“¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios!”. En el Evangelio de hoy, asistimos a un cambio dramático en la relación entre Jesús y el bueno de Pedro. Apenas un momento antes, Pedro había sido alabado por confesar a Jesús como el Mesías. Sin embargo, en cuanto Jesús empieza a anunciar el camino de la cruz Pedro se asusta e intenta disuadirlo.
La respuesta de Jesús es fulminante: “¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Pedro pasa de ser la “piedra” sobre la que se edifica la Iglesia, a convertirse en una “piedra de tropiezo”. Nos demuestra lo fácil que es buscar un cristianismo a la medida de nuestros intereses, un Cristo glorioso pero sin dolor, un éxito inmediato sin pasar por el sacrificio. El sufrimiento por fidelidad a Dios no es un invento del Nuevo Testamento. Esta misma tensión la experimentamos hoy, seguir a Jesús implica, ir contracorriente.
La cruz que el Señor nos pide cargar no es un estoicismo resignado o buscar el dolor por el dolor. La cruz del cristiano es la consecuencia directa del amor y de la justicia en un mundo que prefiere el egoísmo y la comodidad. El peligro constante de la Iglesia y del bautizado es arraigarse con los criterios de éxito, poder y consumo que rigen la sociedad contemporánea. Para discernir la voluntad de Dios, necesitamos una mente nueva. Quien busca salvar su vida a toda costa basándose en el tener, el aparentar y el acumular, la terminará perdiendo en el vacío. En cambio, quien gasta y “pierde” su vida por amor a Jesucristo y al prójimo, es quien verdaderamente la encuentra y la dota de un sentido eterno.
Celebrar este domingo de la mano de la Iglesia nos lleva a hacernos una pregunta incómoda: ¿Estamos siguiendo a Jesús para que Él cumpla nuestros planes, o para cumplir nosotros los Suyos? Si queremos cumplir nosotros los planes de Jesús, tenemos que: Abrazar la verdad que no es otra cosa que aceptar que la madurez cristiana pasa inevitablemente por la entrega sacrificada. También tenemos que renovar la mente: Dejar de evaluar nuestras vidas con los baremos del éxito económico o social, y empezar a mirarlas con los ojos de Dios. Por último, sostener la fe: Pedir la fuerza del Espíritu Santo para que su Palabra sea también en nosotros un fuego ardiente que nos mueva a evangelizar con la vida.




