miércoles 19 junio 2024
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La intervención en el retablo mayor y el camarín de la Virgen de los Remedios, dentro del proyecto Andalucía Barroca 2007

Cuando se hace referencia a la importancia del corpus de retablos barrocos de Antequera, en su más amplio sentido, siempre surgen dos ejemplos a destacar sobre todos los demás: los Remedios y el Carmen. Entre uno y otro apenas distan dos décadas en cuanto a su ejecución, pero, sin embargo, responden a dos momentos muy diferentes dentro de la retablística española o más concretamente andaluza. El retablo de los Remedios, que se construye entre los años 1721 y 1737, representa el epílogo de un estilo que hunde sus raíces en los modelos castizos o vernáculos de la retablística española del siglo XVII, mientras que el del Carmen, levantado entre 1741 y 1746, ya es plenamente dieciochesco en su concepto y en la utilización del estípite como soporte principal, en este caso respondiendo a la rotundidez de un gran orden gigante. El hecho de que el primero esté dorado y el segundo se quedara sin dorar carece de importancia en el plano artístico, aunque para el gran público es lo primero que advierte cuando se hace la comparativa. Ambos retablos mayores, además, sirven de embocadura en su calle central para dos magníficos camarines, construidos entre 1698 y 1706 el de la Virgen de los Remedios y en 1732 el de la Virgen del Carmen, éste siendo prior carmelita calzado fray Antonio de Quirós.

De la intervención restauradora llevada a cabo en las dos piezas (retablo y camarín) de la iglesia de los Remedios, entre los años 2005 y 2007, nos ocuparemos en esta ocasión, aportando documentación gráfica. Una actuación incluida dentro del proyecto cultural “Andalucía Barroca 2007”, desarrollado en un periodo de cuatro años por la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía.

El retablo de los Remedios, obra cumbre del escultor antequerano Antonio Ribera
El poeta José Antonio Muñoz Rojas fue quien, leyendo el manuscrito de la “Historia de Antequera” de Francisco Barrero Baquerizo, nos dio a conocer en su día a la figura del maestro escultor y retablero antequerano Antonio Ribera, un artista ignorado hasta entonces y en quien nadie había reparado. En este punto debemos recordar que Barrero Baquerizo y Ribera fueron coetáneos y que, sin duda, debieron conocerse en vida. De hecho, el historiador cuando está redactando su texto nos dice que Antonio Ribera en aquel momento estaba trabajando en el retablo de los Remedios; es decir, Barrero sabe que Ribera está haciendo el referido retablo e incluso puede que lo viese dirigiendo a los oficiales carpinteros, tallistas y escultores a su cargo.

La aparición en el Archivo Histórico Municipal de Antequera de un contrato entre los frailes terceros de los Remedios y el retablista granadino Francisco José Guerrero para la construcción del retablo mayor de la iglesia en nada contradice la información de Barrero Baquerizo. Sabemos que Guerrero era un empresario del retablo, que poseía un importante almacén de maderas en Lucena y que cuando afrontaba la realización de una gran ensambladura echaba mano de diseñadores, carpinteros, tallistas y escultores. Él adquiría el compromiso, por su notable capacidad financiera, de la ejecución de los retablos contratados, pero los verdaderos artistas eran otros. De hecho, cuando en 1722 le encargan las yeserías de la capilla de la Virgen de Araceli en la ermita de Lucena, terminan despidiéndolo a mitad del trabajo, pues había encargado su realización a unos oficiales yesistas que no daban la talla profesional. Para deshacer y terminar la obra mal planteada los cofrades lucentinos llaman a Antonio Ribera a Antequera, quien se desplaza hasta Lucena y realiza la obra que hoy podemos admirar. En definitiva, el retablo mayor de los Remedios de Antequera fue contratado con los frailes terceros franciscanos por el granadino Francisco José Guerrero, aunque el artista que lo llevó a cabo fue el antequerano Antonio Ribera mediante una subcontratación verbal.

