martes 16 abril 2024
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Cuaresma, tercer domingo: Es la conducta, es la vida, lo que a Dios agrada

Hoy dice el evangelio que Jesús se enfrentó al concierto religioso-mercantil que existía en torno al templo: el lugar más sagrado se encontraba convertido en mercado y banca. Y Jesús, al observar aquel comercio que no cambiaba la vida de las personas, empuña unos cordeles, vuelca las mesas, expulsa a los mercaderes y cambistas, y pide que se purifique y respete el templo, pues es la casa de su Padre, casa de oración.

¿Por qué los cuatro evangelistas le dan un relieve especial a esta escena? Sin duda, porque viene a ser el hecho que desencadena la cólera de los representantes del Sanedrín. Cólera que abre las puertas de la condena a muerte de Jesús.

Pero con esta actuación, Jesús da cumplimiento a los profetas. Jeremías había dicho: “No confiéis en palabras engañosas diciendo: ¡Templo de Yahvé, Templo de Yahvé! Si realmente mejoráis de conducta, entonces yo estaré con vosotros en este lugar” (Jr 7,10). Es la conducta, es la vida, lo que a Dios agrada.

Por ello, cuando le preguntan con qué autoridad actúa: Él contrapone aquella religiosidad, puramente externa, a la entrega de la propia vida.

Y al expulsar a los mercaderes del templo, está diciendo que la religiosidad verdadera comienza en el corazón de cada persona, en la entrega y compromiso personal. Y esto, hasta el punto que el verdadero templo ya no será el de piedra, sino el de la vida de Jesús entregada. Y el nuevo culto consistirá en unir a su entrega la nuestra, la de nuestras vidas. Porque él desea transformar las piedras del templo en piedras vivas.

Ojalá, todos nosotros, seamos transformados en templos vivos. Ojalá pidamos, con todo nuestro ser, que el Señor nos purifique y transforme. Pero para transformar nuestras vidas, antes, debemos expulsar a los mercaderes que hay dentro de cada uno de nosotros.
Ya que ser hijos de la Iglesia es mucho más que pertenecer a una institución, es vivir una vida que ella comunica. Ojalá ustedes y yo tengamos esa vida. Ojalá sepamos vivirla y testimoniarla con la alegría que nos da el amor de Dios.

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