martes 16 abril 2024
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García de la Vega emociona al compartir su corazón de fe en el Pregón de la Semana Santa de Antequera de 2022

Antequera precisaba de una luz que volviera a encender la pasión por su Semana Santa y la mecha ha sido el Pregón pronunciado por Manuel García de la Vega este sábado 2 de abril en la antigua Colegiata de Santa María.

El esperado pregón compartió con todos los presentes sus sentimientos en forma de exaltación donde con los hilos conductores de su corazón, un huérfano ruso, Dimitri, y sus vivencias con cada imagen, fue encendiendo la llama de su triduo pascual particular. Compartió lo que su corazón ha vivido estos tres años de espera y lo que significa la Pasión y Gloria porque la muerte no es el final, la Resurrección siempre vencerá a la vida.

Un escenario se alzaba bajo la capilla mayor de Santa María, con diez ángeles de la Cofradía de «Arriba» bajo el tabernáculo, cada uno portando un emblema de cada cofradía agrupada. En el centro, la cruz de plata procesional del Nazareno de «Arriba» y la túnica del Señor del Rescate, junto a una custodia y un cáliz y un copón.

A ambos lados, los guiones de las cofradías agrupadas y el propio del organismo cofrade junto a atril donde se exaltaría la Semana Santa de 2022. El acto comenzó a las 19,30 horas, conducido por el cronista de las cofradías, José Félix JIménez, quien dio la bienvenida y dio la palabra a la pregonera de 2019, Eugenia Acedo.

La profesora e historiadora evocó su mensaje en su Pregón y sobre su sucesor, expuso: «Un cofrade y cristiano, antequerano, de esta tierra mía, viene a poner la voz, a poner la alegría porque antequeranos, todos, de esta tierra mía, que ya empieza todo, que ya acabó la agonía. Preparad vuestras mejores galas que ya se acerca vuestro día».

Destacó el paso por la Escuela de Teología y animó a los cofrades a pasar por ella. Y terminó con: «Tres años hemos tenido que esperar para escuchar tu voz, amigo pregonero. Ni tres segundos más queremos esperar para escuchar tu voz de nuevo. Antequeranos todos, de esta tierra mía. Amigo Manolo, no hagas esperar más a Jesús y a María».

 

El Pregón de Manuel García de la Vega: cercanía y agradecimiento

Antes de empezar a pregonar, empezó a emocionar nada más comenzar cuando se acercó a sus padres y les pidió un aplauso porque eran lo mejor que la vida le podía haber dado junto a su mujer y sus hijos. Luego fue pasando por el pasillo central dando las gracias a todos los que le han hecho posible estar ahí, desde la Agrupación, al Ayuntamiento, representados por la presidenta Trinidad Calvo y el alcalde Manuel Barón, como a todos los cofrades.

Ya arriba compartió: «No hay principio ni final, no hay orden nada es igual. Todo se rompe, todo fluye, nada sigue. Tú lo empiezas, tó lo acabas. No hay hoy, no hay mañana. No hay orden, solo vida. Tu vida, la vida».

Conectó de inmediato y fusionó sus palabras con la iluminación del interior del templo, cambiando el juego de luces dependiendo la cofradía o la imagen que aludía. «Y la vida venció a la muerte, con la fe curé las heridas, de lo que pudo ser y no fue, de lo que fue y no pudo ser…, y la vida venció a la muerte, y aquí me encuentro yo…. con este corazón, el corazón que no se quiso parar, que sabía que aún le quedaba una gesta por luchar, la batalla interna del ahora, saber que en realidad el mañana no podía esperar, que aquí postrado de rodillas me enfrento al mayor honor que se puede soñar, con la humildad de saberse incapaz de estar a la altura de anteriores pregones, pero con la tranquilidad de que después de lo hecho, y de lo que hemos vivido, haberlo dado todo».

