jueves 18 julio 2024
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El archivo sonoro de Juan Benítez (II)

En el anterior artículo publicado en este periódico “El Sol de Antequera”, me quedé relatando cómo, siendo profesor y director del Instituto de Bachillerato “Pintor José María Fernández,” dediqué muchas horas y días a recopilar todo el material de tradición oral que existía en todas las poblaciones de las cuales procedían los alumnos que asistían al Instituto, creo recordar que eran 19, y de ahí que fuese conocido el centro como el “Instituto de los pueblos”. 

Hay una anécdota muy curiosa que puede, también, explicar este hecho: El nuevo Instituto, que se designó con el nombre de “Mixto Número Dos” de Antequera, nació como desdoblamiento del Instituto “Pedro Espinosa” y se terminó de construir en julio de 1981. Como todos los alumnos habían sido inscritos, o sea, habían  formalizado su matrícula en el Instituto “Pedro Espinosa”, hubo que decidir qué alumnos se asignaban a este nuevo Instituto y fue el Delegado Provincial de Educación, D. Diego Cola, el Alcalde de Antequera, D. José María González, la Directora del “Pedro Espinosa”, Dña. Carmen Rivas y el nuevo Director del entonces “Instituto Mixto Nº. 2”, que escribe esto, Juan Benítez, quienes decidieron por unanimidad que al nuevo centro fuesen todos los alumnos que no estuviesen domiciliados en Antequera. Esta medida no fue del agrado de los alumnos, quienes el primer día de clase, que tuvieron que coger su mesa y su silla y dirigirse a su aula, –dado que aún no había habido tiempo para limpiarlo y organizarlo y porque el material llegó la misma mañana del comienzo de curso–,solicitaron masivamente volver al centro en el cual se habían matriculado. No se atendió ninguna solicitud de cambio y el malestar entre los 180 alumnos con los que comenzó el nuevo instituto fue grande. Hubo padres de estos alumnos, que hasta solicitaron responsabilidades penales hacia mi persona por negarme a concederles volver al Instituto“Pedro Espinosa”. Como Director, no sabía qué hacer para convencerlos de que la medida había sido acertada y, sin dinero y con tan pocos alumnos, tuve que idearme una semana cultural en torno al día del patrón, Santo Tomás de Aquino, que la denominé “Semana Cultural de Homenaje a los Pueblos de la Comarca”, para cuya celebración me puse en contacto con todos los alcaldes de las poblaciones que abastecían de alumnos al centro.

Esta Semana Cultural se organizó durante unos años y cada año se homenajeaba un pueblo. Cada día de la semana, se realizaban actividades relacionadas con ese pueblo, como su historia, sus tradiciones, sus costumbres, sus bailes, su gastronomía, su artesanía, sus personajes ilustres, su arquitectura y un día de esa semana todos los alumnos y profesores del centro nos trasladábamos al citado pueblo. Allí, nos recibía el Sr. Alcalde de la localidad; las madres de los alumnos de ese pueblo organizaban un desayuno para todos con productos típicos del lugar y elaborados por ellos, luego se realizaba una visita a los monumentos del pueblo, para terminar comiendo en un paraje típico y posterior traslado a Antequera para desplazarse a sus respectivas poblaciones. Era digno de ver cómo, mientras se desayunaba o se comía, los vecinos de estas poblaciones bailaban o reproducían las distracciones típicas de otras épocas, ya desaparecidas, sobre todo,  corros. 

El último día de clase de la Semana cultural, se desmontaban las aulas de su mobiliario habitual y se les asignaba una a cada pueblo. Los alumnos, sus familiares y el ayuntamiento transformaban las aulas imitando monumentos representativos de sus pueblos, organizaban una exposición de todo lo más representativo de ellos y se terminaba con un certamen gastronómico en el que se premiaban los tres mejores platos de entre los apartados por casa población. Con estas semanas, se consiguió que los alumnos se sintiesen contentos de su nuevo instituto y que se olvidaran del centro en el que se habían matriculado. 

Con estos alumnos de tan variada procedencia, fue cómo comencé a recopilar todos tipo de tradición oral, que luego fui extendiendo al resto de la provincia y a otras provincias de Andalucía. Creo que, si sumara el total de horas dedicadas a esta labor, se calcularían en más de cinco mil las  que empleé para recopilar tanto y tan rico material.

Cuando oigo la palabra Antequeranear, de la que muchos se han apropiado de ella, como si ellos solos hayan antequeraneado, no deja de producirme cierta desazón, porque yo he llevado Antequera y todas sus tradiciones orales, primero por toda la comarca, luego por toda la provincia y poco a poco por toda Andalucía, Aznalcóllar, Motril, Huescar, Armilla, Siles, Arahal, Huelva, Córdoba, Sevilla, Jaén, etc. y hasta en Cataluña he llevado las tradiciones de Antequera, concretamente, a la “Agrupación Cultural de San Sebastián de los Ballesteros” de Sabadell.