El resultado de todo ello fue un singular retablo totalmente dorado de grandes proporciones, en el que coexisten un orden gigante de cuatro columnas salomónicas, deudoras de los modelos barrocos españoles del siglo XVII, junto a la novedad o “modernidad” de los estípites del ático. Los cuatro grandes angelotes-atlantes, de impecable ejecución, que sostienen los repisones donde descansan las columnas salomónicas son casi idénticos a los que en 1725 talló en yeso Antonio Ribera jalonando la cartela sobre la puerta de acceso al referido camarín de la Virgen del Socorro.

El camarín de la Virgen
Otra importante pieza arquitectónica, que interactúa con el propio retablo a través de la embocadura de la calle central, es el magnífico camarín de la Virgen de los Remedios. Como espacio de sacralización, dedicado a la veneración de la patrona de la ciudad, este camarín participa al mismo tiempo de las diferentes estancias que se conjugan en los programas simbólicos más acabados: acceso escalonado, ante-camarín vestidor, camarín propiamente dicho y, debajo de éste, la amplia cripta hoy en desuso. La construcción de esta “cámara habitacional” de la Virgen, levantada entre los años 1698 y 1700 por el maestro Andrés Burgueño, por tanto, anterior en el tiempo al propio retablo, parte para el diseño de su planta centralizada hexagonal de un dibujo del italiano Sebastiano Serlio, publicado en 1547 en su V Libro de Arquitectura. El mismo esquema de planta hexagonal que Burgueño volverá a repetir algunos años después, aunque a mayor escala, cuando trazó la capilla de la Cofradía del Socorro en la iglesia de Santa María de Jesús.

La afiligranada decoración de yeserías del camarín de los Remedios, sin embargo, corresponde a la primera década del Setecientos y sigue puntualmente las realizadas en aquellos años por el mismo Ribera en la iglesia y sacristía del Hospital de San Juan de Dios de Antequera, así como en la cúpula que cubre la caja de escalera de la casa número 10 de calle Carreteros (La Castellana), también en nuestra ciudad. Se trata de una decoración orgánica de hoja de cardo menuda, que aflora entre elementos de una tectónica más definida, basada en orejas acabadas en carretes. Unas yeserías que todavía recuerdan, aunque a una escala más menuda, las del camarín de la Virgen de la Victoria de Málaga. A medida que fue avanzando el siglo XVIII, los modelos decorativos de Ribera se irán haciendo más personales y reconocibles, como la cúpula de la capilla del Dulce Nombre (1720) en Santo Domingo o los camarines de la Virgen del Socorro (1725) en Santa María de Jesús y de la Virgen de la Encarnación (1726) en la parroquia de San Miguel. Y, al igual que en todos los ejemplos citados, la policromía de los yesos tendrá un papel fundamental en este camarín de los Remedios, destacando los perfilados y fondeados de azul añil, y los toques de rojo y oro en algunos salientes. A esta suma de deslumbrantes efectos polícromos se añaden las carnaciones de ángeles y querubines y el juego de luces de los dos niveles de ventanas, rectangulares y ovaladas. Las luces de la linterna y cupulino permanecen cegadas desde antiguo, en evitación de la entrada de las palomas y otras aves.

En definitiva, nos encontramos ante un ámbito de cierta complejidad espacial, cuyos paramentos aparecen sobredecorados de formas orgánicas labradas en yesería, conformando lo que el profesor Alfredo Morales ha definido como “la piel de la arquitectura”. También adquiere un cierto valor arquitectónico el templete-coronación de madera dorada, que centra el espacio y sirve de trono celestial al simulacro de la Virgen de los Remedios, realizado por el maestro ensamblador Miguel Asensio en 1721. Un artilugio lignario que desarrolla un diálogo axial, de llenos y vacíos, con las propias paredes de la estancia.