Comenzó su Pregón con la historia de Dimitri: «Un error que avergonzó a mi familia y me llevo a la cárcel, donde he tenido tres largos años para pensar. Y en estos años, lo que más he sufrido es en la gran vergüenza que le he hecho pasar a mi familia. Y ahora que he salido de prisión, no sé, si volver a la casa de mi familia, o tirar de mi vida fuera de ellos, por la gran vergüenza que les ocasioné».

Se trataba de un ruso en el que representó la sociedad de hoy, con sus problemas y al que acogió para enseñarle lo que se vive en Antequera en Semana Santa. Al llegar a la ciudad, fue recorriendo los diferentes templos y se centró en describir lo que siente por cada una de las imágenes de Cristo de las cofradías de Pasión.

En su camino descubrió un árbol junto al atril, lleno de lazos blancos por la vida, de esos niños que no pudieron nacer o que el hombre no les dejó ni nacer o murieron cruelmente de niños.

Ya empezó con su recorrido por la Pasión, invitando la presencia de los hermanos Isaac y Patricia Pascual, quienes con el piano y el violín les acompañaron durante todo el Pregón.

Comenzó con el Cristro Yacente del que dijo:  «Cuerpo inerte, Maestro matado. El Barrio se rompe en silencio oscuro al paso del Dios hombre ahora muerto. Cristo Yacente, de amor ahogado. En tus brazos, el dolor, entrego. Y el llanto ahogo, a la dureza de la muerte. Cristo Yacente, Cristo muerto. En ti vivo y en ti muero».

Comenzó a proyectar las imágenes crísticas en la parte superior del templo, al mismo tiempo que intensificaba el juego de luces. Del Nazareno de la Sangre dijo: «¿Porque llevas la Cruz delante, Nazareno de la Sangre? Que se callen los sonidos de mi tierra nazarena, que silencien los tambores y las cornetas, que no se mueva el aire, que su rostro enseña que un Nazareno partido, abraza un destino y nosotros con miedo miramos su camino».

Siguió con el Señor del Mayor Dolor: «Aun así, tirado en la tierra, no está solo, ¿Cómo va a estar solo? Lleva miles de promesas, entre capiruchos, cientos y pueblo descubierto, miles. Que Dolor más grande, que Mayor Dolor, por Dios».

Turno para el Señor a su Entrada a Jerusalén del que exhortó: «Sí, ahí está Él. Rey de Reyes, a lomos de un animal. Su mano nos bendice, nos dice que no estamos solos, y que Él ha llegado para quedarse para siempre. Este júbilo es porque, desde que Él llega, hermanos y amigos, ya no estaremos solos nunca».

Un giro y tocó hablar del Niño Perdido: «Tú mismo lo viviste. Arranca el dolor de mi alma haz que vea con ojos de niños que la inocencia siga de moda que la desconfianza no gane la guerra que todos los días sean días de juegos. Niño Perdido, encuéntrame en tu camino, Encuéntralos en tu camino».

En su oración, el Señor Orando en el Huerto de los Olivos: «Camino sobrio, entre bullicio de niños, que llevas como fieles, un ejercido de rezos entre ángeles y querubines, de capuz blanco amarrado de moradas túnicas, horquillas en mano y devoción por su padre, del que no cae ese cáliz».

Llega a Santo Domingo y ante el Dulce Nombre; «Dulce tu mirada, Padre. Ver tu corona de espinas, marcando tu real destino de muerte, y mirar como casi susurras la más sutil caricia a esa cruz que dará sentido a la salvación del hombre, me dejó el alma silente, no podía hablar».

Tras tomar su cruz, su caída y el Cristo de Belén: «Caído sin la cruz soltar.  Cristo que das aliento a tu barrio. Rey de Santiago. Rey de mi barrio, Cristo caído que soporta íntegro la cruz, que fluyes por mi tierra a sones acompasados como nunca antes se vio a un Rey, que te haces pequeño para estar a la altura de nosotros y nosotros podamos vernos en ti».

Con el Cristo de la Misericordia profundizó en Cáritas y todo lo que significa para él: «¿Sabes que el logotipo de Cáritas lo forman cuatro corazones?, uno de ellos mayor que el resto, ese es el de Dios Padre, los otros tres los nuestros, en medio se forma la Cruz, de Dios Hijo; la unión de los corazones y la Cruz lo crea en su sentido, el Espíritu Santo».