Esta labor recopilatoria, nunca ha dejado de crearme problemas de todo tipo: En primer lugar, un gasto extraordinario, ya que, sobre todo a principio, no recibía ayuda alguna; en segundo lugar, me ha costado mucho tiempo de no poder estar con la familia, y, más aún, cuando mis hijos eran pequeños. A veces, el desplazamiento era de horas y jamás falté a clase, dado que esto era una  acción voluntaria y a mí siempre se me pagó por impartir mis clases. La mayoría de los desplazamientos eran por las tardes, aprovechando los días que mi horario me permitía salir antes, pero a veces, era tan lejos el desplazamiento que la vuelta la solía hacer a media noche. El lugar más lejano que he ido y vuelto ha sido a Siles, que salía de Antequera a las doce del mediodía y volvía a casa a las tres de la mañana. Y a las nueve, en clase como si hubiese estado toda la noche descansando.

El método seguido para la recopilación

Mi método de trabajo era muy simple: Yo provocaba a los asistentes, la mayoría solían ser mujeres, para que me cantasen todo lo que recordaban de su infancia y lo grababa en cintas de cassettes. Luego, en casa, las oía y las transcribía. Este trabajo era duro, ya que en muchas ocasiones transcribir la palabra adecuada era complicado y tenía que volver al lugar para volverla a grabar. A veces tenía que consultar algunas palabras porque no encajaban en el texto. Así me pasó con el “Romance de San Antonio y los pajaritos”. En él se narra el milagro que hizo san Antonio, cuando su padre le dejó el huerto, con el encargo de que los pájaros no se comiesen el sembrado. San Antonio hizo el milagro de encerrarlos todos y para comprobar el milagro se personó hasta el Sr. Obispo. Luego, san Antonio decidió que saliesen los pájaros nombrándolos uno a uno: salgan águilas, grullas y garzas, (perros) terros, mochuelos y grajas, tórtolas, perdices y las codornices… Terros es una denominación de un pájaro y yo interpretaba perro. Tuve que acudir a la persona que me lo cantó para que me lo explicase.

Otra anécdota me pasó  en Lanjarón, cuando le pregunté si conocían el romance “Lux Aeterna” nadie lo conocía .Luego les dije que era el romance que narra  los amores de Adela y Juan y ya sí lo sabían. Incluso,  una señora me dijo que eso había ocurrido en Lanjarón, justo al lado de su casa. Imposible, porque ese romance proviene, según Ramón Menéndez Pidal, precisamente de Francia, pero esto demuestra hasta qué punto se identificaban con él en el pueblo.

Siempre suelo poner como ejemplo de lo que se denomina “Poesía de improvisación” –en  Hispanoamérica lo denominan “Repentismo” y en otros lugares “Trovos”– una nana, que yo la he publicado como la “Nana del cura” y que, con distintas estrofas, la ha recogido en Cañete La Real, en Casabermeja, en Málaga y en otros lugares más alejados. Curiosamente, en cada población afirmaban que eso había ocurrido allí. Esta “nana” narra la historia amorosa de un cura con la mujer de un vecino que cada vez que su marido salía de viaje, se citaban. Un día, el mal tiempo, hizo que el marido regresase y, ante la imposibilidad de avisarle al cura, aprovechó cantar la “nana” para visarle, de esta manera:

“El padre de este niño, 

iba para Francia, 

le vino el viento en contra 

y duerme en casa.

¡Ea, rorro, duérmete ya!”.

Como el cura no se enteraba,  aquí vienen las distintas estrofas, se fue inventando excusas y avisándole que su marido había  regresado. Harta ya, le cantó:

“El cura de este pueblo, 

parece tonto, 

el padre de este niño 

se encuentra dentro.

¡Ea, rorro, duérmete ya!”.

Por fin se enteró el cura y le contestó:

“Adiós,  blanca paloma, 

que ya he comprendido; 

qué noche más linda,

nos hemos perdido. 

¡Ea, rorro, duérmete ya!”.

Otra historia muy curiosa, me pasó con el “Romance de Clara”. Es un romance muy conocido en todas partes y casi no tiene variantes:

“Una mañana, un domingo,

fui a  misa con mi madre, 

me he encontrado a una mujer 

que es más bonita que un ángel;

me he encontrado a una mujer

que es más bonita que un ángel.

Yo sus pasos le seguí,

hasta ver dónde llegaba 

y al llegar a su jardín 

le dije que la adoraba; 

y al llegar a su jardín, 

le dije que la adoraba.

Ella le contesta pronto:

“- Caballero soy casada

y a mi marido querido, 

no debo faltarle en nada;

Y a mi marido querido, 

no debo faltarle en nada…”

Desesperado el enamorado, se consuela ante un ruiseñor que le aconseja que la siga con firmeza y al llegar a fin de mes logrará lo que intentaba. Y lo logró:

“Clara soy, Clara me llamo, 

siendo Clara me enturbié, 

naide diga en este mundo 

de esta agua no he de beber, 

que el caminito es muy largo 

y aprieta mucho la sed”.

Así termina el romance, pero en una población, cuando ya había apagado la grabadora, una anciana, sorda, siguió cantando y terminó el romance así:

“Para qué te resestías (resistías)

si te tenías que entregar, 

mujer que tanto querías 

se te tenía que dar;

mujer que tanto querías, 

se te tenía que entregar”.

Podría seguir contando muchas más anécdotas, pero ya no son tan significativas. Lo que sí publicaré, en el siguiente artículo, es el romance más valioso que he recopilado.

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