domingo 16 junio 2024
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El IV Centenario del Arco de los Gigantes (1585-1985)

En 1985 se cumplieron cuatrocientos años de la construcción del Arco de los Gigantes, una puerta monumental de carácter simbólico y representativo que sustituyó en 1585 a la construida por los musulmanes como parte de la cerca murada.

La primitiva puerta se debió levantar durante el dominio almohade, aunque la demolida en 1584, que sabemos tenía planta y disposición en recodo, era una reconstrucción más tardía, ya de época nazarí. Como se ha repetido tantas veces, la idea del Concejo antequerano de sustituir una puerta islámica por otra de carácter renacentista no fue un hecho insólito, dado que en la ciudad de Sevilla en aquel momento ya se habían ‘modernizado’ varias de las puertas de la muralla almohade con idéntica intención. Lo que singulariza el caso antequerano, sin embargo, es el hecho de incorporar a la nueva obra un gran número de piezas antiguas de época romana (esculturas y lápidas epigráficas), no solo con una intención decorativa, sino también como una forma de mostrar y reivindicar el pasado clásico-romano de la ciudad. Pensemos que por aquellos años el aspecto de las calles y plazas de Antequera –también el de la mayoría de sus edificios– debía ser de una fuerte impronta islámica, incluso en aquellas nuevas construcciones de factura mudéjar. La construcción de la Real Colegiata de Santa María la Mayor (1530-1550), siguiendo trazas y dirección del gran arquitecto Diego de Siloé, fue el singular esfuerzo modernizador a la italiana del estamento eclesiástico; ahora le tocaba al poder civil hacer lo propio, demoliendo y volviendo a levantar la construcción que servía de acceso a la parte más significativa del recinto antiguo de la ciudad. Bien es verdad que, en 1582, la municipalidad ya había construido el llamado templete de la campana del Papabellotas, en una clara operación de ‘castellanizar’ la imponente torre del Homenaje de la vieja Alcazaba, pero la construcción de la renovada Puerta implicaba un paso más en la nueva edilicia local y en su compromiso con el humanismo renaciente. En definitiva, una construcción ‘paganizante’ a la que en un principio también se denominó como Puerta de Hércules y, por extensión, dado el tamaño de la escultura del dios mitológico que lo presidía, como Arco del Gigante o de los Gigantes, puesto que a ambos lados del gran vano existieron otras dos esculturas (Trajano y P. Magnio Rufo Magoniano) sobre pedestales de un tamaño algo superior al natural. La cara posterior del Arco, aparte de las cuatro grandes lápidas conteniendo un poema latino del humanista antequerano Juan de Vilches (1490-1556), estaba presidida por una estatua femenina que representaba a la Fama Augusta. De los distintos elementos que decoraban esta fachada que mira hacia la plaza de los Escribanos, hoy solo se conservan dos de las lápidas del texto de Vilches en el interior de la Colegiata.

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II Congreso Andaluz de Estudios Clásicos

Entre los días 24 y 26 de mayo de 1984 la Universidad de Málaga organizó el II Congreso Andaluz de Estudios Clásicos, teniendo como sedes compartidas las ciudades de Antequera y Málaga; de hecho, el acto inaugural tuvo lugar en nuestra ciudad, algo en lo que tuvo mucho que ver la voluntad e iniciativa del profesor Rafael Atencia Páez, uno de los grandes conocedores del pasado romano de las ciudades de Singilia Barba y Antikaria. En mi condición de concejal de Cultura y Patrimonio Histórico, nombrado un año antes por el nuevo alcalde Pedro de Rojas Tapia (1983-1987), me cupo colaborar en la organización del Congreso en su sede antequerana y, al mismo tiempo, proponer algo que tuviese una cierta significación y que pudiera permanecer en el tiempo dentro del conjunto monumental de nuestra ciudad. Le propuse a Rafael Atencia la posibilidad de reincorporar al Arco de los Gigantes las cuatro grandes losas epigráficas de 1585, con dedicatoria de la ciudad al rey Felipe II, y éste se entusiasmó rápidamente con la idea. Estas piezas, realizadas en caliza roja de El Torcal y escritas en capitales romanas cuadradas de tipo renacentista, habían sido retiradas de su ubicación original en el año 1908, para ir conformando un pretendido museo arqueológico en una de las galerías del patio columnado del Ayuntamiento. Sin embargo, cuando decidimos reincorporarlas al Arco de los Gigantes se encontraban empotradas en un muro del ya Museo Municipal (Palacio de Nájera) y evidenciaban un estado de preocupante deterioro por la humedad del lugar en el que se encontraban, en una cota muy baja respecto al nivel de la calle Nájera.