En ese momento compartió su tiempo en el Hospital: «El mismo corazón que me dio en la cara con la verdad, mirando la pared de una UCI, con la incertidumbre de la vida en un infarto. El mismo corazón que me dio en la cara con la verdad, mirando la pared de una UCI, con la incertidumbre de la vida en un infarto. Un corazón, del que brotan estas locuras, que entrega, amor, sentido y fe».

Color especial tomó Santa María al hablar del Cristo Verde: «Sí, si en Antequera, piensas en el color verde, te lleva de vuelta a San Zoilo. Pues el verde es el color de los estudiantes, es el color del gaudeamus, de la banda, es el color de Él, de un Cristo entumecido y muerto. Que fácil me resultó escribirleal Cristo Verde, si es que aún me resuena en mi alma aquella oración del año 2014, cuando Puri, su camarera, me dejó acariciarlo».

De ahí pasó a la Santa Cruz de Jerusalén: «La Santa Cruz de Jerusalén, como de vista perderte, si abres el camino al que te mira, sabiendo que llevas escrito, los cuatro destinos del hombre, nacer, vivir, morir y junto al Padre permanecer, del ahora a la eternidad, misterio de fe».

Cruces que llevan a otro paso más de la pasión con el Señor Atado a la Columna: «Qué rostro atado, al que iba a ser ajusticiado, por salvar al mundo, sufriendo dolor, sin escapar ni huir.Sabiendo que esa era su misión, que, en aquel señero barrio, era el ejemplo de aceptación y que había ríos de devoción a su alrededor que necesitaban acercarse a Él para, como me pasaba a mí, quedarse sin palabras y unirse cada uno a su particular columna, como firmeza y elegancia el Cristo servitas ceñido a su columna encontrar el sentido y el destino de su vida».

De nuevo paso por Santo Domingo donde le tocó destacar al Cristo de la Buena Muerte: «Cristo de la Buena muerte, qué fuerza se escapa de tu cara.Qué grande eres ahí clavado, y que pequeños nos vemos delante tuya. Como tu cuerpo, ya inerte, está marcado como un libro del más cruel castigo, al que no faltaron latigazos, ni martillazos para tus clavos, para dibujar un cuerpo ya muerto en esa cruz alzado».

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El público se pone en pie tras entregar tu túnica de hermanaco del Nazareno de «Arriba» y se postra ante su Señor del Rescate

«Aprender a amar y a querer, nunca se termina de aprender. El que te quiere Nazareno, en tu cara se pierde.Porque no hay más bello rostro, que del que sujeta la cruz con cuatro manos, como los cuatro siglos que nos regalas.Para poder rezarle a un Nazareno, que rey del portichuelo, se presenta para que esta tierra, al guapo de Antequera, se agarre como el anda de tu trono, Nazareno guapo, del que suerte tuve de poder abrazarte, y en tus ojos rezar y perderme».

Llamó a José Antonio Reina, hermano mayor del Nazareno del Socorro, al que le entregó la túnica de hermanaco, ya que el infarto que había sufrido le impedía seguir llevándolo. Hizo llorar a todos los presentes y el propio pregonero no pudo contenerse porque abrió de nuevo su corazón para expresar lo que siente y lo que significa para los hermanacos el Cristo más guapo que es el Nazareno del Socorro. Fue uno de los momentos cumbres de su Pregón.

«La llave en tu cintura Jesús Nazareno sacramental escultura Jesús Nazareno tu cara es mi locura Jesús Nazareno tus ojos la mayor hermosura Jesús Nazareno de tus hermanacos armadura Jesús Nazareno Simón de Cirene la Cruz asegura Jesús Nazareno un paño bella pintura Jesús Nazareno este corazón roto amargura Jesús Nazareno. Te dice hasta luego, y al que en ese sitio amarre, que susurre al anda, que no habrá nadie que más te grite, que guapo eres, por siempre; Jesús el Nazareno».