La intervención restauradora en ambas piezas
La redacción del proyecto de restauración del retablo mayor de la iglesia de los Remedios, que también incluyó el templete-coronación de madera dorada del camarín de la Virgen, se encargó en el año 2005 a la empresa “Coresal. Conservación y Restauración de Bienes Culturales, S.A.”, que lo presupuestó en la cantidad de 212.316.02 euros. La ejecución del mismo se adjudicó a la empresa “Afelio 69. Restauración de Obras de Arte, S.L.”, que debería llevarlo a cabo en el plazo de doce meses. Dado que el retablo mide 14.30 metros de altura y 8.50 de anchura, se hizo necesario el montaje de un complejo andamiaje metálico, que incluía sucesivas plataformas de trabajo y escaleras de fácil acceso entre ellas, tal como exige la normativa vigente para estas dimensiones. Aprovechando este andamiaje, también se encargó fuera de proyecto la consolidación de las pinturas murales al temple que decoran la bóveda de medio cañón con lunetos del presbiterio, muy dañadas debido a antiguas filtraciones de agua de lluvia.

La actuación que se llevó a cabo sobre el retablo, que está realizado en madera de pino de Flandes, consistió fundamentalmente en la limpieza de toda la suciedad acumulada durante siglos, tanto de cera, hollín, polvo y depósitos orgánicos (excrementos de paloma, fundamentalmente), así como la eliminación de barnices oxidados y diversos repintes. La intervención supuso una limpieza equilibrada y una reintegración cromática ordenada, recuperando de esta manera el sentido del color y del dorado. Se reubicaron algunas piezas originales que se habían desprendido y que se conservaban en la sacristía. En este punto hay que recordar que el que fuera Esclavo Mayor de los Remedios, José María Blázquez, guardó durante años cualquier pieza o fragmento fracturado o desprendido, a la espera de que llegara el momento de su reincorporación. Y el momento llegó.

Durante la restauración del retablo, detectado un antiguo ataque de insectos xilófagos y de hongos, se aplicó un tratamiento curativo y preventivo, a pesar de que ya se encontraba inactivo según los informes técnicos. En el caso del templete del camarín, una vez desmontado, se repararon y consolidaron los puntos de ensamblaje y sujeción que estaban rotos o mal reparados.

Concluidos los trabajos de restauración y retirado el andamiaje, el retablo mayor de la iglesia de los Remedios volvió a lucir en todo el primitivo esplendor de sus formas doradas; los miles de panes de oro que se aplicaron siglos atrás, una vez eliminado el velo de suciedad, recuperaban la intencionalidad original de sorprender al espectador con un gran derroche de riqueza, que en el Barroco y la Contrarreforma se relacionaba con la importancia concedida en la liturgia católica a una ostentación que asombrara y anonadara a los fieles.

Por otra parte, la restauración de las yeserías del camarín de la Virgen de los Remedios fue adjudicada en el año 2007, por la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía a través de la Delegación Provincial de Málaga, a la empresa antequerana “Chapitel. Conservación y Restauración, S.L.” con un presupuesto de 29.381,30 euros.

Dado que las cubiertas del camarín, junto a las del crucero y cúpula de la iglesia, fueron reparadas por la Junta de Andalucía en 1985, las patologías más graves que presentaba la pieza en 2007 se encontraban en su interior y consistían en el agrietamiento de las yeserías en numerosos puntos, así como en la suciedad generalizada de hollín provocada por el humo de las velas a lo largo de varios siglos. Los trabajos de conservación y restauración tuvieron por objeto recuperar la imagen primigenia del camarín, eliminando agentes de deterioro y repristinando en su justa medida los diferentes valores cromáticos.