Entre el mes de abril y comienzos de mayo de 1984 se procedió, mediante una grúa, a la reinstalación de las cuatro grandes lápidas como coronamiento del Arco de los Gigantes, devolviéndolas al lugar para el que fueron labradas en 1585. Ubicadas dos a dos, en el centro quedaba un hueco que en su día ocupó el ara romana de sacrificios, con relieves en sus cuatro caras, que actualmente se expone en el Museo de la Ciudad de Antequera. Como no era lógico volver a ‘enterrar’ tres de sus caras, se optó por hacer una copia de la cara que se tenía que ver, mediante la realización de un vaciado en hormigón coloreado que llevó a cabo el escultor antequerano Jesús Martínez Labrador. Sobre esta nueva pieza se volvió a colocar, aunque de manera provisional, el remate manierista tipo jarrón que había “hecho silueta” y formaba parte de la imagen consolidada del Arco desde el primer tercio del siglo XX.

De manera paralela a estas intervenciones en el Arco de los Gigantes se planteó la reconstrucción de la desaparecida Torre de los Gigantes, a la izquierda del monumento, como una forma de darle la necesaria estabilidad al edificio. Ya en 1975 publiqué en el número 15 de la revista Jábega un artículo titulado “Proyecto de reconstrucción de la torre de los Gigantes en Antequera”, en el que hacía la propuesta de reconstruir la torre con la intención de dar solidez al muro del Arco y ocupar el solar de una casa unifamiliar que el Ayuntamiento había demolido hacía muy pocos años. En la citada publicación se incluía una foto en la que se apreciaban las grietas que habían aparecido en el grosor del muro, al haber perdido el contrarresto que en el pasado le proporcionaron tanto la desaparecida torre como, con posterioridad, la casa demolida. La propuesta concreta de este artículo, que en su momento pasó sin pena ni gloria, se hizo realidad justo diez años después, si bien se introdujeron algunos cambios respecto de la idea original; por ejemplo, la altura de la torre reconstruida no sobrepasó el nivel del adarve del Arco ni tampoco se hizo, en planta baja, un acceso al interior en recodo con doble puerta. En cualquier caso, con la reconstrucción de la Torre de los Gigantes se consiguió, aparte de la estabilización del monumento, evitar la imagen de paredón cortado en seco, que hasta entonces presentaba el lateral izquierdo del Arco.

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La conmemoración

Llegado el año 1985 le propuse al alcalde la conveniencia de celebrar de alguna manera la conmemoración el IV Centenario de la construcción del Arco de los Gigantes. Su respuesta inmediata fue afirmativa, pero me indicó que había que echarle imaginación al asunto, pues el Ayuntamiento andaba todavía muy corto de presupuesto. Recordemos que, cuando en 1983 llega a la Alcaldía de Antequera Pedro de Rojas Tapia, encabezando la candidatura del Partido Socialista Obrero Español, el Ayuntamiento se encontraba en una situación económica bastante crítica, en buena medida debido a la gestión financiera desarrollada por el primer gobierno municipal de la Democracia. De hecho, el alcalde saliente, que pertenecía a una candidatura independiente de derechas, ni siquiera consiguió convencer a sus concejales para volver a montar una lista medianamente presentable. Sirva de ejemplo de lo que decimos, cómo los empleados municipales habían cobrado su sueldo fragmentado en varias entregas a lo largo de cada mes y siempre que hubiese algún dinero en la tesorería municipal. Es decir, que conmemoración del IV Centenario sí, pero con el mínimo gasto.

