, mujer de rodillas ‘encallás’… El destino llevó a Lorenzo a quedarse solo, en la casa familiar. Aquella casa que un día albergó a su padre José, a su madre María y a sus hermanas Isabel y María, que junto a Lorenzo fueron felices. Poco a poco todos se marcharon, quedando solo Lorenzo en aquella humilde casa. Hoy vive solo, acompañado por sus animales, sus recuerdos, sus fotografías… Lorenzo Gómez Pérez sin quererlo se convirtió en un ermitaño, en el ermitaño del Torcal.

Durante años trabajo cómo guarda en el Torcal, cuidando su sierra, ayudando a todos aquellos visitantes que se perdían, manteniendo a raya a desaprensivos y furtivos. Hasta el punto de ser encañonado con una escopeta, para que hiciera la “vista gorda” en la caza de grandes machos monteses por los malditos furtivos.

Nunca tuvo miedo, ni siquiera aquella vez que intentando salvar a un chivillo que quedó atrapado en una grieta de la sierra, cayó dentro de una pequeña sima de la cual no pudo salir. Toda una larga noche quedó abrazado a su chivo, hasta que por suerte, la gente de los Navazos pasó cerca de aquella grieta y escucho los socorros de Lorenzo. Aquellos Navazos cuando su dueño era Eugenio Melero, un verdadero ángel de la guarda del Torcal, pero esa es otra historia…

Historias como el asesino de la escopeta, la muerte de María “La Menores”, la muerte de Frasco, los hechos de la partida del “Rubio de Brescia”, el asesinato del marido de María la de “Las Alhajas” y mil historias más que guarda el amigo Lorenzo.

Cuando el trabajo y las obligaciones me lo permiten, intento con mis humildes medios, recoger la memoria oral de estas personas mayores. Ojalá las administraciones llevaran a cabo una especie de “Arca de la Memoria” para recoger esta tradición oral. Hace unos meses le dije a Lorenzo, que quería hacerle un vídeo homenaje para que el mundo le conociera.

Le mostré al mundo la vida humilde de Lorenzo, su amor por los animales, sus vivencias, sus anécdotas… Entre ella aquella que todavía hoy le hace ponerse rojo como si de un adolescente se tratase, al recordarle a su primer amor. Una hija del boyero de Baldomero Bellido y que vivía en la “Cueva de Roete”, una pequeña construcción de piedra seca, que se encuentra en el Camorro de los Monteses.

El vídeo ha roto todas las barreras, convirtiéndose en “viral”. ero aún más, el vídeo traspaso fronteras, llegando mensajes de países como México, Francia, Alemania, Colombia, Inglaterra, Argentina… En la fecha de redacción de este artículo, os puedo decir que el vídeo de “Lorenzo  “El Caqui” el ermitaño del Torcal” tiene más de 77.000 mil visualizaciones en apenas dos meses de su publicación. 

Lorenzo con su sencillez y naturaleza ha logrado lo que ninguna campaña de marketing ha podido, llevar el nombre de Antequera y el Torcal por el mundo entero. Todo aquel que quiera puede encontrar a Lorenzo en mi canal de YouTube “Antequera Oculta”.  No quiero terminar este artículo sin pronunciar la muletilla de Lorenzo, esa con la cual termina sus frases y acompaña de una sonrisa: “¡Estamos!”.

 Más información edición digital www.elsoldeantequera.com y de papel el sábado 7 de agosto de 2021. ¡Suscríbase y recíbalo en casa o en su ordenador, antes que nadie (suscripción).

 

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