Los trabajos comenzaron con la eliminación del polvo superficial, utilizando el doble sistema de aspiradora y brocha suave en todas las superficies, como paso previo a la fijación de la capa pictórica. En este aspecto, fue prioritario la consolidación de las partes doradas (volutas, centros de flores, águilas, alas de angelitos), así como las distintas carnaciones de las figuras antropomórficas. En cuanto a los marcos de madera dorada (espejos) presentaban faltas de fijación en la preparación de los estucos bolados para la aplicación de los panes de oro, teniéndose que utilizar una emulsión acrílica por inyección o con pincel por el reverso, previa humectación con agua y alcohol. En algunos marcos de madera, muy afectados de xilófagos, se aplicó insecticida industrial con jeringuilla a través de las ranuras y orificios. Para la limpieza de grandes superficies, molduradas o lisas, se utilizó el método de la aplicación y extracción de film de látex, sistema que permite arrancar como un guante toda la suciedad acumulada sin afectar lo más mínimo a la obra original (formas y policromía).

Teniendo en cuenta que el magnífico efecto de esta pieza arquitectónica se basa en la perfecta conjunción entre las formas realizadas en yeso y la policromía aplicada sobre éstas, el tratamiento restaurador respondió a dos líneas diferenciadas. Por una parte, consolidar la base de obra, tratando las grietas y fisuras con morteros similares a los originales y resanando los yesos pulverulentos por efecto de la acumulación de sales y colonias de hongos, fruto de la falta de ventilación y de luz natural; por otra, eliminando las capas de cal acumuladas en las zonas lisas y restituyendo en sus formas originales antiguas reparaciones de albañilería común. En cuanto a la policromía de la estancia se procedió a la eliminación de repintes y a la reintegración pictórica, utilizando en este caso pigmentos minerales aglutinados con silicato de potasio, aplicados a pincel en tintas planas, en un tono más bajo al original para identificar la intervención.

Quizás una de las actuaciones más llamativas fue la consolidación y restauración en detalle del gran marco de yeserías, que envuelve un espejo con molduras doradas, situado a media altura en un arcosolio del lateral derecho. Esta importante pieza de yesería, posiblemente debido a su gran peso, se desprendió íntegramente a comienzos de los años setenta del siglo pasado, fraccionándose en numerosas piezas. Ya en la década de los noventa, en una obra realizada por la concejalía de Patrimonio Histórico, se reinstalaron los diferentes fragmentos en su ubicación original, aunque sin aplicar una restauración integral o en detalle. Fue en la intervención del año 2007 cuando este importante elemento quedó perfectamente repristinado.

A modo de conclusión

El hecho de llevar a cabo, en un mismo momento, las restauraciones de un gran retablo barroco de madera dorada y del camarín de ricas yeserías polícromas que se abre en la embocadura de su calle central, respondió a la consideración patrimonial de que ambas piezas formaban parte de un todo. Pensemos que si el ámbito de carácter sagrado (el camarín) estaba pensado en todos sus elementos para exponer y destacar la pequeña figura de la Virgen de los Remedios (mide 66 centímetros), el retablo se corona en su ático con un teatral grupo escultórico que representa una escena legendaria en la que el apóstol Santiago, montado en su caballo blanco en corveta, entrega al fraile Martín de las Cruces la misma imagen, cuyo original se venera en el habitáculo maravilloso situado a dos metros del suelo. Una vez más, nos encontramos ante un ejemplo de interactuación de elementos arquitectónicos diferentes, pero, al mismo tiempo, claramente complementarios, algo muy propio del Barroco. Y a ello podríamos añadir las pinturas murales del resto de la iglesia y, en su día, la música del coro con las voces de los frailes y los sonidos del órgano ibérico. La liturgia sagrada en latín, ininteligible para la mayoría de los fieles, la luz de las velas, el incienso y la exaltada oratoria predicada desde el púlpito de ricos mármoles, harían el resto, creando una atmósfera que, en el fondo, pretendía acercar la presencia de la divinidad a un ámbito concreto, envuelto en todas las artes como síntesis de una gran belleza.

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