Hasta aquel momento lo realizado en el Arco de los Gigantes y en la reconstruida torre se había hecho con el personal fijo de albañilería del Ayuntamiento, que entonces lo había, y con un gasto mínimo en el coste de los materiales. En cuanto al Arco se repusieron en su lugar los pies de Hércules, resto de caliza blanca conservado de la primitiva escultura renacentista del dios mitológico, así como diversas piezas epigráficas situadas a ambos lados del vano central y ocupando la disposición de doble hilada; hay que aclarar que, aunque se sabía documentalmente cómo estuvieron dispuestas en origen las inscripciones, las medidas de los huecos rellenos que se fueron vaciando en el muro coincidían plenamente con las piezas que entonces se reincorporaron. En realidad, muchas de las lápidas que ahora volvían a su primitivo emplazamiento del siglo XVI, eran copias renacentistas de originales romanos, dado que las auténticas que llegaron hasta el año 1585 estaban en muy mal estado o se encontraban encajadas en diferentes edificios y, por tanto, les resultó difícil su extracción. Otras de las inscripciones originales romanas, todas ellas realizadas en caliza roja de El Torcal, no pudieron recolocarse en el Arco, porque durante los años que estuvieron empotradas en un muro del palacio de Nájera se deterioraron de manera casi irreversible. De éstas, que hoy están en los almacenes del Museo de la Ciudad de Antequera, se hicieron copias en hormigón coloreado, partiendo de las medidas reales y de los textos conservados en documentos antiguos, pero finalmente se optó por no colocarlas, ya que estéticamente no pareció acertado. Estas copias fallidas de hormigón coloreado se encuentran en la actualidad en el Centro de Salud de la Avenida de la Estación, decorando una de las salas de espera.

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Los actos organizados

Para la conmemoración en sí de la efeméride se eligió el día 7 de mayo de 1985, justo la fecha en la que se cumplían cuatrocientos años del Cabildo Municipal que aprobó incorporar al nuevo Arco “estatuas y piedras escritas del tiempo de los romanos, e por donde consta de la antigüedad de esta ciudad y población della y de otros lugares antiguos que tenía en su comarca; y de causa de estar en diferentes partes y en poder de tantas personas se podía lo suso dicho consumir y echar a perder y olvidarse la memoria de la dicha antigüedad y nobleza y condición, que todo lo suso dicho sea recogido, e puesto en orden e paraje e lugar donde pueda verse por todas las personas que a esta ciudad vinieren, y, por cuanto es más público, en la puerta de las dichas plazas (Alta y de los Escribanos) por el concurso de gente que en ellas hay de ordinario”.

En realidad, quien dio a conocer este documento fue, una vez más, José María Fernández en un artículo publicado en agosto de 1929 en la revista Antequera Por Su Amor, bajo el título “El Arco de los Gigantes y el Museo Arqueológico Municipal”. Fernández se quejaba del estado de abandono en que se encontraba el monumento y decía. “A pesar del estrago natural del tiempo, del abandono y olvido en que cayera, tan valiosa reliquia de la cultura renacentista antequerana logró arribar, bien que maltrecha y desdeñada, hasta nuestros días, en los que por consejo del señor Amador de los Ríos (D. Rodrigo), en mala hora atendido, fue el Arco destrozado, despojándosele de los fragmentos estatuarios que aún conservaba y de las lápidas que lo enriquecían”. Añadimos nosotros que también se destruyeron entonces los aletones curvos que jalonaban la hornacina de la escultura de Hércules y que hoy solo conocemos a través de algunas fotografías antiguas, que ahora publicamos.

Como ya queda dicho, fue el texto del acta municipal de 7 de mayo de 1585 el que nos marcó la fecha para la conmemoración. Como preámbulo al día elegido, en la tarde del 6 de mayo, el profesor de la Universidad de Málaga Rafael Atencia Páez, asesor en todo momento del repristino del Arco de los Gigantes, dio una magnífica conferencia sobre la génesis y la significación histórica del Arco de los Gigantes, aclarando una serie de puntos que después muchos investigadores han hecho suyos.

En la mañana del día siguiente se sucedieron los diferentes actos organizados para celebrar la conmemoración. Sobre las once fueron llegando al Ayuntamiento el Consejero de Cultura de la Junta de Andalucía, Javier Torres Vela; el Director General de Bellas Artes, Bartolomé Ruiz González; el rector de la Universidad de Málaga, José María Martín Delgado y la delegada provincial de la Consejería de Cultura, Emelina Fernández, entre otras autoridades. Fueron recibidos por el alcalde Pedro de Rojas Tapia, acompañado de varios concejales de la corporación municipal, celebrándose a continuación en el Salón de Plenos el acto institucional, en el que intervinieron el alcalde de la ciudad, el consejero y la poetisa malagueña María Victoria Atencia. Esta última leyó la traducción hecha por ella de un texto latino del poeta antequerano Juan de Viches, que en su día decoró el Arco de los Gigantes en cuatro grandes lápidas colocadas en la cara que mira hacia la Colegiata, como apuntamos con anterioridad.

