domingo 14 julio 2024
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Saramago en Antequera

El día 16 de noviembre de 2022 se cumplirán cien años del nacimiento del escritor portugués José Saramago, quien recibió el Nóbel de Literatura en 1998.

No pretendo escribir aquí y ahora de la obra del genial novelista y poeta, tan ligado a España y más concretamente a Andalucía y a la isla de Lanzarote, sino de recordar la visita privada que hizo a Antequera una tarde de febrero de 1993. Por aquellos días Saramago estaba en Mollina, en el Centro Eurolatinoamericano de Juventud (CEULAJ), participando en unas jornadas que había organizado el Ministerio de Asuntos Sociales en las que se reunieron noventa escritores noveles en un foro joven sobre literatura y compromiso con la sociedad. Durante tres semanas fueron pasando, al mismo tiempo, doce escritores consagrados, entre ellos Ana María Matute, Jorge Amado, Mario Benedetti, Juan José Arreola –a quien también acompañé en su visita a Antequera–, Augusto Roa Bastos o Juan Goytisolo.

Recuerdo que en la mañana de aquel día de febrero Encarnita, la secretaria de Alcaldía, me dijo que habían llamado del CEULAJ diciendo que el escritor José Saramago quería conocer Antequera a partir de las seis de la tarde y que me tocaba atenderle y hacer de cicerone durante su visita, ya que el alcalde, Paulino Plata, como diputado autonómico tenía Parlamento y no volvería de Sevilla hasta las ocho o nueve de la noche. A la hora anunciada recibí en el despacho de la Alcaldía al escritor y a su esposa Pilar del Río y, tras departir apenas unos minutos, nos desplazamos en el mismo coche que les trajo de Mollina hasta el Mirador de las Almenillas.La idea era ver la ciudad, desde su acrópolis más alta, en la atardecida. Saramago nada más bajar del coche se dirigió directo al pretil del mirador, quedando sorprendido de lo que tenía ante sus ojos. El cielo lucía un color celeste claro y transparente, aunque el Sol en aquel momento comenzaba a ocultarse por los cerros de Gandía. Casi en sombra prematura estaba ya la ciudad tendida a nuestros pies, pero aún chocaban los últimos rayos solares en la torre de Madre de Dios, en el gran buque pétreo y catedralicio de San Pedro, y sobre las blancas –o doradas– casas del barrio de Vera-Cruz y de su Ermita, que entonces no era más que un montón de ruinas; las torres de San Sebastián y San Agustín, a pesar de su rotunda presencia, ya solo eran la sombra de lo que habían sido apenas media hora antes. Todavía eran días de invierno en los que seguía anocheciendo bastante temprano. Recuerdo todo ello, del instante en el paisaje, porque así lo anoté. En cierta ocasión Ortega y Gasset explicaba el modo de trabajar de Rubín de Cendoya, su heterónimo místico, con un método idéntico al de un pintor: “Llevamos un cuadernillo y un lápiz; apuntamos unas breves palabras y cuando un día, andando el tiempo, las leemos, el paisaje, la palabra, la fisonomía que desapareció adquiere cierta supervivencia, una como espectral vida, que conserva de la real vagos ecos, remotos latidos”. 

El sitio y la hora parecían emocionar al escritor Saramago, quien, a través de sus gruesas lentes, registraba mentalmente todo lo que con sus ojos abarcaba. Apenas articulaba alguna que otra palabra, solo comentarios breves y entrecortados, que en cualquier caso eran de admiración, en un castellano correctísimo y envuelto en su inconfundible acento lusitano.