Dejó para el final su Moreno, el de la Cruz Blanca. «¿Por qué te quiero tanto Rescate? ¿Por qué te quiero tanto Rescate?Encuentro la paz al mirarte y el perdón en tu sangre, la cura en tus manos y el perdón de mis pecados.¿por qué te quiero tanto Moreno?Padre nuestro que, aunque estando en los cielos, bajas el Martes Santo para encontrarte con la fe de tu pueblo. Dime, ¿qué es esto que siento? Cuando te veo andar sobre hombros dolorientos, túnica morada al viento, suspiros de la noche de ese bendito momento».

Volvió a poner a sus hijos como cuace de su fe y compartió con los presentes: «Rescate, mi Rescate, mi Señor, mi Moreno de la Cruz Blanca, mi guía, mi faro, mi aliento y sustento, lo eres todo. Unes las luces del pasado, con el color del presente, y el brillo del futuro. Como lloré a tus pies al llevarte a Manuel Pablo, y tres años después a Miguel María, como he visto a tantas personas llorarte al acercarse hasta tus pies».

«Rescate de mi amor que más quererte no puedo que se me parte el alma al verte amarrado del cuello a las manos y de tu sangrante frente doliente a mi Señor de fe derramada el fervor de mi tierra a tus pies volcada. Que se me rompa la garganta al decirte que te quiero, que eres mi Padre siempre a mi vera, en lo bueno y en lo malo.

El Señor de mi tierra, mi Padre moreno, el de la túnica morada, el que dio vista a los ciegos el que anduvo sobre el agua nuestro Padre Jesús Nazareno, Rescate de mi alma, Moreno de mi vida, Rey de la Cruz Blanca, amor de Antequera, Que se me rompa la garganta de tanto amarte y rezarte. Que ya no puedo más, amor más grande tenerte».

 

 

 

La Madre, la Resurrección y final patronal

Tras recorrer y deternerse llegó a la parte final del Pregón donde describió todas las advocaciones marianas de las cofradías: «Dimitri, amigo, aquí está la Madre, tu madre, siempre estará a la Vera de la Cruz, enfundada en su Esperanza y Consolación, para darnos ese Socorro en el Mayor Dolor, regalándonos la Paz de esta dolorosa Soledad, siendo el Consuelo en los Dolores de la muerte y todo siempre desde la Piedad. Del camino de los Remedios, pasando por el Rosario, Rocío y hasta las faldas del Carmen. Muchas miradas, hasta macarenas y morenitas, para una sola cara, su cara, la Madre».

Y como mensaje final: la Resurrección: «Antequera, se une en una mañana donde nos felicitamos, nos alegramos, explota la alegría porque la vida vence a la muerte, porque nos llenamos de la VERDAD en mayúscula, que es el paso de la vida a la muerte, este Cristo Resucitado que nos enseña cómo vivir con la alegría de la Victoria».

Insistió en la improtancia de la Fe: «Es fe que vivo en cualquier traslado de nuestros sagrados titulares. ¿Quién no ha podido estar o participar en uno de ellos, aquí en este cofrade público? El que no haya estado, que busque cómo estar la próxima vez. Llevar a una imagen de su camarín o altar, hasta el trono, es recorrer la vida misma. Es recoger el testigo de nuestras familias, quienes nos llevaron a sus pies, nada más nacer…».

Llegó el esperado momento de la Eucaristía con su relación con el Corpus Christi: «Y ya, si encima, tienes la suerte de llevar sobre tus hombros nada más que al Cuerpo de Cristo, sientes la Fe hecha culmen en la Resurrección. Yo lloro cuando veo a mi Virgen, a mi Santa y a su Cristo… Pero yo siento cuando porto el Corpus Christi que es como un camino a la otra vida, la de la Resurrección y volver a acariciar lo que más querías, pero ya no lo ves, pero lo sientes, como la Fe.

