jueves 18 julio 2024
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Domingo 28 de julio, Decimoséptimo del Tiempo Ordinario

· Primera lectura: Génesis 18, 20-32.· Salmo responsorial: Salmo 137. “Cuando te invoqué Señor, tú me escuchaste”.· Segunda lectura: “Colosenses 2, 12-14”.· Evangelio: Lucas, 11, 1-13.

 

Una de las características que hace humana a la persona es la capacidad de comunicarse, el poder decirle a alguien las cosas. Y mucho más, en un momento como el que ahora vivimos, que hace que a través de nuestro teléfono podemos estar “en contacto” con mucha gente, en tiempo real y en casi cualquier lugar del mundo.Aunque hoy el evangelio nos habla de otro tipo de comunicación, de una manera particular de hablar con Alguien: la oración.

 

Un “hablar” especial por lo que se dice y por quienes son los interlocutores. Porque la oración es siempre el diálogo entre Dios y sus criaturas. Un diálogo de “ida y vuelta”, que además nos ofrece muchos matices. Desde la petición a la acción de gracias, desde alabar las maravillas que Él hace en nuestra vida, a la súplica desesperada que nos hace llegar a derramar las lágrimas.Así lo vemos en la celebración de este domingo. Abrahán intercede por Sodoma y Gomorra. Al menos por los justos que vivían en aquellas ciudades de pecado. Y por ello se atreve a plantarse delante de Dios a “negociar” una salida para ellos. 

 

Es verdad que es un “regateo” casi infantil. Porque esa es la primera forma de rezar que aprendemos, pidiéndole a Dios aquello que queremos alcanzar, aquello que necesita nuestra vida. O aquello que nos hace ilusión tener, como si la oración fuera algo mágico que nos consigue cualquier cosa.Pero esa oración tan infantil de Abraham encierra dos elementos importantes que ayudan a comprender este diálogo de amor: él no pide nada para sí sino para los demás, intercede por ellos. Y su argumento principal es pedirle a Dios que actúe como tal, que no se desdiga en sus acciones de su bondad y su misericordia.

 

Pero la oración recorre otros aspectos. Con un amigo apenas necesitamos excusas para entablar un buen rato de conversación o para compartir un café. Y si hablamos de la persona a la que amamos, mucho más. Pues algo de eso debería tener siempre la oración del creyente.Por ejemplo, en la oración de contemplación, la que al hilo de la propia Palabra de Dios nos pone en sintonía con Él, que sale a nuestro encuentro para hacernos presentes todas sus enseñanzas y la renovación que estas suponen para la vida de las personas que quieren sintonizar su vida con esa Buena noticia. O para agradecer los muchos dones que se nos presentan cada día. Por ejemplo: abrir los ojos a un nuevo día, ¿no es el mejor regalo que podemos recibir de Dios?Incluso Jesús da un paso más, cuando enseña a sus discípulos una oración, el Padrenuestro.

 

Una oración sencilla (más en esta versión de Lucas, ya que nuestra oración está tomada del evangelio de Mateo), pero de una gran profundidad. De ahí su explicación: si los hombres, que no somos buenos, buscamos siempre el darle cosas buenas a los nuestros, que no podemos esperar de nuestro buen Padre Dios.Pues tengámoslo  en cuenta en nuestra vida. Especialmente en este tiempo estival, más dado a poder hacer cosas fuera de lo habitual, a romper con la rutina de la actividad ordinaria. Incluso para “atrevernos” a hacer algo tan difícil hoy en día como es poner en silencio nuestra vida. Vivimos con demasiados ruidos.

 

Todo parece que está destinado a tenernos siempre conectados, siempre en red, a que los auriculares no dejen de sonar en nuestros oídos. Y para rezar se necesita silencio. Dentro y fuera de nosotros, pues solo así puede resonar de verdad la Palabra en nuestro corazón.Interesante propuesta para estos días, pues no es salir de la realidad, como algunos parecen proponer, sino como hemos visto en la oración de Abrahán, se trata de hablarle a Dios de los hombres, para que después podamos hablar a nuestros hermanos de ese amor que Dios tiene por todos nosotros. Feliz y santo fin de semana para todos.

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