A continuación, toda la comitiva se desplazó hasta el Arco de los Gigantes, inaugurándose tanto la reincorporación de las antiguas piezas arqueológicas al monumento como una placa, realizada por Jesús Martínez Labrador, con el texto referido de Juan de Vilches, situada a la derecha en el trozo de muralla perpendicular al Arco.

Como recuerdo de los actos de 1985 también quedó, obra igualmente de Jesús Martínez Labrador, el cartel conmemorativo realizado a plumilla, planteando una recreación del monumento atemporal y cargada de simbolismo.

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La declaración  del Arco como BIC

Coincidiendo con la conmemoración del IV Centenario del Arco de los Gigantes, la Junta de Andalucía, a petición del propio Ayuntamiento, procedió a incoar expediente de declaración del celebrado monumento como Bien de Interés Cultural (BIC), con fecha 6 de mayo de 1985. Aunque por razones que desconocemos el expediente se traspapeló –en aquellos años la Consejería de Cultura en Sevilla cambió varias veces de edificio– y el tema quedó en el olvido. Veinte años después, siendo titular de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía la antequerana Rosa Torres Ruiz, el expediente se pudo rescatar y, finalmente, el 4 de diciembre de 2004, el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía celebrado en Antequera decretó la declaración como Bien de Interés Cultural, con la categoría de monumento, del Arco de los Gigantes. En este sentido hay que aclarar que, aunque en la actualidad los expedientes de incoación de BIC prescriben a los dieciocho meses sin que se haya dictado y notificado su resolución (Artículo 9, apartado 8, de la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía de 2007), los que pudiéramos llamar ‘históricos’, por el contrario, nunca caducan ni pierden validez. Por cierto, en aquellos años también se rescató el documento de incoación de BIC, de 1988, del “Efebo de Antequera” e igualmente fue declarado como tal, como bien mueble, con fecha uno de junio de 2004.

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Estado actual

Con posterioridad a 1985 se hicieron algunas intervenciones en el Arco de los Gigantes, concretamente en el año 2000. Entre los meses de febrero y marzo de este año se procedió a impermeabilizar todo el coronamiento o adarve del monumento, que es el pasillo que va desde la muralla hasta el torreón de los Gigantes. Sobre una nueva capa de mortero se colocó la solería de ladrillo de tejar en espiga, lo que evitó las filtraciones del agua de lluvia al muro que conforma este edificio. A finales de marzo de 2000, concretamente el día 29, el Ayuntamiento colocó la baranda de hierro forjado que recorre toda la cara posterior del Arco, por el peligro que su ausencia suponía para quienes accedían libremente a este magnífico mirador.

Otro aspecto que sería bueno aclarar es el referido a la apariencia relativamente tosca que presenta la molduración arquitectónica de esta construcción en la actualidad, que no se corresponde con el diseño original (Proyecto de Francisco de Azurriola y ejecución del maestro alarife Francisco Gutiérrez), sino al avanzado deterioro de la piedra arenisca de su fábrica. Al parecer en este caso no se trajo la piedra de las canteras del cortijo del Castillón (Singilia Barba), como ocurrió en el caso de la Colegiata de Santa María, sino de la del Matadero (falda del cerro de Vera-Cruz), que es una calcarenita de peor calidad y, por tanto, más expuesta a los efectos destructivos de los diferentes agentes atmosféricos.De hecho, tanto las jambas como las dovelas del arco se labraron en principio con un ligero almohadillado, que hoy apenas podemos rastrear salvo en puntos muy localizados, debido a la erosión de la piedra. Solo los elementos pétreos de carácter escultórico (Jarra de Azucenas, Castillo, León, piernas de Hércules y las diversas piezas epigráficas) han resistido el paso de los años al estar realizados en piedra caliza. Otro tratamiento que, evidentemente, difiere del aspecto original es el referido a los paramentos lisos no moldurados. Es decir, se trata de una mampostería excesivamente pobre y ripiosa que estuvo pensada para estar cubierta por una capa de mortero de cal sobre el que debió tener un esgrafiado imitativo de sillares. Con el paso de los siglos este mortero se fue desprendiendo y hoy vemos una fábrica de mampostería que los constructores del siglo XVI nunca pensaron que quedaría al descubierto.

Quizás algún día habría que plantearse una restauración ‘científica’ de este BIC, previo debate de un amplio equipo multidisciplinar de técnicos que marcase las pautas del definitivo proyecto de intervención. De no ser así, mejor no hacer nada; pues al día de hoy el monumento no corre ningún grave peligro en cuanto a su conservación.

 

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