 

Reportajes Jesus Romero 01 16102021

 

 

Pasado un buen rato le invité a traspasar el Arco de los Gigantes para dirigirnos a visitar la Colegiata de Santa María. Del Arco le di las explicaciones correspondientes, que él escuchó con atención, pero sin emitir comentario alguno. Divisar la fachada de la Colegiata ya fue otro cantar. Sin duda captó los valores patrimoniales de algo que despertó su entusiasmo sin dejar de sorprenderle. Rápidamente comenzó la lectura formal de la fachada, demostrando en sus palabras profundos conocimientos en la materia: veía estructuras y formas renacentistas –las que diseñó el gran arquitecto Diego de Siloé–, pero le desconcertaban esos pináculos que se recortan en el cielo y que le recordaban, en una cierta medida, algunos elementos de la arquitectura portuguesa del período manuelino. Pero tampoco terminaba de verlo claro, quizá porque en Santa María, en el siglo XVI, se ‘inventó’ el pináculo renacentista, algo que después no tuvo continuidad en el arte español.

Saramago, sin embargo, pronto comenzó a entrelazar en su pensamiento, y así lo expresaba, la relación entre el edificio y los trabajos de los hombres que lo hicieron posible. Imagino ahora que el escritor estaba averiguando a ojo cuantos canteros, picapedreros, caleros, areneros, albañiles, peones, carpinteros, herreros, herradores, carreteros, boyeros…  fueron necesarios para construir desde los cimientos tan gran monumento. Del esfuerzo físico hasta el límite de unos y del ingenio creativo del arquitecto, que visitaba la obra dos veces al año, y del aparejador mayor que estaba a pie de obra jornada tras jornada. Y pienso que lo pensaba después de leer, algunos años más tarde de aquella visita, su novela “Memorial del convento”, que se había publicado en 1982. Una novela en la que Saramago, entre otras peripecias, narra el proceso de construcción del convento de Mafra, mandado levantar por el rey Don Juan V de Portugal en pleno siglo XVIII, como una forma de construir el sueño pendiente de la monarquía portuguesa, nunca concluido del todo, en su empeño de tener un monasterio-palacio que emulase El Escorial español.

Cuando entramos en la Colegiata, cuyos trabajos de restauración de la Escuela-Taller habían concluido dos años antes, nuevamente quedó sorprendido por la elegancia de aquel salón columnario de impronta renacentista y el casticismo de sus armaduras de madera de trazado mudéjar, reflejo de la coexistencia de dos culturas tan diferentes y tan maridadas en la España del siglo XVI. Desde el interior también reparó en la ventana de tipo serliano de la fachada y le desasosegó el gran vacío espacial de la capilla mayor, quizás porque aún no se había construido la réplica en madera de cedro del baldaquino original, que se incorporaría en el año 2002.

Terminada la visita a Santa María, y montados nuevamente en el coche que vino desde Mollina, nos desplazamos hasta la plaza del Carmen para visitar el templo del exconvento carmelita. Debo confesar que tenía mis dudas sobre si aquella explosión de arte tridentino, tan barroco y exaltado de catolicidad, sería de su gusto o si, por el contrario, pensaría que era el fruto de una sociedad sacralizada y opresiva. Recordemos que Saramago siempre se definió a sí mismo como un escritor comprometido, ateo y militante comunista. Así que comencé mis explicaciones con las correspondientes cautelas y explayándome en la interesantísima armadura mudéjar que cubre la nave de la iglesia. Mi sorpresa fue que rápidamente se entusiasmó con el delirio de formas de los tres retablos de la capilla mayor y más en concreto del situado en el centro. Sus comentarios sobre el discurso iconográfico de este retablo, identificando a todos los santos que lo pueblan y leyendo con gran autoridad la significación religiosa e ideológica de aquella gran máquina lignaria, me dejó con la boca abierta. Sabía de santos, ángeles y presupuestos teológicos mucho más de lo que yo podía imaginar. Al notar mi sorpresa, me aclaró: “No creo en Dios, no lo necesito y además soy buena persona. Pero mi cultura aprendida desde la infancia es la católica, ella ha conformado mi personalidad y no renuncio a valorar los muchos logros que aportó en el campo del arte y de la literatura”. Años después, leyendo la citada novela “Memorial del convento”, comprendí que, efectivamente, se sentía atraído por aquella sociedad tardo-barroca del siglo XVIII, por comprenderla y por reflejarla fielmente, a través de su obra literaria, en sus grandezas y en sus miserias, que de todo hubo en aquellos tiempos y en los que habían de venir.

 

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