Porque Él, siempre está ahí. El sagrario es un resquicio del cielo en la tierra, es la primicia de la plenitud divina, la vida eterna, es el cuerpo glorioso, es el cuerpo real de un Cristo, que humildemente se hace presente tras la invocación del sacerdote, atiende siempre la llamada y se hace presente en el Pan de vida, para hacerse uno contigo».

Y como despedida, primero un canto a los cofrades: «Ya está todo listo, la plata limpia, la cera colocada, las flores pensadas, las túnicas entregadas, las mantillas listas, los niños nerviosos, los músicos preparados, las almohadillas localizadas, los guantes comprados, los candelabros brillantes, la cera rellenada, las horquillas pintadas, la ilusión intacta y nosotros los cofrades, los cofrades ya estamos entregados a nuestra fe, a nuestra tradición y a nuestra tierra».

Como Cristo, «de la pasión resucitará, envuelto entre luces y aromas, se renovará el amor, renovarán los abrazos, los besos, el sentido de la vida, la verdad florecerá porque para volver, todo se deberá perder, y el encuentro será de verdad».

«Y es por ti mi tierra que llorosos los ojos dejé de solo soñarte en mi alma afortunado de ver la luz de mi tierra antequerana. Celosa está la alcazaba de ver girar al angelote pululando azaroso entre torcal y vega entre peña enamorada y espadañas barrocas andaluzas.

Iglesias por doquier campanas risueñas que señalan un querer de una gente de carismas entrecruzados de caminos andaluces por nacer.

Viera, Menga, Romeral Dólmenes desde antiguo que marcan nuestro estilo y junto al tornillo de la caliza del Torcal, ese océano emergido de roca que nos fragua la sonrisa del orgullo de tener el sitio mágico del capricho divino al paisaje formar. Antequera de mi amor, cuna de grandes poetas, pintores y artistas,

alacena de la fe malagueña testigo amoroso de la antigua, perdurada y conservada, religión cofrade estilo y seña de un propio ser de identidad marcada andaluza y antequerana. Que se callen los grillos al pasar por San Juan, que el patrón aguarda y entrega entre aguas y salud a mi tierra su Señor. 

Una madre entregada, Remedios de mi amor, por cien años coronada Patrona de corazón, Madre venerada, entre camarín y plateado templete tu gente te espera, suspirando un beso que tu cara recibiere.

Y no hay dos sin tres, y siendo la tercera fue la primera, que Antequera protegiera, pues el Infante y Dios eligiera a Santa Eufemia nuestra patrona.

Santa princesa de la Palma que tus leones a tus pies rezaran y tus manos a las del Padre nos lleven. Patrona de lo bueno acompañas y en lo malo nos sostienes. Que celosa queda la Puerta de Estepa, al ver a la Puerta de Granada guiñar a la peña enamorada.

Que viajo fuera, y me faltas, Antequera, que mi gente es mía, que te escucho nombrar, y mi pecho se sale amándote mi tierra, que de lo mejor que tenemos ni son las iglesias, ni el Torcal, ni el mollete, ni el efebo, ni sus calles, ni sus plazas, ni su sol, que lo mejor que tenemos, eres tú mi capital, todo en todos, mi gente, mi tierra y Antequera mi ciudad».

Terminó caminando por el escenario, recitando de memoria y dejando caer sus emociones en forma de papel, marcando el camino recorrido hasta llegar al final de pregón más esperado que se recuerda de la Semana Santa de Antequera. 

De nuevo se puso el público en pie, durante varios minutos y los invitados y representantes de las cofradías, pregoneros y amigos, se fusionaron en un abrazo de agradecimiento con el pregonero que nació con un corazón tran grande que precisaba de un día como el del sábado 2 de abril para compartir todo lo que llevaba dentro.

Eran las 23 horas y entre las muchas imágenes de la noche, la de una luz roja al fondo como si señal del Sagrario presente en el interior de un templo. Fue un pregón esperado, como si fuera un triduo pascual marcado por su corazón, la historia de Dimitri y sus vivencias con cada imagen.

 

 

 

 
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